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sábado, 17 de enero de 2009

Arrasar (Parte VI)


-Claro.
Ana sonrió y esperó a que llegara a su altura. Bajamos todos juntos por la colina. Lyra se encontraba tendida unos metros más abajo. Mientras que el de la torre de ajedrez había bajado tras ella y volvía a pisarle la cabeza. La oscuridad comenzaba a ocultar el suelo, pero mis nuevos compañeros parecían saber en todo momento donde pisaban.
Una vez me hube acostumbrado medianamente a la actitud peculiar de mis acompañantes me puse a observar lo que nos rodeaba que, a pesar de la oscuridad, podía distinguirse lo suficiente. A nuestra derecha se extendía un tenebroso bosque sumergido en un silencio inquietante. El mismo bosque en el que Charly se había adentrado para buscar la cena con su gigantesca sierra eléctrica. Precisamente en ese momento se oyó en la lejanía el motor de la sierra eléctrica y unas carcajadas diabólicas.
Ana volvió la cabeza.
-Hoy tendremos cena- dijo sonriendo.
Subíamos y bajábamos por las innumerables colinas. Cuando estábamos lo suficientemente alto se podía divisar por encima de los árboles el ejército del que Primo se hacía llamar general. Por un momento lo había olvidado. Miles de antorchas y hogueras centelleaban inmóviles, iluminando entre las sombras a otros miles de personas.
Agucé la vista. Algunos de ellos no parecían personas. Pero desde aquella distancia no podía estar seguro.
Volvimos a bajar la colina y perdí de vista al ejército. A la izquierda, pasadas otras colinas por las que ya habíamos pasado, se alzaba un risco. Recordé de pronto cómo había llegado hasta aquí. Me acordé del cuervo del cementerio. Extremo este de la Calle del Olvido , el mensaje que había sido carbonizado en la palma de la mano de primo.
Llegamos a un tramo en el que el terreno se volvía más llano y el bosque terminaba. Torcimos a la derecha bordeando éste y caminamos hacia el ejército.
-Ya hemos llegado- Comentó Ana.
Nos estábamos acercando a una inmensa hoguera.
El chico de la torre de ajedrez cogió a Lyra de los pies y sin más miramientos le tiró a la hoguera. Tras yacer dos segundos entre las llamas, Lyra despertó. En cuanto se dio cuenta de lo que había ocurrido, antes de apagar las llamas que quemaban su ropa y su pelo, se levantó y pegó un puñetazo al chico de la torre de ajedrez que por poco le arranca la cabeza. Esta vez fue éste quien cayó inconsciente.
-Llamaré a esto “Puñetazo de fuego”… o “El ataque de mano de fuego”… mmm.
Mientras que Lyra debatía por librarse de las llamas y pensaba un nombre para su nuevo ataque, Ana se dirigió a la hoguera y cogió su mochila, de la que sacó un martillo.
Me quedé mirando perplejo. Ella se dio cuenta.
-Es mi botiquín- se explicó.
Alzó el partillo por encima de su cabeza y sacó levemente la lengua, calculando el golpe.
-¡CRASH!
Se hizo el silencio. Sacó el dedo.
-mmm creo que me he pasado- se limitó a decir sin darle mucha importancia al hecho de que le había partido la cabeza a Primo.
Sin embargo, no era esto lo que más me asombraba. Había algo más preocupante en lo que nadie parecía haber reparado. A lado de la hoguera yacían dos chicas. Antes hubiera pensado que estaban muertas, pero conociendo ya un poco a esta gente supo que se habían quedado inconscientes también.
-¿Puedes sostenerle la cabeza así un momento?- me preguntó Ana.
Tenía que apretar con ambas manos el cráneo para que la grieta se uniera. Mientras, Ana sacó de su botiquín una aguja y un hilo y se puso a coser. En cuanto terminó sacó un tapón y se lo puso en el agujero.
-¡Ala!, curado.
El chico de la torre de ajedrez cogió a primo de los pies y, como había hecho con Lyra, le tiró a la hoguera.
Primo despertó. Se levantó lentamente entre las llamas y dijo con voz oscura:
-¡Armgajam!

The Reaper

viernes, 15 de agosto de 2008

Frío (Saga sin nombre, relato 1)


Caminaba sola y pasivamente por el bosque con la mirada perdida en el suelo, viendo todo lo que en éste reposaba sin fijarse en nada. El espeso bosque apenas dejaba pasar algunos rayos de Sol que se escapaban entre las numerosas hojas que al cielo inundaban.

Pálida, de finos labios y grises ojos era Nebbia, frágil y delicada pero su luz mortecina asustaba. Buscó un hueco entre las gruesas raíces de un árbol grueso y se sentó agarrada a sus propias rodillas. Aunque la temperatura era relativamente elevada, estaba tiritando. Suspiró y el vaho ascendió unos centímetros desde sus labios antes de desvanecerse.

El ruido que producía el viento la abucheaba, las ramas la señalaban, sentía que todo la acosaba. Intentó pacificar su estancia con la naturaleza demostrando que la amaba, que no pretendía ser una intrusa. Para esto dejó su mano acariciar los pétalos de una hermosa flor de vivos colores, pero la flor marchitó al instante. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas y caían en forma de hielo para deshacerse poco después sobre aquello en lo que caían.

Pronto detuvo su ahogado llanto al escuchar un leve sonido y, al levantar la cabeza, vio delante de si misma una pequeña ardilla que la observaba con curiosidad. Nebbia posó la mano en el suelo y dejó que la ardilla se acercase. La ardilla hizo lo deseado y se acercó pero al leve contacto con su mano salió corriendo y chillando espantada. Nebbia se levantó y con un gesto de mano un fino muro de hielo rodeó a la ardilla que insistía en salir de aquella prisión.

- No me rechaces -dijo Nebbia en un susurro al acercarse lentamente-… por favor… no me rechaces…

Cogió a la ardilla que, desesperada, seguía luchando pero enseguida murió entre sus manos. Nebbia soltó a la ardilla y se volvió a encoger gritando y, de nuevo llorando, poniendo las manos en su cabeza como si esta le doliese profundamente.

¿Qué ocurría? En el pasado la naturaleza convivía con ella y florecía a su paso pero ahora todo cuanto tocaba moría sin poder, de alguna forma, evitarlo…

Otra criatura irrumpió en su llanto. Un lobo blanco como la nieve asomó.

- ¡Vete! ¿No has visto lo que pasa con todo lo que a mi se acerca? ¡Aprecia tu vida, márchate!

El lobo se acercó y se sentó a su lado.


- No… t-tú no lo entiendes –balbuceaba Nebbia-…

El lobo agachó la cabeza en petición de ser acariciado. Nebbia movió la mano lentamente mientras repetía en voz baja sus advertencias pero el lobo la silenció con una mirada y finalmente ella posó la mano sobre el suave pelaje del animal. Dejó de tiritar. El lobo no parecía sufrir daño alguno y ella se sentía mejor. Por una vez en mucho tiempo sentía calor para sus adentros. Ese ser podría ser la clave que tanto necesitaba para normalizarlo todo.

- ¿Tienes nombre –preguntó Nebbia sonriendo y llorando otra vez, aunque en esta ocasión era producido por la ocasión-?

El lobo simplemente volvió a mirarla. Nebbia lo abrazó y dijo:

- Creo que te llamaré Hevn…

The Blind

jueves, 31 de enero de 2008

Perdidas en el bosque


A Ana siempre le había gustado perderse por el bosque y descubrir nuevos caminos por los que, tal vez, nadie había vuelto a pasar en años. Se sentía libre de presiones y problemas cotidianos y de esta forma podía evadirse para pensar, relajarse y salir cuando nadie más quería.

Otoño… le gustaba especialmente sentir crujir las hojas secas bajo sus pisadas en esta época. Lo consideraba un capricho, algo simple y, tal vez incluso un poco tonto en su medida. Pero no siempre podía darse el placer de pisar la hojarasca.

Esta vez iba acompañada de una amiga llamada Sofía que se había apuntado a pasar la tarde y tuvieron la suerte de encontrar un camino totalmente nuevo. Ana ya había pasado por allí cerca varias veces y se le dibujó una sonrisa en la cara al ir a recorrer distintos lugares a los anteriormente visitados.

Y complacidas quedaron ante la facilidad de caminar entre esos árboles. No suponía un esfuerzo mucho mayor que ir por un terreno plenamente llano y el paisaje era mejor aún que el resto de lugares por donde había llegado a estar. Y la tarde avanzó con el sentimiento de felicidad recorriéndolas…

¡Maldición! El sol comenzaba a ponerse para su desgracia. Habían de darse prisa en volver antes de que la noche comenzase a iluminar todo de oscuridad, entonces si que se perderían del todo. Con paso ligero, retrocedieron sobre sus pasos y caminaron unos minutos sin terminar de reconocer la zona. “¿Hemos pasado por aquí?” repetía Sofía nerviosa. Volvían varias veces para atrás intentando reconocer algo, cualquier cosa que les sonase era una opción viable pero era inútil: estaban perdidas. Intentaron llamar a alguien con sus respectivos móviles pero la cobertura no era una fiel compañera y la noche al fin llegó para reinar.

Continuaron avanzando sin rumbo fijo con la esperanza de salir del bosque. Sofía lloraba desconsolada y Ana intentaba apaciguarla sin tener ella misma esa calma. Les costaba mucho ver en esas condiciones y cometían por ello ciertas torpezas al andar. Los árboles parecían abalanzarse violentamente sobre ellas, dando un aspecto terroríficamente contrario al que habían vivido antes. Estaban ambas asustadas y un tropiezo de Sofía, arrastró a Ana y cayeron ambas rodando por unos metros de cuesta. Ahora, los ojos de Ana también habían desbordado y dos lágrimas recorrían sus mejillas.

No muy lejos, pudieron ver una columna de humo y, esperanzadas, se apresuraron hacia el lugar. A medida que se acercaban una música cobraba nitidez y llenaba el ambiente. No tardaron en ver una luz entre los árboles.

Al llegar, encontraron un hombre cubierto con una túnica pero no ocultaba su rostro. Estaba sentado en frente de una hoguera y tocaba dulces melodías medievales con un instrumento de cuerda, pero no supieron identificarlo. Antes de que pudieran decir nada, les miró para dirigirles la palabra.

- Tomad asiento, por favor –dijo sin dejar de tocar-.

Obedecieron agradecidas. Ana se acomodó en una roca que resultaba mejor que el suelo y Sofía se sentó sobre un abrigo que traía. Ana inspeccionó al hombre con sus ojos brillando por el reflejo del fuego.

- Decidme, niñas –dijo el hombre-, ¿de dónde habéis salido?

- Nos perdimos… estábamos paseando por el bosque y nos sorprendió la noche –respondió Ana calmada por el suave tono de voz del hombre-.

- ¿Cómo os llamáis?

- Ana –dijo la poseedora del nombre-.

- Y yo Sofía –dijo Sofía que también parecía estar mejor-. Y tú eres…

- Nunca conté con un nombre, soy un simple trovador –dijo sonriendo el recién nombrado trovador-.

- ¿Trovador? –dijo Ana- ¿Y qué haces tocando a estas horas en medio de un bosque?

- Bueno, llevo siglos haciéndolo. No será por falta de público que deje de hacerlo.

Supusieron que les tomaba el pelo o que exageraba, pues lo contrario no tendría sentido. Pero ciertamente se dieron cuenta de que había varios animales por la zona escuchando y pudieron ver: un búho, un par de zorros, numerosos murciélagos pasando por encima de la hoguera… incluso Ana creyó ver la sombra de un jabalí tras los árboles.

- Ellos no son el único público presente –dijo el trovador-.

Ambas soltaron un pequeño grito de miedo al ver espíritus de gente caminando por la zona, sobrevolándolos… ¡Hasta que el trovador no los había mencionado no habían podido verlos!

- Tranquilas –dijo el trovador-, no pueden haceros nada. Son almas confusas que no pueden vernos pero se sienten atraídas por el sonido de mi instrumento. Toco para esas almas que no comprenden siquiera que ya hace tiempo murieron. Por cierto, podéis coger algo de la carne que se está asando en esos palos sobre la hoguera.

Sofía no tenía demasiada hambre, estaba preocupada por los espectros de la zona pero Ana se dio cuenta de que sus tripas rugían por algo de comida. No tardó en callarlas con esa jugosa carne cuyo sabor era tan fresco que se preguntó cuanto tiempo podía tener la que comía normalmente descongelada.

Un rato después tuvo que alejarse un momento a beber de un río cercano porque el hombre no disponía de agua para ofrecerles. “Tan medievales como nuestro anfitrión estos métodos de abastecerse” pensó Ana divertida.

Y cuando se disponía a volver se alzó un grito de Sofía. Ana corrió de vuelta para ver que podía haber ocurrido. ¿La habría agredido el trovador?

¡Y tanto! ¡Como que le había atravesado el pecho con ese instrumento tan raro! El trovador estaba de pie bailando mientras tocaba arrastrando a Sofía, muerta, colgada del mástil del instrumento. Vio con horror como los fantasmas danzaban con el por el aire alrededor de la hoguera y el trovador cantaba para ellos algo en una lengua extraña. Los animales le habían percibido y trataron de abalanzarse sobre ella.

Ana salió corriendo por el miedo y escuchó ahora las satánicas y paranoicas carcajadas del trovador que estaba ido de la olla. Los animales se estaban quedando atrás no sabía por qué y el hombre no debía estar siguiéndola. Una vez creyó haberse alejado lo suficiente miró atrás sin dejar de correr. No vio a nadie pero chocó con un árbol y quedo inconsciente…

Al amanecer, fue despertada por unos ladridos y encontró un pastor alemán olfateándole la cara. Se levantó y pudo ver un policía corriendo hacia ella.

- ¡Esta viva! ¡La hemos encontrado! –gritó a sus compañeros un poco más atrasados.

Ana solo pudo pensar en qué tendría que decir para que le creyeran…

The Blind

Dedicado a la protagonista del relato.

domingo, 13 de enero de 2008

Busca el sentido de tu vida


Te envuelven los problemas de la sociedad. Las cosas no te pueden ir peor. Estás cansado de esta basura... incluso a veces piensas en pasar a la otra vida... Te vas de casa buscando soledad. Tras una buena caminata sin apenas darte cuenta has penetrado hasta el corazón de un tenebroso bosque. El suelo está completamente cubierto por pequeñas hojas secas, caídas de los altos y siniestros árboles que parecen cernirse hacia tí, amenazándote, y por helechos, algunos aún verdes, creando contraste con el marrón de las húmedas plantas, ya muertas. La niebla se desliza silenciosa entre los árboles, negándote la vista del camino más cercano a la salida.

Andas sin destino. Tus pies no saben a donde ir. Te cuesta caminar... la niebla parece invadir tu alrededor. Solo ves con claridad a escasos metros. Sigues caminando sin que te importe...total... ya todo da igual. Te detienes. Puedes divisar la silueta de una planta, o un árbol de corta estatura. Tiene una forma de lo más extraña... Te acercas con precaución, raramente interesado en saber exactamente lo que es. Cuando llegas a una distancia óptima para verlo con claridad, observas impresionado que se trata de un violonchelo, apoyado en una silla. ¿Cómo puede ser? Llevas tocando el violonchelo desde los cinco años... no puede ser una coincidencia. Tu cuerpo te arrastra a sentarte en la fría silla y comenzar a tocar.

Vibran las cuerdas del instrumento, de las que sonidos lastimeros se expanden por el bosque, reflejando una vida amarga y sin sentido. La humdedad del aire hace que las notas viajen con rapidez y que se oiga con claridad. Escuchas sorprendido que la niebla te responde exactamente con las mismas notas. Estáis tocando juntos. No sabes con claridad cuánto tiempo estuvísteis compartiendo la niebla y tú los melancólicos compases... pero nada te hizo sentir mejor que aquéllo.

De pronto la niebla acaba el compás con un sonido cortante... se queda el ambiente en silencio, en el cual comienzas a pensar que la vida sigue teniendo sentido mientras exista toda esa música que una vez creaste, notas y acordes que nunca nacieron y nunca morirán. Sigues tocando sin parar hasta que la niebla deja al fin de tocar... ves la silueta de la muerte levantarse cogiendo su guadaña, que desaparece tras la niebla. No temas, solo ha venido a tocar contigo...

The Reaper