viernes, 29 de agosto de 2008

Acabado (Saga sin nombre, relato 2)

- Ponme otra copa de vino –dijo Koberec tambaleándose-.

- Son 5 unidades de orichalcum –respondió el tabernero empezando a servir-.

Koberec rebuscó torpemente en el fondo de sus bolsillos y juntó las últimas monedas que le quedaban para pagar al tabernero. Sin agradecer siquiera, cogió su copa, derramando la mitad por el camino, y se balanceó para volver a su sitio, donde se encontraba en compañía de una elevada embriaguez que se alimentaba de sus sentidos y los iba menguando proporcionalmente al alcohol que sin descanso ingería.

Inspeccionó por encima a la gente que por allí descansaba y festejaba, salvo algunos a los que dedicó un poco de atención. Observó con desprecio a un hombre barbudo y gordo, con la cara marcada por la viruela. Estaba comiéndose un pedazo de pollo y la salsa que a éste acompañaba se le untaba en las manos y goteaba por la barba. Bebió de aquel vino agrio y miró hacia otro lado. Se fijó en un hombre encapuchado al cual no podía ver bien el rostro, pues la sombra de la capucha se lo cubría. No tenía pinta de ser precisamente una persona de la que uno podría fiarse. “En mis días como capitán de la guardia no pasaba gente como esa por el pueblo” pensó.

En su pésimo estado iba a intentar pensar más pero la entrada de dos hombres anunciándose a voz en grito ocupó por completo lo que restaba de su percepción. Ellos…

- ¡Tabernero! –grito Miekka- ¡Sácanos lo mejor que tengas en tu sucia bodega y que tu preciosa hija nos sirva un manjar de reyes, pues mañana el mismísimo rey nos dará buena recompensa por nuestros servicios!

- ¡Por no hablar del importantísimo ascenso que recibiremos, hermano –dijo Rand aporreando la mesa entre risas-!

Se sentaron sin preocuparse por pagar y cuando la hija del tabernero fue a servirles no quisieron dejar que se fuese. La agarraban, manoseaban y hacían propuestas fuera de tono aunque ella se resistiese por pura repugnancia sobre aquellos sujetos.

Sin poder aguantarlo más, Koberec se levantó, aunque el equilibrio se lo dejó por el camino y cayó directamente de bruces al suelo. Para su fortuna, los hermanos Miekka y Rand llamaban más la atención que él y pocos lo vieron caer tan ridículamente como había sido la situación.

Se propuso levantarse de nuevo. Y esta vez, gloriosamente, lo consiguió. Aunque con dificultad, se desplazó los pocos metros que le separaban con ellos y sacudió el brazo por encima de la mesa tirando su comida.

- Bastardos, ¡vosotros provocasteis mi expulsión –dijo trabándose la lengua un par de veces en tan pocas palabras-!

- ¡Mira quién está aquí –dijo Rand soltando a la chica, quien volvió con su padre-! ¡Es nuestro amigo, Koberec!

- ¡Koberec! ¿Sigues mendigando por las calles? Me han dicho que das tanta pena en los barrios bajos que incluso otros mendigos te han dado limosna, ¡debes estar forrado –se burló Miekka-!

Sin mascullar nada más, e ignorando las blasfemias que ahora proclamaban acerca de su madre, Koberec desenvainó la espada. En un momento lo desarmaron con sus respectivas espadas, lo tiraron al suelo y lo patearon entre las risas y gritos de ánimo de los demás bebedores de la taberna. Con pan y circo, población contenta.

- Vamos a llevarnos a este cerdo a dar una vuelta, parece que necesita aire –dijo Miekka-.

Lo sacaron por la fuerza y lo llevaron a las afueras del pueblo metiéndose un poco en el bosque, donde nadie pudiera verlos y lo volvieron a tirar al suelo.

- Mírate –dijo el incansable Rand-, eres como asqueroso un cerco revolcándote en el barro.

- Igual que la cerda de su madre –prosiguió Miekka arrojándole unas bellotas del suelo-.

- Bueno, creo que ha llegado el momento de ejecutarte –dijo Rand volviendo a dejar ver el filo de su impecable arma-. Volveremos a la taberna y festejaremos tu muerte, brindaran las copas y se comerá en abundancia.

- ¡Espera! –dijo Miekka interrumpiendo-.

- ¿Pero qué…?

- ¡Corre!

Los hermanos corrieron más que si persiguiesen a la hija del tabernero y desaparecieron en seguida. A estas alturas, Koberec no se había enterado de nada y de nuevo reunió fuerzas para intentar, que no conseguir, levantarse, pues se resbaló. Con la cara estampada en el barro, notó una mano en su hombro. Pensando que se trataba de nuevo de esos pesados hermanos con ganas de seguir jugando, se llevó velozmente la mano a la pierna y una daga voló para clavarse en el pecho de alguien a quién vio un segundo después de haber atacado sin preguntar.

Una chica de ojos grises le miraba fijamente con expresión de sorpresa. La sangre le empapaba las ropas a gran velocidad. Koberec no tuvo tiempo a pedir disculpas e intentar repararlo, ni siquiera de soltar la daga cuando un dolor intenso se acentuó en su mano. Toda la flora que había alrededor se había congelado y por su brazo trepaba rápidamente la sangre de Nebbia mezclándose letalmente con el hielo que poseía en su alma.

Koberec no podía gritar ni moverse, y pronto perdió el sentido cuando su cuello quedó atrapado bajo las fauces de Hevn…



The Blind

domingo, 24 de agosto de 2008

Arrasar (Parte I)

Bajaba la temperatura. Mi aliento entrecortado se fundía en forma de niebla con el aire gélido que castigaba mis pulmones. Hacía demasiado frío. Los melancólicos y distantes sonidos quebraban el tétrico silencio que tan sólo podría hallarse en aquel oscuro, frío, siniestro y solitario cementerio.
No me preocupaba la pulmonía que posiblemente cogería por la falta de abrigo y de calzado. No sentía en absoluto los pies y el resto del cuerpo parecía haberse esfumado. Pero tampoco esto me preocupaba. Lo importante en ese momento eran mis manos que, al contrario que el resto de mi cuerpo, estaban vivas y ajenas al frío que las rodeaba. Mi mano izquierda danzaba con firmeza sobre el mástil de mi pequeño violín, mientras que la otra deslizaba el arco de un lado a otro, unas veces con suavidad, y otras con brusquedad.
Me encontraba sentado en una roca, con los pies hundidos en la nieve y mi instrumento pegado al cuello. Los pantalones a penas si protegían mis congeladas piernas y mi torso desnudo se contraía con todos sus músculos para no desfallecer. Unos mechones cubiertos por una fina capa de hielo entrecortaban mi visión, clavada con determinación en la tumba de mi padre. Mis labios amoratados estaban apretados con firmeza, luchando contra los temblores que amenazaban con hacerme perder el control.
Sin embargo, la música contrarrestaba el duro clima. Las melodías me hacían pensar y mi mente vagaba por mundos imaginarios. Cerré los ojos con fuerza y los volví a abrir al instante. Las pestañas por poco se me quedaron pegadas en el párpado inferior, lo cual hubiese provocado que muriera allí mismo.
Recordé de pronto porqué estaba allí. Necesitaba una respuesta a mi vida. “¿Qué mejor noche que ésta?” pensé para mis adentros. Mis manos no se detenían. El frío me ayudaba a tocar con mayor velocidad.
Odiaba al mundo. Casi tanto como me odiaba a mí mismo. Mi padre, empresario ejemplar de pelo relamido y traje impecable, yacía entre cientos de tumbas colocadas sin orden alguno. Sonreí y noté un crujido en mis mejillas del hielo al resquebrajarse. Miré la tumba con nostalgia y lamenté no haber sido el hijo que él quiso tener. ¿Debía convertirme en el hombre que él quiso que fuera?. Continué tocando. “No”, me respondí a mí mismo. “Es hora de endurecerse y elegir mi propio camino”, pensé.
Paré de tocar. Me sentía contento por la decisión que había tomado. En ese momento el sol comenzó a asomarse por el horizonte.
Toqué una última canción dedicada a mi padre y me levanté con suma dificultad. Las piernas apenas me respondían y temía que se me rompiera algún dedo del pie. En estas condiciones llegué hasta la tumba de mi padre. Una lápida de mármol negro que rezaba su nombre con inscripciones blancas. Unos ramos de flores yacían alrededor cubiertos de una fina escarcha. Dejé mi violín apoyado contra el gélido mármol.
De pronto oí el batir de alas de un pájaro. Levanté la mirada y vi a un cuervo que volaba hacia mí. Levanté la arco del violín por instinto, pero el cuervo se limitó a posarse sobre la lápida. Las duras garras rasgaron ligeramente el hielo que cubría la tumba. Observé con curiosidad al cuervo. De pronto clavé la mirada en una de sus patas. Llevaba atado con un trocito de cordel un pergamino viejo y doblado.
Miré al cuervo y éste levantó las alas. Alargué mis manos temblorosas y desaté con dificultad el cordel. En cuanto tuve el papel entre los dedos el cuervo alzó la cabeza y se fue por donde había venido.
Desdoblé el papel. Una tinta roja cubría el pequeño mensaje con letra delgada y afilada:

“Crea tu propio camino. Extremo Este de la Calle del Olvido”.

The Reaper


viernes, 15 de agosto de 2008

Frío (Saga sin nombre, relato 1)


Caminaba sola y pasivamente por el bosque con la mirada perdida en el suelo, viendo todo lo que en éste reposaba sin fijarse en nada. El espeso bosque apenas dejaba pasar algunos rayos de Sol que se escapaban entre las numerosas hojas que al cielo inundaban.

Pálida, de finos labios y grises ojos era Nebbia, frágil y delicada pero su luz mortecina asustaba. Buscó un hueco entre las gruesas raíces de un árbol grueso y se sentó agarrada a sus propias rodillas. Aunque la temperatura era relativamente elevada, estaba tiritando. Suspiró y el vaho ascendió unos centímetros desde sus labios antes de desvanecerse.

El ruido que producía el viento la abucheaba, las ramas la señalaban, sentía que todo la acosaba. Intentó pacificar su estancia con la naturaleza demostrando que la amaba, que no pretendía ser una intrusa. Para esto dejó su mano acariciar los pétalos de una hermosa flor de vivos colores, pero la flor marchitó al instante. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas y caían en forma de hielo para deshacerse poco después sobre aquello en lo que caían.

Pronto detuvo su ahogado llanto al escuchar un leve sonido y, al levantar la cabeza, vio delante de si misma una pequeña ardilla que la observaba con curiosidad. Nebbia posó la mano en el suelo y dejó que la ardilla se acercase. La ardilla hizo lo deseado y se acercó pero al leve contacto con su mano salió corriendo y chillando espantada. Nebbia se levantó y con un gesto de mano un fino muro de hielo rodeó a la ardilla que insistía en salir de aquella prisión.

- No me rechaces -dijo Nebbia en un susurro al acercarse lentamente-… por favor… no me rechaces…

Cogió a la ardilla que, desesperada, seguía luchando pero enseguida murió entre sus manos. Nebbia soltó a la ardilla y se volvió a encoger gritando y, de nuevo llorando, poniendo las manos en su cabeza como si esta le doliese profundamente.

¿Qué ocurría? En el pasado la naturaleza convivía con ella y florecía a su paso pero ahora todo cuanto tocaba moría sin poder, de alguna forma, evitarlo…

Otra criatura irrumpió en su llanto. Un lobo blanco como la nieve asomó.

- ¡Vete! ¿No has visto lo que pasa con todo lo que a mi se acerca? ¡Aprecia tu vida, márchate!

El lobo se acercó y se sentó a su lado.


- No… t-tú no lo entiendes –balbuceaba Nebbia-…

El lobo agachó la cabeza en petición de ser acariciado. Nebbia movió la mano lentamente mientras repetía en voz baja sus advertencias pero el lobo la silenció con una mirada y finalmente ella posó la mano sobre el suave pelaje del animal. Dejó de tiritar. El lobo no parecía sufrir daño alguno y ella se sentía mejor. Por una vez en mucho tiempo sentía calor para sus adentros. Ese ser podría ser la clave que tanto necesitaba para normalizarlo todo.

- ¿Tienes nombre –preguntó Nebbia sonriendo y llorando otra vez, aunque en esta ocasión era producido por la ocasión-?

El lobo simplemente volvió a mirarla. Nebbia lo abrazó y dijo:

- Creo que te llamaré Hevn…

The Blind

lunes, 14 de julio de 2008

El devorador de cadáveres


La Luna reinaba en la noche dejando que su luz mortecina bañase delicadamente todo…

- “Cuando sois nombrada los hombres tiemblan. La naturaleza se horroriza dejando atrás su habitual firmeza. Ah, cuán oscuros son vuestros vastos reinos, y vuestros tristes desechos, donde nada reina salvo la noche, la oscura noche, y el silencio.”

El viento ya no cargaba con su lamento… arrastraba palabras que navegaban por el aire chocando contra todo aquello que se interpusiera…

- “Nombres una vez famosos, ahora reposan en la duda u olvidados...”

Una figura avanzaba recitando de memoria tétricas palabras…

- “Sepultados entre el naufragio de las cosas...”

Un hombre por el que pudieran haber pasado siglos andaba lentamente…

- “Los muertos más ilustres ahí yacen enterrados.”

… con ropas desgarradas y una vieja pala al hombro.

- “Las puertas chirrían...”

Y bajo el aviso de un búho, ante la entrada de un cementerio se detenía.

- “Las ventanas repiquetean...”

Buscó y encontró, colgada de su cuello, la llave que susodicha puerta abría para dar acceso al lugar donde descansan los muertos.

- “Y la nauseabunda ave nocturna chilla a pleno pulmón en la punta de la torre...”

Abrió la verja que produjo un sonido desgarrador…

- “La tumba.”

… y caminó hacia la lápida más reciente, sobre la que aún no había crecido hierba.

- “Ahí escucho triste y solo los sagrados sonidos, los cuales, mientras se extienden por las criptas góticas, en murmullos apagados, alcanzan mi embelesado oído.”

Leyó la inscripción que en esa piedra había…

- “Divina Melpómene, dulce niñera de la piedad, reina del paño mortuorio largo y suelto, y del paso majestuoso. Deja que Monimio llore la muerte con ojos llenos de lágrimas... de un amor emponzoñado e incestuoso.”

… y descargó la pala.

- “Ahora dejemos que en la vasta tumba la dulce Julieta dé su último beso...”

Comenzó a cavar sin prisa…

- “... En los labios de su fiel Romeo.”

… volviendo a abrir el agujero en el que alguien había sido enterrado…

- “Callada como las pisadas de la noche pasa una y otra vez. La lechuza blanca chilla...”

Y llegado al cofre, el ataúd, lo abrió sin, por un momento, dudarlo.

- “¡Es un sonido espantoso! Que ya más no oiré...”

Y de esa carne muerta que allí reposaba sin ningún remordimiento se alimentó…

- “Que hace que a uno se le congele la sangre.”

… devorando durante largo rato, la vida que otros habían vivido…

- “No ruge ya el fuerte viento. Los hijos de los hombres y todas las bestias yacen en el olvido del silencio.”

… para prolongar la suya…

- “Toda la naturaleza esta callada y dormida.”

Terminado su festín, al salir del agujero, allí encontró una muchedumbre furiosa con antorchas y armas.

- “Ningún ser, salvo yo, esta despierto.”

No cesaron sus palabras, ante los gritos de furia de la muchedumbre.

- “Hasta el sigiloso sueño...”

Se dejó caer de espaldas en aquella tumba que el mismo había profanado, y calló en el recipiente de cadáveres.

- “Mis marchitas sienes se bañan en el opio del rocío... mis sentidos me llevan a través de senderos ricos... en regocijo.”

Y entonces, en éstas, sus últimas palabras, le rociaron con aceite…

- “Ahora amansado y humillado como un niño al que han azotado, al polvo le doy la mano.”

… y allí mismo, fuego le prendieron…


Todo lo que recita el devorador de cadáveres está supuestamente extraído de dos poemas originalmente en inglés (lo digo antes de firmar yo como mío el relato):

Los Placeres de La Melancolía, de Thomas Warton.

La Tumba, de Robert Blair.


The Blind

martes, 1 de julio de 2008

Pesadillas


Caminaba bajo la lluvia por la calle mientras me regodeaba con mis reflexiones al dar un paseo entre los pliegues de mi cerebro. Excavaba entre las tumbas de mis recuerdos y sacaba los restos putrefactos de antiguas ideas que no llegaron a germinar. Y al sacar una de esas ideas caídas a la luz, sonó una alarma revelando la posición del ladrón que profanaba lo enterrado.

¡Estúpido coche! Uno pasea solitariamente sumido en sus pensamientos cuando de ellos le saca un ruido infernal. Me alejé hasta dejar de oírlo y puse mis sentidos centrados en el exterior. Los charcos se ondulaban bajo mis pisadas y salpicaban mi calzado que ya ejercía de esponja al igual que el resto de mis ropas cuyo peso había aumentado incómodamente.

Pronto me paré. Alcé la cabeza y cerré los ojos. Dejé que el agua me recorriese el rostro hasta que, repentinamente, la temperatura bajó estrepitosamente y cada gota de agua empezó a golpearme como si de una pesada piedra se tratase. Sin tiempo a reaccionar caí al suelo, acribillado por las múltiples heridas que estaba recibiendo y de las que afluentes de sangre brotaban para mezclarse con el agua del suelo. Gritaba desesperadamente pero no había nadie cerca.

Sólo pensé en que iba a morir helado y desangrado y de nuevo todo se normalizó. La temperatura había vuelto a subir y la lluvia volvía a ser inofensiva. Me puse en pie no encontré heridas ni manchas de sangre por ningún lado.

Escuché un ruido tras de mí. Me di la vuelta y visualicé una chica que echó directamente a correr. Sin saber por qué, la seguí diciéndole que me esperase. Justo al doblar cada esquina veía por donde giraba ella y podía seguirla hasta que, tras un último giro de calles, la encontré en medio de la carretera plantada, a varios metros ofreciéndome la espalda.

Me acerqué y puse la mano en su hombro descubierto. Se encogió un poco como si un escalofrío recorriese su cuerpo y lentamente se giró para mirarme. Tenía un bonito rostro, los labios levemente separados a menos de un centímetro y una graciosa gota en la nariz. Se apartó un poco el pelo de la frente y depositó un dedo en mis labios antes de que yo dijese nada. Seguido puso ese mismo dedo en sus propios labios e intentó escuchar algo. La imité y el sonido de un fuerte movimiento de agua llegó a mis oídos. Ella se quedó mirando a lo lejos y la cara le cambió a una asustada expresión.

Me fijé un poco y capté con mis ojos una riada arrasando todo a su veloz paso surcando las calles. Me gritó que corriera y salió disparada. Yo intenté seguirla pero el viento casi me tumbaba y mis pies eran pesados y lentos en aumento mientras que la ola aumentaba en tamaño y velocidad.

Finalmente la riada me atrapó y arrastró por un acantilado formando una brutal cascada. Increíblemente, no morí. Notaba un viento como si me hubiese lanzado desde un avión, era como si estuviese cayendo en el vacío pero… estaba sobre el agua. No la tocaba, nos separaban unos centímetros y si acercaba la mano, el agua se apartaba más. Descubrí que podía desplazarme como un zapatero (insecto de agua) impulsándome con mis extremidades que no tocaban nada.

Me acerqué a la orilla y me acerqué a la cascada para ver la altura de la que había caído. Sin embargo, mi atención fue captada por una brecha en la piedra, una cueva tras el agua que caía desde cientos de metros arriba.

Crucé la cueva, y el calor era sofocante. Al rato de estar andando descubrí todo un infierno con ríos de lava y un cielo con oscuras nubes amenazando.


Un caballo negro mezclado con piedra fundida, bebía del fuego de la lava sin ningún problema. El monstruoso animal levantó las patas de delante al verme y soltó un relincho furioso. Corrió hacia mí y lo único que pude ver son sus ígneos ojos antes de embestirme como un toro.

El golpe me lanzó rodando hasta caer en un hoyo. En el me encontré con el cadáver de la chica de la calle. Tenía los labios cosidos y estaba medio descompuesta con la cara desfigurada. Sus ojos se abrieron y me inmovilizó de brazos y piernas. El hilo de su boca se soltó y se acercó para atravesar la mía, cerrándola sin poder evitarlo. Ella rió. Su carcajada endemoniada era aterradora y más estando cara a cara a pocos centímetros de distancia y sin poder soltarme. La tierra empezó a caer sobre nosotros enterrándonos juntos cuando…

… despierto… Estaba bañado en sudores fríos en mi cuarto. Casi notaba que me faltaba el aliento. Enciendo la luz y me dirijo a la cocina para beber agua y olvidarme de esos malos sueños. Ya bebiendo el vaso en la cocina, veo una manta sobre un bulto grande. Me acerco sin saber que es y levanto la manta. Y allí estaba la chica tal y como la encontré por última vez en mis sueños. Me cogió de la mano y tiró para acercarme a ella, sujetarme y darme un beso. Un beso que soltó sus labios… para cerrar por siempre los míos…

The Blind

miércoles, 25 de junio de 2008

Choque de acero (Final)



(...Tres meses después...)


Acomodó su cabeza sobre mi pecho mientras murmuraba en sueños. Su perfumado olor flotaba en el ambiente, y confirmó mis deseos de lo que estaba a punto de hacer. Debía desaparecer. Mis manos silenciosas se cernieron en torno a su suave y blanquecino cuello. Se despertó.
-Acarreas demasiados sentimientos.- dije -. Me haces débil.
Me miró. No opuso resistencia. Me comprendió. Una lágrima recorrió su congestinado rostro.
Tras unos pocos minutos de incómoda agonía cayó estrangulada al suelo.
Volvía a estar sólo.
Sin siquiera darme cuenta mis pies me alejaron del lugar y se dirigieron al bosque, donde se encontraba la tumba de Faghorn. En lugar de una lápida habíamos clavado Khaira y yo en el suelo su arma de acero valyrio, que se imponía entre los árboles a pesar de que la maleza la invadía. Acaricié el hacha con las yemas de los dedos. Aún estaba afilada. Lo estaría siempre.
-Lo nuestro es luchar- susurré.
Caminé sin rumbo. Pensé en lo insensible que podía llegar a ser. Sin embargo, me sentía bien. Seguí caminando sumergido en mi insensibilidad... mi soledad.

The Reaper.
Ilusos, mis relatos nunca acaban "bien".

lunes, 16 de junio de 2008

Choque de acero (Parte V)


Me levanté de mi asiento y desenvainé con lentitud. Subí pausadamente los tres escalones que conducían a la tarima. Todos los luchadores se encontraban en torno al cadáver de Faghorn. El que se hacía llamar mano de hierro sintió mi presencia y advirtió al resto. El recepcionista y el presentador de los combates se escabulleron por la puerta. Los dejé ir. Khaira se había levantado pero no se movía de su asiento.
Cerré los ojos durante unos segundos y respiré el aire que había en la sala. Olía a muerte. Decidí que no saldría ninguno con vida. Abrí los ojos y miré a Minos, aquel que había matado a Faghorn por la espalda. Antes de darle tiempo para pestañear le corté la mitad de la cabeza. La otra mitad me la reservé para arrancarla de un puñetazo. La cabeza colgó inerte de un tendón. El primer charco de sangre llegó hasta mis pies.
Me dirigí rápidamente hacia el siguiente. Le clavé la hoja en el esternón hasta que asomó por la espalda y bajé el filo, atravesando por la mitad el estómago y los genitales. Tripas e intestinos se salieron de golpe. Dejé que se desangrara.
De pronto otro hombre se abalanzó contra mí con un hacha sobre su cabeza. Esquivé sin dificultad el golpe y le hice una segunda sonrisa roja en el cuello. Una cascada de sangre cubrió su cuerpo.
Me di la vuelta y me encontré con un tórax enorme a la altura de mi cabeza. Sin pensarlo dos veces hundí mi acero entre las costillas e hice palanca. Noté como los músculos se desgarraban y los huesos se quebraban. A través de la carne pude ver un trozo de pulmón. Me aparté con rapidez antes de que el enorme cadáver cayera encima de mí.
¡Oh!. Uno de ellos intentaba huir. Le alcancé en un segundo y le di una patada en los pies. Justo cuando cayó de boca en el suelo le di un pisotón en la cabeza y oí el quebrar de la mandíbula. Tracé un corte en línea recta a lo largo de la espalda. Introduje la mano en la herida y saqué la columna vertebral como se saca una espina de pescado. Con los huesos aún en la mano y en la otra mi catana busqué al resto.
Quedaban un par de ellos. Me dirigí hacia uno y le corté en dos. El último intentó huir a la desesperada. Antes de llegar a la puerta el filo de mi acero le asomó por la nuez.
Una vez que el cuerpo cayó al suelo solté mi catana y me agaché sobre él. Comencé a dar golpes sobre el cráneo ensangrentado con los puños. Maldije a toda la humanidad mientras aplastaba a la asquerosa masa cerebral que salpicaba mi rostro. Grité y grité mientras los nudillos me sangraban en carne viva y la cabeza de aquel hombre se reducía a puré.
Noté las manos de Khaira que agarraban mis hombros y me separaban del mar de sangre que reinaba a mi alrededor. Luché por liberarme para seguir machacando a aquellos cadáveres.
-¡Basta ya!- gritó Khaira mientras me cogía de los hombros y pegaba su rostro al mío. Tenía los ojos llorosos- ¡Ya están muertos Souka!¡Se acabó! Ya se acabó...- su voz se quebró.
Recobré la compostura. Observé la masacre que había creado. La tarima de combate, antes blanca, ahora era una fuente de sangre que caía con elegancia por los bordes. Cadáveres deformados yacían empapados de sangre en medio de un silencio sepulcral, roto por el sonido de la sangre caer como cualquier día de lluvia.
-Vayamos fuera- dije.
Khaira se había vendado con habilidad la herida del hombro. No parecía nada grave. Andamos hasta un río y allí nos lavamos la caras y manos ensangrentadas.. La verdad es que yo necesitaría introducirme por completo en el agua porque estaba cubierto de sangre. Estaba pensando en esto cuando de pronto Khaira me cogió el rostro con las manos y depositó un suave y húmedo beso sobre mis labios.
En cuanto se separó y me miró con esos ojos azul vidrioso bajó la mirada a modo de disculpa.
-Llevo mucho tiempo esperando este momento, Souka.
Me levanté y no dije nada. Miré al río. Khaira no aguantó demasiado mi silencio.
-Podrías decir algo...- sonrió con timidez.
-Nunca he sentido nada por nadie.- me limité a decir con tono imperturbable-. Me gusta estar sólo.
-¿Y qué hay de Faghorn?.- inquirió con los brazos en jarras.
-Faghorn ha sido mi único amigo. Lo único que tenía... y me lo han quitado- dije con pesar.
Khaira posó con suavidad su mano sobre mi hombro para consolarme. -No necesito consuelo- pensé.
-Si no sientes nada por mí...- dijo en voz baja- al menos déjame ir contigo.
Di media vuelta y caminé por donde habíamos venido.
-Está bien.
Khaira sonrió y me dio un rápido beso en la mejilla.
-¿Vas a dejar de besarme?- dije sin poder contener una sonrisa.
-Puede- bromeó mientras me daba otro beso juguetón.
-En fin...- suspiré para mis adentros.
-Hemos de enterrar a Faghorn ¿no crees?- me dijo poniéndose seria de nuevo.
No respondí de inmediato.
-Sí, vayamos.

(...)

Fin

The Reaper

viernes, 13 de junio de 2008

Choque de acero (Parte IV)


-Interesante- susurré.
Palpé mi mejilla y observé con curiosidad la sangre que empapaba las yemas de mis dedos. Cerré el puño con fuerza en torno a la empuñadura y adopté una pose de ataque.Los aceros volvieron a fundirse en una traca de choques y destellos metálicos. Esta vez me tocaba atacar a mí. Conforme luchábamos a una velocidad vertiginosa, podía notar que Khaira no aguantaba mi ritmo todo el rato, por lo que de vez en cuando le fallaban las piernas y se veía obligada a dar un salto hacia atrás para esquivarme.
Tomé control del combate. Aumenté la velocidad de mis movimientos una vez más, hasta tal punto que las estocadas de Khaira me parecían lentas y torpes.
Khaira dirigió su catana hacia mí con todas sus fuerzas, pero conseguí esquivarla agachándome rápidamente, oí el cortar del aire justo por encima de mi cabeza. En ese preciso instante apoyé una mano en el suelo y derribé a Khaira de una patada en la espinilla. La catana se resbaló de sus manos y, una vez que quedó tendida en el suelo, hundí mi hoja en su hombro, atravesando la clavícula hasta llegar al suelo.
El grito de dolor pareció desgarrar su garganta. Extraje el acero con suavidad y lo envainé a mi espalda.
Me levanté y di media vuelta dispuesto a volver a mi asiento cuando de pronto oí mascullar:
-¿A dónde vas?- me volví- Aún puedo luchar.
Hizo acopio de sus fuerzas y me lanzó el puñal. Lo detuve con dos dedos a unos milímetros de mi entrecejo. Khaira intentó coger su catana, pero apenas le respondía el brazo para apretar la mano, y mucho menos para luchar.
-Estás fuera de combate.- Me acerqué y le devolví el puñal con la empuñadura mirando hacia ella-. Ha sido el mejor combate de toda mi vida, ha sido un placer haber luchado contra ti- le confié.
La expresión de Khaira cambió. No se molestó en ocultar su sorpresa. Alargó el brazo para tomar el puñal y se levantó.
-El placer ha sido mío.- sonrió-. Pero no te confíes... la próxima vez te machacaré.
Khaira lanzó de nuevo el puñal, que me pasó por encima del hombro y fue a clavarse en la pared, a un milímetro de la oreja del presentador de los combates, que se despertó de un brinco.
-Armgajam- masculló volviendo de sus sueños.- Bueno...- bostezó y caminó hacia la tarima- veo que ya habéis termina... ¡joder!- exclamó- ¡Me habéis dejado esto hecho un asco!.
Buscó con la mirada al recepcionista.
-¡Tú!- señaló- ¡Límpialo!.
En cuanto me senté, Faghorn se inclinó hacia mí.
-¿Sabes?. Estás más guapo con la cara ensangrentada.- sonrió con aquel toque macabro de siempre.
Una voz resacosa anunció el siguiente combate. Faghorn alzó la cabeza para prestar atención.
-Minos, el guerrero- leyó- contra Faghorn, la roca de acero.
-¡Al fin!- rugió.
Faghorn se levantó y subió de un salto a la tarima mientras se llevaba las manos a la espalda y hacía chocar su increíble hacha contra el suelo.
El hombre llamado Minos se levantó. Era corpulento, aunque no tanto como Faghorn. Sus armas eran simples: un escudo y una espada. -Demasiado simples- pensé. Y efectivamente, bajo una muñequera de cuero negro alcancé a ver un destello plateado que probablemente era un disco dentado. Esperé que Faghorn también se diera cuenta.
Como era de esperar, el escudo se hizo añicos al primer ataque de Faghorn. Hay que decir que Minos hizo bien al esquivarle continuamente, pero no aguantaría mucho. El hacha acabó por alcanzarle y le desarmó con tal violencia que Minos voló por los aires y cayó fuera de la tarima..
Faghorn se dio la vuelta y alzó los brazos celebrando la victoria, mientras que Minos se llevaba la mano a la muñequera para atacarle por la espalda. Quise advertirle del peligro, pero no era mi combate, sino el suyo.
El disco cortó el aire como una bala y le atravesó el pecho.
Me quedé sin aliento. Eso le habría alcanzado al corazón. Faghorn cayó de rodillas y tosió sangre.
Me miró. Dejó asomar una leve sonrisa, que ya no era macabra, sino amistosa. Su despedida.
Cayó al suelo. Muerto.
Minos comenzó una carcajada a la que se fueron sumando progresivamente los demás, salvo Khaira, que observaba la escena. El más temido había sido derrotado, en ese instante fue cuando me di cuenta de lo tanto que le aborrecían. -No le conocían.- pensé con tristeza mientras todos los hombres de la sala se burlaban y pateaban su cabeza. Faghorn se había criado en Svalbard: Las montañas habitadas por los más fieros hombres, donde no existe otra ley que la supervivencia... el vivir para matar. Allí lo único que importa es el amor a la sangre. A pesar de todo Faghorn había conseguido salir de ese mundo y consiguió hacerse más humano por así decirlo... Eso sí, demostraba su cariño a su manera. Sonreí al recordar su sonrisa macabra, sus puñetazos a modo de caricias, sus continuas bromas...
-¿Sabes?. Estás más guapo con la cara ensangrentada- resonó en mi cabeza.
Sonreí. Se me hizo un nudo en la garganta.
Ahora su cuerpo cubierto por innumerables cicatrices estaba siendo pateado y escupido... mi único amigo.
-Faghorn... amigo... ya tengo una razón para matar.
Me levanté de mi asiento y desenvainé con lentitud.

The Reaper

lunes, 9 de junio de 2008

Asesinato de la Luna

Lágrimas caen esta noche
un terrible crimen se ha dado
y la sangre la noche acoje
a la Luna han asesinado

Y como en una pesadilla
todo el mar de sangre se llena
y la gente al cielo le grita
el apocalipsis espera.

Los poetas no tienen musa
el arte murió en el olvido
la inspiración es simple y nula
y toda esperanza ha partido

...




The Blind

miércoles, 4 de junio de 2008

Poeta desviado


¿Por qué siempre hablan poetas
de un amor que desvaría
que se clava tal que astilla
la dolorosa saeta?

Tal vez, si a todos ellos
les gusta pasar mil penas
merezcan ser como hienas
que de amor buscan destellos.

Pues yo planto mi estandarte
en el más oscuro estilo
por eso con sangre escribo
tétricos versos de mi arte.




The Blind

viernes, 30 de mayo de 2008

Choque de acero (Parte III)


Faghorn me arrastró hasta la entrada y nos topamos con un recepcionista sumergido entre montones de papeles.
-No se puede pasar, las plazas se agotaron hace varios días.
Se hizo el silencio durante unos segundos. Miré divertido a Faghorn.
-¿Cómo?- inquirió éste.
-Ya te lo he dicho- respondió el recepcionista sin levantar la vista de los papeles- No hay plazas. Lárgate.
El hacha partió la mesa en dos con un brusco crujido. El hombre se cayó de la silla del susto. Levantó la mirada hacia nosotros al fin.
-¡Por los dioses!, ¡Pero si sois Faghorn y Souka!- se levantó torpemente. Intentaba incorporarse y hacernos reverencias a modo de disculpa al mismo tiempo, en ambos casos el resultado era pésimo.
Una vez que lo hubo conseguido nos indicó el camino que conducía a la sala de combate. Dicha sala era circular y estaba iluminada por unas antorchas colgadas de cadenas plateadas a lo largo de la pared. En el centro había una tarima blanca con forma circular de unos diez metros de diámetro, a la cual se podía subir por ocho escaleras de tres escalones cada una. Las escaleras descendían hasta las sillas de los luchadores, aunque más que sillas parecían tronos. Los ocho estaban ocupados.
Temí que Faghorn matara a dos de los combatientes para hacernos un sitio, pero para mi sorpresa todos los hombres se levantaron al instante para cedernos su lugar... todos los hombres, salvo una mujer que se quedó sentada. Nos miraba desafiante, como diciendo que de allí no se movería sólo porque hayamos aparecido nosotros. Me gustó aquel gesto. También me gustó que una mujer fuera capaz de hallarse entre los ocho mejores luchadores de la villa, cosa no muy común. Me senté a su lado.
Sobre la tarima había un hombre bajito y rechoncho, que debía ser el organizador del torneo. Tenía el pelo enmarañado y ojos ojerosos. Sostenía un palillo en la boca que no paraba de mover entre los dientes.
-¿Y bien?- inquirió con tono aburrido.
En ese momento el recepcionista subió a la tarima y le susurró algo al oído.
-No te jode...- masculló- Está bien- sacó una bolsita del bolsillo, de la que extrajo dos papelitos doblados y los sustituyó por los que el recepcionista le ofrecía- Maegor, el lobo, y Random, la mano de hierro, ceden su lugar en este torneo a Faghorn, la roca de acero, y a Souka, el destello blanco- anunció.
-¿Podemos quedarnos a presenciar el combate?- preguntó el que se hacía llamar mano de hierro.
-Por mí como si os la cascáis- respondió entre las risas de los luchadores- ¿me dejáis empezar ya o no?.
Se quedó un momento callado, como si se le hubiese olvidado algo.
-¡Tú!- se dirigió al recepcionista- coge dos papeles de la bolsa- ordenó como si fuera su perro.
-¿Porqué yo?.
-Porque así te podemos echar la culpa si sale un combate aburrido- provocó más risas de nuevo.
El recepcionista se puso rojo como un tomate pero accedió. Metió la mano en la bolsa y sacó dos papelitos.-Vaya gran torneo- pensé con ironía. Faghorn temblaba de impaciencia a mi lado.
-Khaira, la dama de la muerte- leyó- contra Souka, el destello blanco. Las reglas son simples: quien muera, quede fuera de combate o se rinda... pierde.
Miré a la dama de la muerte. Había oído hablar de ella: se decía que su acero cortaba con extraña suavidad y elegancia y que con sus movimientos la muerte se convertía en algo dulce.
Nos miramos durante un momento antes de levantarnos. Llevaba el pelo recogido y dos mechones de cabello negro le caían sobre el rostro. Tenía unos ojos azul vidrioso, que dejaban ver una mirada segura y atractiva. Vestía con prendas de cuero y tela azulada, quedando los hombros al descubierto. Asomaba sobre su hombro la empuñadura de una catana que llevaba a la espalda.
Subimos ambos a la tarima. Nuestro caminar era tan silencioso que podía oír la respiración de los allí presentes.
Khaira desenvainó la catana con suavidad. -Es silenciosa... y paciente... no debo subestimarla- pensé. Desenvainé mi hoja. Levantó su filo por encima de su cabeza con una pose elegante y temeraria al mismo tiempo.
Las armas chocaron con increíble rapidez. Khaira tenía mucha fuerza en los brazos a pesar de aparentar lo contrario. Peleaba con una velocidad increíble. Las estocadas me caían como una lluvia de flechas a la cabeza, al costado... por todas partes. No se oía sonido alguno que revelara su siguiente movimiento, tan sólo se oía el eterno chocar del acero.
Pronto comencé a acostumbrarme a sus movimientos y empecé a presionarla ganando terreno, obligándola a retroceder y girar en círculos. Tuve mi oportunidad cuando ella alargó el brazo y se inclinó hacia delante. Me hice a un lado con rapidez e hice una floritura con mi hoja que desarmó a mi oponente. En el momento en el que iba a separar la catana caída, ella se llevó una mano a la espinilla y sacó como una centella un puñal que dirigió contra mi cabeza. Aquello me pilló por sorpresa y por poco no lo cuento. Me hizo un corte en la mejilla.
Khaira saltó con asombrosa agilidad y cayó de cuclillas junto a su catana. Tenía los ojos muy abiertos. Era la primera vez que me hacían una herida.
Sonreí. Pude ver un destello de temor en los ojos azules de Khaira, pero desapareció al instante y se puso en pie, adoptando la misma pose que en un principio.
-Interesante- susurré.

The Reaper

sábado, 24 de mayo de 2008

Choque de acero (Parte II)


-Acepto.
Se hizo el silencio absoluto. Tan sólo se oía el furioso viento que comenzó a soplar, ondeando las ropas de los allí presentes, y la entrecortada respiración de Faghorn, que no se molestó en ocultar su sorpresa.
Se acercó un hombre y se puso delante de mí. Me evaluó con la mirada.
-¿Estás seguro chico?- preguntó en tono burlón.
Hubo un destello. De pronto el hombre se encontró con el filo de mi hoja en el cuello, una gota de sangre se deslizó con timidez hasta la nuez.
-Dame un motivo- dije sin levantar la voz- y te enseñaré a respetarme.
El público comenzó a exclamar conmocionado.
-¡Es rápido!.
-¡Ya lo creo!.
Pronto empezaron a gritar.
-¡Deja que luche!.
-¡Que comience el combate!.
Bajé la catana. El hombre espiró aliviado. Una película de sudor cubría su rostro.
-Está bien, ¿cómo te llamas?.
-Souka.
-Muy bien- dijo elevando la voz y volviéndose hacia el público- Presenciamos aquí y ahora el siguiente combate: Faghorn, la roca de acero, contra Souka... el destello blanco.
El clamor del público retumbó en el aire. Faghorn se abalanzó hacia mí con el hacha por encima de su cabeza con la misma furia que un perro rabioso, dispuesto a vencerme de un solo golpe. Me mantuve inmóvil hasta que estuvo a un metro de mí. Me hice a un lado con rapidez y le hice tropezar con la pierna. Cayó bruscamente al suelo pedregoso y se levantó al instante mascullando maldiciones.
Esta vez me atacó de forma más prudente, aunque no por ello obtuvo mejor resultado. El filo del hacha cortaba el aire mientras que yo esquivaba siempre en el último momento todos los golpes. Faghorn comenzó a desesperarse.
-¡Deja de huir maldito! ¡Ven y deja que te arregle esa carita tan preciosa que tienes!.
Dejé que me atacara una vez más y le hice un profundo corte en la mano con la que sujetaba el hacha, que cayó al suelo. Antes de que él mismo se diera cuenta, yo ya había saltado sobre sus hombros y le había alzado la cabeza con una mano, mientras que con la otra sujetaba el filo de mi catana contra su cuello.
Se hizo el silencio de nuevo. Pude notar que todos contenían la respiración, esperando el corte final.
En cuanto Faghorn cayó en la cuenta de que había perdido, levantó los ojos hacia mí y sonrió.
-No me esperaba esto de ti, chico.- se rió- el combate es tuyo.
Envainé la catana y salté con agilidad al suelo.
Aún podía recordar los vítores y aplausos que recibí cuando gané el combate. Faghorn me elevó con un brazo como se eleva a una simple pluma y me sentó sobre su hombro mientras que con el otro brazo alzaba el hacha ensangrentada del anterior combate. A mi no me había hecho ningún rasguño.
-¡Souka! ¿Me estás escuchando?.
Volví a la realidad con un respingo.
-No.
-Pues escúchame porque quizá esto te interese- dijo mientras señalaba hacia mi derecha- ¿qué te parece?.
Me volví hacia donde señalaba, una puerta bajo un letrero que decía: “Gran torneo de luchadores de alto nivel”, escrito con lo que parecía sangre. No respondí de inmediato. A mi no me apetecía pero sabía de sobra que era un evento demasiado tentador para Faghorn.
-Está bien- suspiré- pero sólo lucharé si es necesario.
Me cogió de un brazo y me arrastró consigo.
-Vamos, vamos, puedo sentir la sangre desde aquí- su vena del cráneo volvió a dilatarse.
-En fin...- sonreí a pesar de todo.


The Reaper

miércoles, 21 de mayo de 2008

Luna Llena, bebe mi sangre


Una musa inspiró mis versos

Que ahora yacen olvidados

Quiero encenderlos y no entiendo

Cómo de mi mente han volado.


Duerme ella, soñando en su cuna

Ignorando todo ser vivo

Y que, como a una antigua runa

Deja caer en el olvido


Y dime por qué tú, intangible

No escuchas el grito del alma

Que un ingenuo deseo pide

Y tan gloriosamente te alzas.


Haz merced de todas mis súplicas

Al cumplirlas en un instante

Y al fin, tu decisión aplica

Luna Llena, bebe mi sangre.




The Blind

sábado, 17 de mayo de 2008

Choque de acero (Parte I)


-¡¿Pero tú estás viendo eso?!- dijo abriendo los ojos como platos- ¡que me está mirando mal tío, que lo mato, que lo mato!- la vena de la sien se dilató por cuarta vez en el día de hoy.
-¿Puedes estarte tranquilo aunque sea unos minutos?- dije con tono aburrido- nadie te está mirando.
Y era cierto. La gente que caminaba por la calle bajaba la mirada en cuanto veía a Faghorn, con su enorme hacha de acero valyrio colgando de su musculosa espalda, sujeta por una pesada cadena ceñida al pecho. La cabellera negra le caía sobre los hombros y unos mechones llegaban hasta los ojos inyectados en sangre. Y ahora soltaba una carcajada.
-Sabes que no, Souka, ¿es que acaso tú nunca tienes ganas de matar?.
-Yo mato por algún motivo.- sonreí-. Tú en cambio, no tienes ningún control sobre ti mismo.
-Siempre estás igual: que si mato por esto, que si mato por esto otro... ¿porqué no te limitas a matar y ya está?- sin esperar respuesta continuó- Nunca os entenderé. ¿Un motivo para matar?. Menuda estupidez.
-Cuida tus palabras, podrían convertirse en motivo suficiente para matarte aquí mismo.
-Tiemblo de miedo- tronó en otra de sus características carcajadas- me temo que no tienes por donde empezar con ese palo de hojalata-. Sin embargo, no hizo movimiento alguno.
Yo sabía que Faghorn no se enfrentaría a mí. Aparte de que éramos buenos amigos, nos conocimos entre una multitud de gente que se reunía para organizar combates entre sí. Los mejores luchadores de las villas cercanas venían en tropel para presenciar o participar en la matanza.
Por supuesto, Faghorn se encontraba en el centro del círculo que formaba el público y derrotaba a los que se atrevían a enfrentarse a él uno a uno. Sus ojos inyectados en sangre le daban un aire de loco y su cuerpo ensangrentado parecía no sentir las heridas. Un hombre corpulento con unos brazos como mazas se enfrentó a él. Sostenía en sus manos una cadena con duras bolas de acero en los extremos. La zarandeaba por encima de su cabeza y alargaba el brazo con rapidez. Faghorn la esquivaba y la paraba con su hacha a duras penas. A decir verdad parecía que tenía el combate perdido. Pero pronto se cansó y dio un brusco hachazo a la bola del tamaño de su cráneo. Se oyó el chocar del metal y un grito encolerizado. El filo del hacha quedó hundido en el entrecejo del contrincante, provocando que la sangre empapara su cara congestionada con los ojos en blanco.
Sonreí divertido ante la rabia que desprendía Faghorn. Ya nadie se adelantaba a luchar contra él.
-¡Eh tú!- me miró- ¿de qué te ríes?, ¿de mí?, ¿de mí? ¿Quieres que te mate o qué?.
No dejé de sonreír, lo que provocó que se enfadara aún más.
-¡Te reto a un combate!¡Voy a abrirte la jodida cabeza!.
La multitud que se encontraba expectante se escandalizó.
-¡No puedes luchar contra él!- gritaban.
-Es un tirillas.
-¡No duraría ni un segundo!.
Me llevé la mano a la espalda y saqué mi catana. El sonido del acero deslizarse de su funda hizo callar a todos.
Clavé la mirada en mi contrincante.
-Acepto.


The Reaper

martes, 13 de mayo de 2008

Desde el amor a la muerte

Todo comenzó con el amor. Dicen que el amor es el mayor pilar de la vida, la base de la felicidad. Si no lo posees no tienes nada, estás muerto por dentro.

¡Calumnias!

Una vez sentí algo semejante por una chica. Es curioso, parece que ya me contradigo al empezar con esta preciosa historia, pero realmente ese sentimiento acabó conmigo. Empecemos pues:

El caso es que me enamoré de una chica llamada Sofía (lectores, siento repetir nombre). Era por todo y nada, no sabría especificar algo que me gustase de ella pero me volvía completamente loco con solo verla. Nos habíamos conocido de casualidad en verano y no vivía lejos de mi casa por lo cual era fácil quedar con ella, aunque normalmente estaba acompañada. La relación de amistad había avanzado de manera óptima y creo que notó que me gustaba antes de que yo mismo lo supiera.

Una noche nos quedamos casualmente ella y yo solos –luego me enteré de que así se lo había pedido al resto-. Estuvimos tonteando mediante preguntas cada vez algo más íntimas y poco a poco sentía que el momento de lanzarse iba a llegar. Ella se relajó y disimuladamente dejo que se viera más de lo que se debería para calentar el momento en el que nos encontrábamos. Con el valor reunido, me acerqué para besarla y, al ver que me disponía a ello, me frenó. Me dijo sonriendo que había sido un buen fetiche durante este tiempo y que ahora sabía de sobra que podía manipular al tío que quisiera y como le diera la gana. Y ante mi cara de asombro se fue tan campante a reunirse con sus amigos/as que estaban partiéndose el culo dejándome ahí como a un imbécil.

Días… incluso semanas pasé sumido en una depresión de la que no podía salir. Un desengaño devastador había explotado en mi cabeza y ahora no podía hacer nada para remediarlo. Las veces que intenté hablar con ella me evitaba a sus amigos se ponían por medio para que no la alcanzase. Poco a poco el sentimiento de depresión por la traición se fue transformando en rencor y odio. Primero empecé a concienciarme de que no quería una chica así, que no estaba hecha para mí y que era mejor aceptarlo y pasar página que haber llegado a algo con ella y haber salido mal. A pesar de lo que me había hecho me costó pensar en ella como lo que realmente era y buscaba alguna razón que pudiera exculparla pero, tras dar por absurdo que la hubieran amenazado finalmente terminé de entender que ella no era la buena chica que aparentaba ser. Esa zorra me había utilizado como a una marioneta y me había ridiculizado. Mi odio se fue alimentando por haber sido manipulado de esa forma, por haber caído como un estúpido. Y entonces comencé a preparar mi venganza…

Me posicioné en una casa abandonada a las afueras donde nadie iba y compré e ideé objetos de tortura suficientes como para matar de dolor a las 666 legiones del infierno con sus 666 tropas cada una. También forré la “habitación de juegos” con materiales aislantes del ruido. No me venía bien que se escucharan gritos.

Una bonita noche de fin de semana en que las estrellas brillaban, a ella se le había hecho tarde calentando tíos en una discoteca y tenía que volver a casa. Le puse rápidamente un pañuelo con cloroformo en la nariz y perdió el conocimiento. Me escondí con ella entre las sombras y la llevé al lugar donde mi venganza se llevaría a cabo.

Cuando despertó estaba atada de pies y manos sobre una mesa. No le tapé la boca con nada porque quería oírla sufrir y allí nadie la escucharía. Ignoré todo lo que balbuceaba pidiéndome perdón y le puse un guante de hierro en la mano que le dejó los dedos estirados e inmovilizados pero dejando un agujero en la punta para poner en práctica un invento mío. Le cogí de la mano y empecé a girar en su dedo algo parecido a un sacacorchos pero más ancho por el centro. El invento penetraba en su dedo desgarrando toda la carne y dejando en medio atrapado el hueso. Ella gritaba de dolor provocándome una satisfacción indescriptible. Fue entonces cuando golpeé el “sacacorchos” y rompí el hueso de su dedo desatando un alarido aún mayor arranqué su dedo y quemé la herida para que no sangrase pues no podía dejar que muriese desangrada (aún…). Lo hice con todos los dedos de sus dos manos, satisfecho, pues era curioso que pudiese aguantar tanto dolor sin desmayarse siquiera. ¿Tal vez era porque le había inyectado las drogas apropiadas para ello? Eran muy buenas porque estas no te quitaban el dolor.

Lo siguiente fue coger un hierro al rojo vivo con forma de estrella de cinco puntas y marcarle como si de ganado se tratase. La única diferencia es que al ganado no se le marcan múltiples veces riendo sádicamente. En la cara, brazos, piernas,… Era espeluznante ver tantas quemaduras.

Pude ver que cerraba los ojos cuando le torturaba. Eso no me pareció bien así que le arranqué los párpados cogiéndolos con unas tenazas y cortándolos con un machete que tenía por ahí. Sus ojos ahora no podrían volver a cerrarse pero el problema era que igual ahora la sangre le nublaba la vista un poco. Le puse un apoyo bajo la cabeza y se la inmovilicé también para que estuviese obligada a mirar hacia donde llegaba el arma asesina. Vería finalizar su vida.

Pensé en serrarle el cuerpo en dos pero me parecía demasiado mítico. Además, podía utilizar otro objeto que recordaba a la pera (instrumento de tortura que se introducía por el recto y se abría una vez dentro) pero que era más bestia porque aunque fuese del mismo estilo, llegaba mucho más allá.

Era como un palo de hierro con otros muchos más finos colgados de la punta. Plegado era igual que un paraguas sin tela. Lo introduje bruscamente por sus genitales atravesando todo cuanto había por medio. Los palos que colgaban del mayor estaban cogidos por cadenas en el borde que sobresalía. Solo tuve que dar a un botón y las cadenas tiraron de los palos hacia fuera desperdigando todos sus órganos vitales por la habitación y manchando todo de sangre.

Había sido una noche divertida pero como no había dormido nada, limpié un poco y me fui a casa bostezando. Me sentía animado a pesar de todo por haber comenzado con la carnicería.


En los meses siguientes probé nuevas torturas con cada uno de sus amigos.

The Blind

martes, 6 de mayo de 2008

Interrupción

Bueno, el primo de momento no puede escribir más debido a sus exámenes. Por mi parte me quedan apenas un par de cosas sin colgar y no podré escribir en un tiempo (y si lo hago no se como). Llevo un curso que me ha quedado muy complicado para el final y si no me pongo a hacer nada no lo saco... y me parece que tengo que hacer mucho...

En fin, ya colgaré lo que sea que tenga. De momento podeis deleitaros con lo siguiente:












The Blind

sábado, 3 de mayo de 2008

¡He encontrado la forma de morir!

Testamento de un inmortal



Sólo yo he llegado más lejos que nadie en el camino de la inmortalidad. Sólo yo he conseguido abrir la entrada al mundo oscuro donde ningún mortal conseguirá entrar. Sólo yo he portado la guadaña forjada del inframundo con la que los demás solo podrán soñar. Sólo yo he forzado al extremo el sonido hasta tal punto que nadie lo ha logrado escuchar. Sólo yo he explorado los profundos abismos de la música que nadie ha sabido valorar. Sólo yo no me avergüenzo de grabar con mi sangre este relato que no muchos entenderán. Pero tras este ficticio final, estoy seguro de que todos me recordarán...

Volveré


The Reaper

viernes, 2 de mayo de 2008

Entre las llamas del pecado



Yo era el diablo en persona. Siempre que podía pecaba tanto cuanto podía y, tanto pecado había vivido antes, que se me podría considerar el octavo de ellos. Sólo la acumulación de pecados me impedían incumplir otro. A veces había llegado a no matar a alguien por la pereza de moverme.

Todos los periódicos hablaban de mí. La policía me perseguía en innumerables países, pero nunca habían logrado una imagen o un testigo que pudiese dar descripción del asesino que yo era. Lo único que sabían era que mataba con una espada, lo cual era lógico al ver a mis víctimas cortadas en pedazos. Igualmente, la llevaba siempre a la espalda un poco oculta y, aunque la espada medía dos metros, nadie se percataba de que existía.

Normalmente me gustaba asaltar una casa y atar a la víctima. Después tumbarme en el sofá a escuchar su tormento tras haberle herido, como si estuviese en una tumbona en la playa con el susurro del mar; me relajaba. Además, si dejaban de gemir les pinchaba con la espada diciendo “¡Sigue gritando, estúpido!”. También me gustaba asaltar familias. Con una sola acción partía al padre en dos por la cintura y empujaba la parte de arriba para verlo caer al suelo. Su mujer alcanzaba el mismo destino. Luego mataba a sus hijos aplastándoles la cabeza con una mano si eran pequeños. ¡Cómo me gustaba sentir sus sesos escurriéndose entre mis dedos! Finalmente asaltaba la despensa de la casa, es lógico que den de comer a un invitado.

Actualmente incluso debo tener un club de fans que quieren ser como yo. El problema es que son unos torpes y mal organizados y me confunden con un satánico. Yo no hago rituales satánicos, solo mato. Algún día tal vez podría adiestrarlos yo mismo y sembrar el caos a nivel mundial pero creo que nadie podría alcanzar mi nivel.

Y ahora me encuentro en un parque, sentado, mirando a los niños jugar felices con una pelota. Y tienen la mala suerte de que su pelota llega a mis pies. Cuando vienen a pedírmela la cojo y me levanto. Los niños de repente se acojonan al ver a un tío completamente de negro y cara de pocos amigos. Pero aún así uno se adelantó para hablar.

- Señor, ¿podría devolvernos la pelota? –dijo con timidez.

Lo miro con desprecio y exploto la pelota con una mano. La cara de los niños cambia. Han perdido esa apariencia de inocentes que tenían un momento antes.

- ¡La has cagado tío! –dice el que ha hablado antes mientras comienzan a sacar navajas e incluso un machete- ¿Conoces a ese brutal asesino? ¡Pues formamos parte de su club de fans! Vas a morir…

Suelto una carcajada ante la situación tan estúpida de tener unos niños que no llegan a tener diez años y me idolatran. Si supieran quien soy… No importa, me llevo la mano a la espalda. De un mandoble se queda mi espada incrustada en la cabeza del niño. Suelto la espada con el niño, aunque muerto, de pie. Me peino un poco y, antes de que el niño muerto caiga al suelo, se la arranco provocando que un chorro de sangre vuele por el aire. Aspersor de sangre suelo llamar a ese efecto. Los otros niños han comenzado ya su carrera. Me dispongo a ir a por ellos pero aparece un tipo con alas blancas bajando del cielo. Resulta un poco desconcertante pero me detengo.

- Saludos, futuro cadáver –dije burlón-. No has debido interponerte.

- Soy un ángel enviado por el Señor –dijo con tono serio desenfundando una espada-. He venido a poner fin a tus pecados, demonio.

- ¿Mis pecados? Digamos que bajo mi punto de vista hago lo correcto, pero continúa…

- ¡Tú estás muerto por dentro! Tu belleza interior murió con tu alma y estás arrastrando contigo incluso a niños como esos. Pondré fin a tus males.

- La única belleza interior que conozco es la de las entrañas, ¡pero dejemos que hablen las espadas, pues no lograrás cortarme con el filo de tu lengua!

Entonces comienza nuestra pelea a muerte. Sufrimos ambos varios cortes en nuestra larga pelea pero no por ello nos detenemos. Además a mi no me importa el dolor, la batalla lo merece y está bien que alguien pueda plantarte cara (mínimamente).

En un momento dado, hago una finta perfecta y le atravieso el estómago con mi espada. Suelta la suya, que produce un sonido metálico al chocar contra el suelo. La sangre le sale a borbotones por la boca (y la barriga).

- ¿Quieres ver tu belleza interior, pequeño angelito? - ¡Veámosla!

Subo la espada y le abro en canal inclinándole la cabeza para que lo vea en directo. También le grito que era verdad lo de su belleza interior mientras me río como un loco. Y paro. Le saco la espada y le dejo caer al suelo a desangrarse. Siento una corrosiva envidia por dentro…

Inmediatamente me atravieso y me abro a mi mismo las tripas. El dolor no importa. Cojo de la piel y tiro a los lados para poder ver bien. Y es en mi último suspiro cuando se nublan mis ojos que logro decir:

- Te equivocabas, ángel. Mi belleza interior supera a la tuya…


The Blind



Un regalito: