domingo, 1 de febrero de 2009

Arrasar (Parte VIII)


¡Saludos!- dije con un deje de locura que no era el mío- Me llamo Alai.
Todos me observaron como si acabara de llegar, incluida Ana, que era la que me había traído a la hoguera. Sin embargo, no pude ignorar las miradas de odio que me dirigía cada uno de ellos. Primo notó mi turbación y se me acercó al oído.
-Te están dando la bienvenida- susurró sin que los demás le oyeran.
-¿Con esas caras de asesinos psicópatas?- respondí del mismo modo.
-¿Cómo sino?- me miró con extrañeza- ¡eres muy raro!- sonrió.
De pronto el chico de la torre de ajedrez se acercó a mí y, con los ojos inyectados en sangre, alzó su torre de ajedrez. Sentí un golpe en la frente.
Entreabrí los ojos. Un resplandor amarillo y rojizo me deslumbró. No podía ver nada. De pronto sentí quemaduras por todo el cuerpo. Entonces lo comprendí. Me habían tirado a la hoguera. Abrí por completo los ojos del susto y salí disparado en cualquier dirección. Al salir de entre las llamas, la brisa del ambiente me sentó como un cubo de agua fría. Sonreí de placer y me desplomé en el suelo. Me di cuenta de que me dolía terriblemente la cabeza, y uno de mis zapatos estaba en llamas. Pero estaba tan dolorido que ni me intenté mover para apagarlo.
De repente noté un pie sobre mi cabeza. Imaginé de quien podría ser. Comencé a enfadarme. Hice acopio de mis fuerzas y cogí la pierna del chico de la torre de ajedrez y se la partí con un movimiento brusco. Apoyado sobre mis manos, elevé las piernas y giré sobre mí mismo. Le alcancé con el talón en la mandíbula, la cabeza le dio la vuelta y el cuello crujió peligrosamente.
Supe entonces que había cometido un grave error. Todos retrocedieron un paso. El chico de la torre de ajedrez se llevó las manos a la cabeza y la giró con suavidad. Movió el cuello en círculos hasta que un leve crujido indicó que ya estaba en su sitio. Sonrió. De esta misma forma se colocó la pierna, quebrada a la altura de la rodilla. Me miró. Volvía a tener los ojos rojos. Alzó la torre de ajedrez con ambas manos sobre su cabeza, y ocurrió algo que me hizo estremecer: un mar de nubes negras se aproximaban en círculos sobre nuestras cabezas, acompañadas de una tormenta de rayos y truenos que amenazaban con destruir todo.
De pronto se acercó Primo y cogió de un brazo al de la torre de ajedrez. Éste volvió de su trance.
-Ahorra tus energías para la batalla, Primo- dijo Primo, por primera vez serio.
Ya ni me pregunté porque Primo llamaba por su nombre al chico de la torre de ajedrez. Caí exhausto al suelo y me limité a mirar al cielo. Me temblaba todo el cuerpo.
-¡Hay que ver que poco aguante!- Dijo una voz de chica, probablemente la de Lyra.
-¿Qué esperabas?, tan sólo es un humano- Comentó una voz tranquila y a su vez imperiosa, la chica de piel pálida.
Entonces Ana se arrodilló a mi lado y extrajo una serie de instrumentos de su mochila.
-Tengo una pócima que te curará.
En ese momento temí por mi vida. Ana me puso una mano en la nuca para levantarme la cabeza, y con la otra sostuvo un frasco que contenía un líquido morado. Bebí. Para mi sorpresa, estaba riquísimo. Y no sólo eso. Noté que las quemaduras de mi cuerpo desaparecían y el dolor que sentía en la cabeza se extinguía.
-Gracias- murmuré.
-De nada, este regenera-humanos nunca falla- sonrió.
Preferí no preguntar. Lyra desenvainó repentinamente la catana de su espalda y se puso a trocear al oso.
-Charly…- comenzó a decir Ichigo- ¿ese oso no será pariente del oso floroso verdad?
Charly se encogió de hombros.
-¡Pero que no es un oso!- dijo a voz en grito Ana- ¡Es un perro!
-…Está loca…- murmuraron unos entre otros…
-La ira del oso floroso puede ser brutal- comentó con voz solemne Ichigo.
-Sí, pero le gusta el ramen- comentó Xathick.
-El ramen tiene gluten- saltó Primo.
-¿Y qué con eso?
-El oso floroso es celíaco.
-Vaya, pues el otro día se comió un bol entero de ramen- murmuró Xathick con cara culpable.
Primo le miró con odio.
-¡Perfecto!, ¡Lo primero que se te ocurre dar al oso floroso es un bol lleno de asqueroso gluten de no celíacos!- prosiguió Primo irritado.
-¡Pero es ramen!, no puede hacerle tanto daño… está tan riiiico….- su mirada se perdió.
-Silencio- La chica de piel pálida levantó levemente la cabeza -¿Dónde está Ker?
No hubo respuesta. Todos se pusieron a buscarla. Tras los árboles, bajo las piedras, en la mochila de Ana…
-Quizá siga en la copa del árbol que Charly ha derribado- comenté mirando hacia otro lado.
-¡Oh! ¡cierto!- comentó Charly como si se hubiera olvidado las palomitas en el microondas- como buen caballero que soy quizá debería ir a buscarla…
Mientras tanto, Lyra ya había cortado al oso en suficientes partes como para repartirlas entre todos. Fue dando un trozo a cada uno. Cuando llegó a mi altura me puso la mitad del tórax del oso, chorreando sangre y con el corazón entre las costillas.
-El corazón para el invitado- se limitó a decir con una sonrisa de vampiresa.
Todos me miraron con envidia.
-¿No vamos a asarlos?- pregunté con absoluta perplejidad.
Como respuesta me miraron como si fuera un bicho raro y comenzaron a comer.


The Reaper

lunes, 26 de enero de 2009

Arrasar (Parte VII)


-¡Armgajam!- Saludó Primo entre las llamas.
Descendió de la hoguera y apagó con calma las llamas que prendían su ropa. Alzó la cabeza y miró a su alrededor.
-Bien, ¿Estamos todos?- se rascó la cabeza confuso- He de presentaros a alguien… Ana…- Cambió de tema- ¿Me has puesto un tapón en la cabeza?
El chico de la torre de ajedrez se acercó a las dos chicas que yacían como muertas al pie de la hoguera y, como había hecho con el resto de inconscientes, las tiró una detrás de otra a la hoguera.
Despertaron. Mientras saltaban de la hoguera y se libraban despreocupadamente de las llamas, las observé con detenimiento.
Una de ellas llevaba unos pantalones piratas muy anchos, sujetos a su fina cintura con un cinturón de pinchos plateados, que combinaban con las pulseras que llevaba en ambas muñecas. Ceñida al cinturón, una catana de empuñadura negra imponía su autoridad. Tenía una camiseta corta y negra, que llegaba hasta la mitad de sus brazos, dejando los hombros al aire, rozados levemente por el cabello negro ondulado que descendía como una cascada. De uno de sus pendientes colgaban unos cascabeles, mientras que en el otro llevaba un dado negro sostenido por una cadenilla. Tenía un rostro perfecto, con unos ojos negros que no cesaban de observar todo lo que se ponía ante ellos, inquietos.
La otra en cambio, andaba sin prisa, con parsimonia. Iba descalza y tenía la piel extremadamente pálida. Llevaba un vestido negro y azulado que, sin saber muy bien porqué, le daba un aire impetuoso. Sus antebrazos se hallaban cubiertos por unas mangas azules. Su pelo bajaba hasta la mitad de su espalda emitiendo destellos conforme se movía. No supe con exactitud si sus ojos estaban surcados por unas profundas ojeras o bien se había pintado en torno a los ojos con tonos oscuros.
-Mmm… por curiosidad- dijo Lyra- ¿Qué os ha pasado?
-Todo empezó cuando Ker me dijo “¡¿A que no te atreves a darte con esta piedra en la cabeza?!”- respondió la chica de piel pálida.
-Entonces una cosa llevó a la otra y aquí estamos- terminó Ker- ¿Qué hay de la cena?
-Está en ello Charly- respondió Ana que había sacado su arco y, con el carcaj apoyado en el suelo, practicaba contra el tronco de un árbol.- Espero que vuelva pronto, tengo hambre.
El chico de la torre de ajedrez alzó la cabeza.
-¡Tengo hambre!
De pronto Ker salió corriendo hacia el árbol en el que practicaba Ana y, apoyando un pie en las flechas clavadas, todas en el mismo punto, saltó y trepó entre las ramas hasta desaparecer de la vista.
Tras unos segundos se oyó a Ker.
-¡Charly está viniendo!- gritó desde la copa- ¡Está derrumbando la mitad del bosque!
Y efectivamente, pronto se oyó su sierra eléctrica arrasando los troncos y sus carcajadas diabólicas que indicaban que había encontrado comida.
De repente Charly llegó dando zancadas y arrasó con el árbol en el que se encontraba Ker. Se oyó un grito de pánico en la copa del árbol hasta que cayó al suelo.
Hambrientos, todos se cernieron sobre Charly, pero no se acercaron demasiado, puesto que llevaba en un hombro dos personas (adiviné que estaban inconscientes) y en el otro hombro… un oso.
Cerré la boca.
-Por lo menos podrías haberlo traído muerto- se quejó Ana.
-Mmm pensé que era más divertido así- cogió al oso y lo puso en el suelo.
Antes de que el oso pudiese defenderse si quiera, al chico de la torre de ajedrez se le pusieron los ojos rojos y saltó con una furia diabólica sobre el animal. Éste cayó de espaldas alzando las garras a duras penas. Pero el chico de la torre de ajedrez se sentó sobre su cuello y comenzó a clavarle en la cabeza su torre de ajedrez con ambas manos.
El oso dejó de moverse.
El chico de la torre de ajedrez se levantó y sonrió. Su cara estaba cubierta de salpicaduras. Sus ojos perdieron progresivamente el tono rojizo.
Mientras tanto, Charly tiró a las dos personas que llevaba en el otro hombro a la hoguera.
Despertaron. Al incorporarse, uno de ellos sacó de no se sabe donde lo que parecía un cuenco y se lo estampó en la cabeza al otro.
-¡Auch!, ¿Pero qué haces?
El del cuenco pareció darse cuenta de su error.
-¡Ops! Perdona, creía que me estabas atacando, Ichigo.
-¡Ah claro!, ¿Eso creías? Pues te vas a…-
-Silencio- dijo la chica de la piel pálida con voz calmada.
Se hizo el absoluto silencio. Tras unos segundos.
-¿Por?- inquirió el chico del cuenco.
-Nada, quería que te callaras- contestó con una sonrisa.
-Bueno- interrumpió Primo- Ahora que estamos todos conscientes quiero presentaros a alguien…- Me miró.
Todas las miradas se clavaron en mí. Sin saber muy bien porqué, sonreí con un deje de locura.
-¡Saludos!


The Reaper

lunes, 19 de enero de 2009

La cruda realidad


Érase una vez un hombre infeliz. Este hombre era una buena persona: no pretendía ningún mal a la gente y era educado donde los haya. Su único problema es que nunca fue ni libre ni feliz.

Ya desde pequeño, se le acabó pronto el jugar y dejar correr la imaginación hasta donde el infinito marcase. Le metieron entre cuatro paredes para hacer lo que un grupo de dictadores de mayor tamaño ordenaba. Tras salir de esa prisión, apenas veía el sol de camino a casa, pasaba de una cárcel a otra.

Durante años le dijeron lo que tenía que hacer, lo que tenía que estudiar, cómo comportarse siendo un hipócrita en determinadas situaciones e incluso le “enseñaban” en que dios tenía que creer y cómo vivir según esa religión, sus mandatos, leyes, pecados… En clase no soportaba tener que memorizar para repetir como un lorito y después olvidar. No entendió que se promoviese esa forma de coger asco a aprender, ni tampoco el tener que ser como la sociedad quiere que seas. Respecto a la religión, nunca se creyó nada. ¿Cómo iba a creer en un montón de leyes morales con las que ni los predicadores daban ejemplo? La religión no podía ser como un club de fútbol al que uno se hace aficionado según el lugar en el que vives. La religión debía de ser algo interior, personal y sin opiniones ajenas. ¿Cómo sabemos si todos hablamos de un sentimiento interior y no de una buena dosis de crack en el cuerpo? Fuere como fuere, el no encontró ese sentimiento, no había dios en su vida.

Pasó el tiempo y alcanzó la pubertad, el pretendía salir a diario para no aburrirse en la rutina pero sus amigos o ponían excusas baratas para no salir entre semana o directamente sus propios padres se lo prohibían. Así es que, salvo los fines de semana en que salían a beber con la intención de pasar un buen rato, se quedaba en casa. Por suerte a menudo se veía acompañado por un buen libro.

Concluidos ya muchos años, se encontraba con una basura de empleo en el que se veía martirizado por su jefe, trabajaba como un esclavo y cobraba un suelo semejante. Ya no leía. Llegaba a casa demasiado cansado como para hacer ningún tipo de esfuerzo así que dejaba que la televisión pensara por él mientras su cerebro maceraba y se pudría junto con la carroña televisiva. El teléfono móvil le saturaba provocándole quebraderos de cabeza y más de una vez tuvo que comprar uno nuevo tras haberlo lanzado siete pisos abajo.

Los impuestos se lo comían y la hipoteca hacía tiempo que lo estaba digiriendo. Los políticos imponían más leyes absurdas a los ciudadanos para multarlos más de forma abusiva y, en vez de ayudar a mejorar, se lanzaban heces unos a otros intentando ocultar la mierda propia y buscando llenar, como sea, sus bolsillos.

Su adicción a los calmantes iniciada tras separarse de aquella bruja que se llevó a sus hijos y que se hacía llamar mujer se veía acompañada por un alcoholismo extremo ya iniciado en su pubertad.

Ahora era lo que todos esperaban de él. Vivía un modelo de vida decadente en el que se promovía ser otra oveja más en el rebaño y que cuando alguien dijera “¡Hombre de la calle! ¡Compre su felicidad con esta maravillosa tontería inservible!” respondería “Sí, amo.”.

Un mal día, al darse cuenta de todo esto, decidió suicidarse. Dejó su trabajo y consiguió otro de dependiente de un negocio de ropa conocido en época de rebajas. Antes de que abrieran las puertas en su primer día, se sentó en el suelo a esperar. La avalancha fue demoledora. Murió aplastado.



The Blind

sábado, 17 de enero de 2009

Arrasar (Parte VI)


-Claro.
Ana sonrió y esperó a que llegara a su altura. Bajamos todos juntos por la colina. Lyra se encontraba tendida unos metros más abajo. Mientras que el de la torre de ajedrez había bajado tras ella y volvía a pisarle la cabeza. La oscuridad comenzaba a ocultar el suelo, pero mis nuevos compañeros parecían saber en todo momento donde pisaban.
Una vez me hube acostumbrado medianamente a la actitud peculiar de mis acompañantes me puse a observar lo que nos rodeaba que, a pesar de la oscuridad, podía distinguirse lo suficiente. A nuestra derecha se extendía un tenebroso bosque sumergido en un silencio inquietante. El mismo bosque en el que Charly se había adentrado para buscar la cena con su gigantesca sierra eléctrica. Precisamente en ese momento se oyó en la lejanía el motor de la sierra eléctrica y unas carcajadas diabólicas.
Ana volvió la cabeza.
-Hoy tendremos cena- dijo sonriendo.
Subíamos y bajábamos por las innumerables colinas. Cuando estábamos lo suficientemente alto se podía divisar por encima de los árboles el ejército del que Primo se hacía llamar general. Por un momento lo había olvidado. Miles de antorchas y hogueras centelleaban inmóviles, iluminando entre las sombras a otros miles de personas.
Agucé la vista. Algunos de ellos no parecían personas. Pero desde aquella distancia no podía estar seguro.
Volvimos a bajar la colina y perdí de vista al ejército. A la izquierda, pasadas otras colinas por las que ya habíamos pasado, se alzaba un risco. Recordé de pronto cómo había llegado hasta aquí. Me acordé del cuervo del cementerio. Extremo este de la Calle del Olvido , el mensaje que había sido carbonizado en la palma de la mano de primo.
Llegamos a un tramo en el que el terreno se volvía más llano y el bosque terminaba. Torcimos a la derecha bordeando éste y caminamos hacia el ejército.
-Ya hemos llegado- Comentó Ana.
Nos estábamos acercando a una inmensa hoguera.
El chico de la torre de ajedrez cogió a Lyra de los pies y sin más miramientos le tiró a la hoguera. Tras yacer dos segundos entre las llamas, Lyra despertó. En cuanto se dio cuenta de lo que había ocurrido, antes de apagar las llamas que quemaban su ropa y su pelo, se levantó y pegó un puñetazo al chico de la torre de ajedrez que por poco le arranca la cabeza. Esta vez fue éste quien cayó inconsciente.
-Llamaré a esto “Puñetazo de fuego”… o “El ataque de mano de fuego”… mmm.
Mientras que Lyra debatía por librarse de las llamas y pensaba un nombre para su nuevo ataque, Ana se dirigió a la hoguera y cogió su mochila, de la que sacó un martillo.
Me quedé mirando perplejo. Ella se dio cuenta.
-Es mi botiquín- se explicó.
Alzó el partillo por encima de su cabeza y sacó levemente la lengua, calculando el golpe.
-¡CRASH!
Se hizo el silencio. Sacó el dedo.
-mmm creo que me he pasado- se limitó a decir sin darle mucha importancia al hecho de que le había partido la cabeza a Primo.
Sin embargo, no era esto lo que más me asombraba. Había algo más preocupante en lo que nadie parecía haber reparado. A lado de la hoguera yacían dos chicas. Antes hubiera pensado que estaban muertas, pero conociendo ya un poco a esta gente supo que se habían quedado inconscientes también.
-¿Puedes sostenerle la cabeza así un momento?- me preguntó Ana.
Tenía que apretar con ambas manos el cráneo para que la grieta se uniera. Mientras, Ana sacó de su botiquín una aguja y un hilo y se puso a coser. En cuanto terminó sacó un tapón y se lo puso en el agujero.
-¡Ala!, curado.
El chico de la torre de ajedrez cogió a primo de los pies y, como había hecho con Lyra, le tiró a la hoguera.
Primo despertó. Se levantó lentamente entre las llamas y dijo con voz oscura:
-¡Armgajam!

The Reaper

viernes, 9 de enero de 2009

Arrasar (Parte V)


-El resto… se ha quedado atrás…- dijo el tal Charly bajando la cabeza.
-¿Cómo que se ha quedado atrás?- preguntó Lyra con cara de preocupación.
-Sí. Lady Nerón y Ker han preferido quedarse encendiendo la hoguera e Ichigo… me parece que está hablando con una tortuga que hace mucho tiempo que no veía.
De pronto Lyra Giró sobre sí misma y le plantó una patada en el esternón con una fuerza imponente. Charly apenas se balanceó.
-¡Me has asustado Imbécil!- le gritó riéndose.
Charly sonrió. Y luego puso cara de sorpresa.
-¿Puedo preguntar por qué Ana tiene el dedo metido en la cabeza de Primo?.
Ana, concentrada ahora en zafarse de la neurona, estaba en el suelo empujando la cabeza del tal Primo con los pies y tirando de su brazo con todas sus fuerzas.
-Me temo que tendrás que llevarlo contigo- concluyó Lyra- Ya se nos ocurrirá algo en la hoguera… A menos que…- desenvainó la catana.
-¡Ni lo sueñes!- repuso Ana- Sigo queriendo mi dedo, gracias.
-No estaba pensando en tu dedo- sonrió.
-No creo que cortarle la cabeza le ayude mucho- objetó Charly.
Finalmente, Ana desistió de liberarse. Se levantó arrastrando el cuerpo inerte por el suelo.
El chico de la torre de ajedrez alzó la cabeza de pronto.
-Tengo hambre- dijo. Y comenzó a dar golpes a Ana con la torre de ajedrez en la cabeza.
-¡Ay! ¡Para!- exclamó defendiéndose con la única mano que podía levantar- ¡Está bien! Vamos a cenar.
De repente Lyra se acercó al chico de la torre de ajedrez y le dio un bocado en el cuello. Éste se dio la vuelta y le clavó la torre de ajedrez en la frente. Ambos sangraban abundantemente. Pero fue Lyra la que bizqueó un momento y cayó al suelo.
-¡Parad de vez!- Gritó Ana enfurecida- ¡No puedo curar a todos a la vez!
Pero el chico de la torre de ajedrez, haciendo caso omiso de sus quejas, comenzó a pisar la cabeza de Lyra con curiosidad.
-Bueno, voy a por la cena- añadió Charly. Acarició su sierra eléctrica y desapareció entre los árboles.
Entonces todos comenzaron a descender por la colina. Ana arrastraba a duras penas a Primo, mientras que el de la torre de ajedrez colocó a Lyra tumbada, paralela a la pendiente, y la hizo rodar hasta abajo. Pero antes de que se fueran, Ana se detuvo un momento y se dirigió hacia mí.
-¿Vienes?.
La pregunta me pilló por sorpresa. Dudé un momento. La verdad es que no me parecía una buena idea mezclarme con un grupo de psicópatas. Pero me di cuenta de que no tenía a donde ir y de que estaba muerto de hambre.
-Claro.


The Reaper

viernes, 2 de enero de 2009

Que sangren los cielos, que ya cerrarán las heridas


Es de noche y no puedo dormir.

Fracasos... fracasos acumulados uno a uno en ese rincón de mi mente deberían estar muertos. En cierto modo lo están, siendo como zombis en descomposición que vuelven a la vida y no me dejan olvidar.

Proyecto tras proyecto continúo igual que siempre. A veces hay avances y otras veces retrocesos, pero siempre se vuelve al punto de partida. Ese punto en el que no tienes nada.

En extrañas ocasiones hay situaciones afortunadas que perduran, pero en su mayoría se quedan en vanas ilusiones, como semillas que jamás llegaron a germinar.

Escoria humana, eso es lo que somos. Nosotros mismos nos auto-infundimos odio y lo destruimos todo. No tengo ninguna esperanza en la humanidad, es un pensamiento misántropo pero la mejor solución para el planeta es que nos extingamos.

Y aún sin esperanzas, no puedo quedarme de brazos cruzados, aunque sea nivel individual pienso conseguir lo que muy pocos pueden siquiera soñar. Sonará triunfal la música de la victoria y yo no caeré, aunque todos se me opongan.

Difundiré un caos benefactor y me alzaré entre las cenizas que dejen el fuego y las llamas. No necesito seguidores, mi voluntad lo es todo.


Es hora de poner fin a tanta estupidez y limpiar la mierda de nuestros errores.



The Blind

sábado, 13 de diciembre de 2008

El Gremio de Escritores

He inciado un blog que tendrá varios administradores y donde todo el mundo podrá escribir. Para que los relatos sean publicados tendrá que avisarnos y ya está. Se pretende que varias personas colaboremos en crear un mundo, pudiendo más adelante cambiar de mundo (época, fantasía y demas cosas).


El blog es:

http://elgremiodeescritores.blogspot.com/


Y concretamente queda todo mejor explicado aquí:

http://elgremiodeescritores.blogspot.com/2008/12/el-gremio-de-escritores.html

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Arrasar (Parte IV)




-…En fin…-.
El grupo de gente recién llegado se reunió alrededor del chico herido en el suelo. Dicho grupo era de lo más variopinto:
El que había llegado en primer lugar debía tener un año más que yo aproximadamente. Iba todo de negro: el pelo, la perilla, la ropa… hasta los ojos se hallaban inmersos en una siniestra oscuridad. Su camiseta estaba rasgada y cubierta de sangre. O eso me pareció al principio, ya que luego cuando se acercó un poco más me di cuenta de que era un dibujo en el que ponía con salpicaduras de sangre la palabra: “Blooddrunk”. Sostenía en la mano derecha una torre de ajedrez (negra para variar). No parecía importarle en absoluto lo que pasaba a su alrededor, porque no dirigió la mirada a nadie, sino que puso un pie encima de la cabeza del chico y la pisoteó levemente con curiosidad, como si quisiera ver como reaccionaba.
Tras él venían dos chicas. La de la izquierda tenía una larga cabellera oscura, cuyos ondulados mechones franqueaban entre penumbras unos ojos rojos sedientos de sangre. Cuando sonreía, la punta de unos plateados y afilados colmillos se asomaba por la comisura de su boca. La empuñadura de una catana asomaba por su espalda. Llevaba un top negro que se adaptaba a su cuerpo de manera perfecta, unos pantalones negros ajustados con inscripciones en sangre a lo largo de la pierna derecha y unas botas con bordes de acero, a juego con sus colmillos y con su catana.
La chica de la derecha era más bajita. Tenía el pelo más corto y más liso. No dejaba de sonreír, mostrando una dentadura blanca y perfecta (era increíble como se las arreglaba para enseñar todos los dientes). Sus ojos eran verdes y brillantes. Llevaba un fino jersey blanco de cuello ancho que le dejaba un hombro al descubierto. Como pantalones llevaba unos vaqueros azules y botas negras de suela dura. En su espalda cargaba con un arco y un carcaj. Quitó de en medio al chico de la torre de ajedrez haciéndole cosquillas. Éste dejó de pisotear el cráneo enfurruñado. La chica se acuclilló al lado de lo ya que parecía un cadáver.
-Conozco un jutsu médico infalible que lo curará- aseguró con una sonrisa de loca que me preocupó.
El gran jutsu médico resultó ser taponar el agujero metiendo el dedo. Lo más lógico del mundo. Pero en parte tenía razón, dejó de brotar sangre. Sin embargo, de pronto se borró la sonrisa de la chica y le sustituyó un grito de dolor.
-¡Lyra!, ¡Me ha mordido!- exclamó indignada.
-¿Quién? ¿Jaime?- respondió su compañera.
-¿Jaime?- reaccionó de pronto el chico de la torre de ajedrez- ¿Quién es Jaime?. Se llama primo. Lo pone en su dni.
-¡Es igual! Primo no me ha mordido, ha sido su estúpida neurona.
Y al parecer la neurona volvió a morderle el dedo con más fuerza, a juzgar por el grito que brotó de sus cuerdas vocales.
De pronto el suelo se cubrió por una alargada y sinistra sombra.
-¡Charly!- saludó Lyra – mm… ¿dónde está el resto?- preguntó inclinando la cabeza ligeramente.
Tuve que alzar la cabeza para verle bien. Tenía el pelo rizado. Llevaba gafas de sol, una sudadera hecha con lo que parecía piel de lobo, y una gigantesca sierra eléctrica apoyada en el hombro. Alzó la mandíbula con una seriedad imponente, que se transformó en una sonrisa de paranoico.
-El resto… se ha quedado atrás…- respondió.



The Reaper

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Infierno (Parte 1: sucesos)


Despegué mis párpados y me levanté del suelo. Totalmente desnudo y sin saber donde me encontraba, observe el inmenso páramo que me rodeaba sintiéndome totalmente perdido y desorientado, pues un desierto de arena infinito se mezclaba en color marrón rojizo con un cielo nublado. Hacía bastante calor y un mar de dudas surcaba velozmente mi cabeza. Aun con miedo ante una más que probable muerte en un lugar así, avancé entre dunas con la esperanza de encontrar… algo…

Tras dos días andando sentía el estómago lleno de ratas rabiosas y enfurecidas rugiendo por salir de allí y la lengua y la garganta como el papel de lija. Poco rato pasó desde lo que consideré que debía de ser por la mañana, pues allí no había cambios de luz, y empezó a caer una llovizna de luces pequeñas, aunque el color del cielo no había variado tampoco. Desgracia la mía cuando me encontré con que esas luces eran una lluvia de fuego que, como cabezas de cerilla encendida, caía en numerosas pero pequeñas dosis que se apagaban en el suelo o, peor aún, me abrasaban la piel. Como un loco intenté cubrirme de arena como pude para evitar las quemaduras y aguanté durante horas medio enterrado hasta que la lluvia terminó. Demasiado absurdo para ser real… Demasiado doloroso para no ser verdad…

Es tras mucho andar durante largos días, sin comprender la razón por la que no estaba muerto y podía seguir andando a pesar de ver sobradamente el relieve de mis huesos, cuando encontré un oasis. ¿Un oasis? Me lancé a la carrera y salté a sus aguas bebiendo al tiempo que me zambullía. Entonces noté algo raro. Eso no era agua, sabía como a hierro y era más espeso. Saque la cabeza otra vez a la superficie y me vi metido en un oasis de sangre. Salí aterrorizado y me quedé mirando a lo que antes me había parecido agua y ahora no lo era. Las gotas de sangre se deslizaban por mi cuerpo y es entonces cuando me di cuenta de que había recuperado mi físico normal y mi boca volvía a segregar saliva en abundancia. ¿Era ese oscuro brebaje lo que me había repuesto?

Sin embargo, antes de poder pensar más en eso, descubrí un árbol completamente negro y sin hojas cuya presencia no había notado antes. De todas formas, no era eso lo que más me preocupaba, sino un agujero que tenía en su tronco, ese agujero me aterrorizó los siguientes días que pasé allí. Era una abierta caja de Pandora de la que podrían salir los males en cualquier momento y no podía dormir esperando a que vinieran a por mí. Sí… padecía insomnio por el miedo que me infundía, y quería marcharme pero la sangre, que me repugnaba profundamente, era a la vez un alivio y una droga que no podía dejar por mucho asco que le tuviera. Quería irme pero no tenía a donde y aquí tenía asegurada la supervivencia, pero vivir entre miedo y arcadas no me gustaba. Aún así, no podía marchar.

Maldito árbol… ¡Conspiraba contra mí! Estaba seguro de que se movía cuando yo dormía. No podía dormir demasiado rato seguido o llegaría donde mí y… no quería acabar en ese agujero, ¡no me devoraría un vegetal! Mi paranoia aumentaba cuanto más tiempo me quedaba allí, mi sueño se veía mermado cada vez más y proporcionalmente crecían mis ojeras. Tenía que vigilarlo, no podía despistarme. No, no podía quitarle ojo de encima o sería mi fin, no podía dormirme…

Pasaron más días aún, perdí la cuenta de cuánto tiempo llevaba en ese mundo. Un día, llegó una mujer que en vez de brazos y piernas tenía alas y garras, una arpía. Se posó tranquilamente en el árbol y dijo de forma que parecía que escupía al hablar “Debo castigarlos, han de recordar siempre el mal que hicieron. Se lo merecen…”. “Hola, ¿hay algo más allá de este lugar?” le dije yo pero habló sin aparentar darse cuenta de mi presencia “Humanos, humanos, estúpidos humanos, os voy a desgarrar. Quiero escuchar vuestros gritos…”. Y siguió diciendo cosas a la vez que echaba el vuelo. Le grité “Gracias”, pues me había hecho pensar que había algo más en este desierto. Debía largarme de aquí, por mucho que eso supusiese dejar mi alimento maldito. Pero antes… antes tenía que terminar con algo… Me acerqué corriendo al árbol y metí un puñetazo de lleno en el agujero. Se oyó un crujido y medio árbol cayó para atrás. Dentro de su tronco había unos huesos machacados y un colgante con una piedra negra. Efectivamente, ese árbol me habría comido. Me colgué el colgante, convirtiéndose así en mi única prenda y la sangre del oasis se fue aclarando lentamente hasta convertirse en agua. Ese lugar ya no estaba maldito.

Tras mucho caminar, pasaron meses y las lluvias de fuego se habían convertido en sólo una pequeña molestia. Ya me había acostumbrado al fuego quemando mi piel, la cual se regeneraba pasadas unas horas. Con el tiempo llegué a algo nuevo, lo que me pareció una parrilla gigante con unos 30 metros de radio. Básicamente había una verja de metal a la altura del suelo y un agujero con ardientes brasas. Y en medio había algo, o más bien alguien, encadenado. Puse un pie en la verja pero me quemó mucho más que la lluvia, no podía acercarme Así que le dirigí unas palabras a gritos pero me ignoró. Estaba allí tumbado sobre hierros ardientes a poca distancia de las brasas. En poco rato una llama de fuego salió del brasero y acarició al hombre. Él gritó de dolor. Poco a poco fue subiendo la figura y lo que al principio había sido una mano se convirtió en un montón de llamas en formas de mujer. Esa mujer ardiente se colocó encima del pobre personaje que no dejaba de gritar y lo violó. Pasaron horas en las que no pude hacer otra cosa que esperar y escuchar gritos y llantos y, ya satisfecha, la mujer se volvió a sus brasas dejando a su víctima sexual sucumbida bajo la mortal pasión. A pocos metros había una placa que me acerque a ver y cuya inscripción decía “Judas Iscariote, condenado a sufrir la eternidad”. Y así era, todos los días venía la mujer de fuego a torturar al pobre Judas así como el águila que se comía el hígado a Prometeo.

Pasó el tiempo y tuvimos una amistad profunda en la que yo le contaba cosas y el simplemente sufría cuando le tocaba y el resto del día se quedaba tirado, nunca habló. Acabé decidiendo que tenía que partir de nuevo, me sentía mal por él pero no podía quedarme allí de por vida. Así que al final, en medio del momento de dolorosa pasión, me marché gritándole entre lágrimas “¡Lo siento, Judas! ¡Perdóname, por favor! ¡Judas, lo siento!”…


The Blind

martes, 25 de noviembre de 2008

La amabilidad no va por delante


Antes de nada advierto: esto no es un relato sino un artículo de opinión para un periódico escolar que pretendemos hacer para un concurso. Yo por supuesto voy completamente a mi bola y escribo acerca de lo que me da la puñetera gana. Os lo pongo porque supongo que estaréis de acuerdo y sea como sea os hará gracia (espero).

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Aún recuerdo aquellos tiempos en los que viajábamos en familia en coche con mi pobre madre martirizada pues, como ella siempre nos cuenta, a falta de media hora para llegar a cualquiera que fuese nuestro destino, mis hermanos y yo teníamos un chip que nos hacía alborotarnos y ser, a conciencia, lo más molestos que pudiésemos. En estos viajes en concreto, tengo presente también parar a menudo en un bar para comprar el periódico del día y ese señor cuyo enfadado rostro nos demostraba que se veía forzado a dejar su silla y su cerveza durante unos segundos para atendernos.


Me resulta tedioso tener que pagar por unos servicios y que aquella persona que me atiende, y cuyo sueldo depende de mi cartera y la de otras gentes similares, no sepa manifestar siquiera un leve gesto de agradecimiento sino que incluso llega a tener unas formas completamente reprochables en sus métodos para atinar con los modales. Y es que seré raro pero me desagrada por ejemplo ir a comprar el pan, cosa común donde las haya, y que la señora, que por supuesto se gana la vida de forma honrada y virtuosa, tenga una gran dificultad en convertir en sonrisa la desalentada curva que forma la abertura anterior de su tubo digestivo. Ya no existe ni amago o intento de ser hipócrita y pretender así contentar al cliente sino que encima me repatea que se dedique a criticar a la persona anterior. Logra que me pregunte qué maravillas contará de un fiel comprador de pan como soy yo, y es que odio premiar con mi dinero a quien no lo merece.


Normalmente me entran ganas de agarrarle las mejillas y estirárselas hasta el cielo gritando a la vez “¡Señora, escandalícese! ¡Vive Vd. tan amargada en su trabajo que no podrá ser feliz tampoco en su tiempo libre y morirá vieja y sola y su único pasatiempo se convertirá en tejer abrigos durante horas sentada en una butaca rodeada de gatos a los que encima será alérgica!”. Es una pena que esta situación tenga unas consecuencias desastrosas que difieran de mis intenciones con tan bondadosa acción. Seguramente la señora se llevaría un susto sobrecogedor y yo sería echado a la tremenda con una barra de pan golpeando mi cabeza y perseguido por violentos ataques orales.


Definitivamente, mi envidia particular en lo que respecta a lo que he vivido se encuentra en un país sencillo como Andorra. En Andorra son conscientes de lo importante que es el comercio para todos ellos y, vayas donde vayas, la gente te tratará de una forma tan afable que entonces te plantearás lo mismo que yo, ¿por qué en mi tierra parece que me estén haciendo un favor si soy yo quien paga y aquí el trato es exquisito aún cuando no compro nada?


Tal vez la razón de todo esto sea que la sociedad, la cual formamos todos y cada uno de nosotros, se dedica a premiar a los que actúan de forma indigna y no a los que deben. Con esto me refiero a que alguien de físico destacado, alguien que sepa dar patadas a un balón e incluso un camello van a vivir mejor, o por lo menos más fácilmente que alguien que se ha pasado su vida estudiando y no le da para pagarse una casa mientras los que actúan con poco esfuerzo se bañan en dinero. Creo entender entonces que, como yo mismo con mi primer trabajo, tanto un hombre que abrió un bar como una mujer que hizo lo mismo con una panadería, comenzasen con un brillo especial en los ojos al iniciar un negocio propio y, al conocer mejor la vida o quizás cansados de la rutina, esa luz con el tiempo haya muerto.


The Blind

viernes, 24 de octubre de 2008

Arrasar (Parte III)

¿Un ejército?

Cerré los ojos con fuerza intentando confirmar que lo que estaba viendo era un sueño. Pero no. Allí estaba: una multitud de figuras negras como la muerte, ocultas entre las sombras en aquel lugar tan recóndito. Antes de tener tiempo para observar mejor el inesperado paisaje, una fuerte pisada y un tintineo metálico hizo que me volviera.

Un chico aproximadamente de mi edad me miraba. Tenía una mirada fría y calculadora… pero sobre todo oscura. Vestía con atuendos negros. En la camiseta tenía un dibujo que me llamó la atención… una espiga trigo tachada con una franja de sangre. Sostenía entre los dedos una cadena de metal de la que colgaba una bola con pinchos. La balanceaba de un lado a otro distraídamente.

-Armgajam- me dijo con una sonrisilla de loco que me preocupó. -Es un saludo.- se explicó- ... bueno a lo que iba… ¿qué haces aquí?- balanceó peligrosamente su bola plateada… por poco se abre la cabeza.

-Me llegó un cuervo.- dije con extraña soltura-. Traía un mensaje.- rebusqué entre los bolsillos y le entregué el mensaje.

-Yo te envié el cuervo- dijo mientras el mensaje se hacía cenizas entre una pequeña llama de fuego que había hecho salir de su mano.

Decidí hacer como si no lo hubiera visto.

-Si tú me has traído hasta aquí…- titubeé- ¿porqué me preguntas que qué hago aquí?-

Por un momento creí que iba a matarme, pero para mi sorpresa se puso a mi lado he hizo que me diera la vuelta.

-¿Ves a todo este ejército?- alzó el brazo abarcando a las miles de sombras que esperaban bajo nuestros pies- han sido reclutados de la misma forma que tú. Un cuervo para cada persona, un cuervo para cada alma, un cuervo para cada vida…- de pronto se giró hacia mí- ¡¿Tú crees que puedo estar en todo?!¡¿Cómo quieres que me acuerde de si te he enviado un cuervo o no?!.

La bola de pinchos se balanceó demasiado y fue a hundirse en su cabeza. Un reguero de sangre descendió por su cuello a una velocidad preocupante.

-Mm… ¿estás bien?- pregunté con un hilillo de voz.

Alzó la mano y se sacó la bola como quien se saca una espina.

“Le habrá atravesado al menos diez centímetros”, pensé sin saber que hacer.

-Auch…- fue lo que dijo- bueno…-sonrió- hace falta algo más para derrotar a mi neurona.

De pronto vio su propia sangre y ocurrió algo inesperado.

-¡¡SANGREEEE!!- gritó eufórico. Pero al instante palideció y cayó al suelo.

Oí que alguien gritaba.

-Primoooo…-

De pronto apareció un grupo de gente que se acercaba a nosotros.

-¡Primo!.

-¿Se ha vuelto a desmayar?.

-La comida no llevaba gluten….

-No, mirad… se ha abierto la cabeza.

-Eso pasa por elegir un arma que no sabe utilizar.

-No se, ¡¡pero ya le hemos recogido cinco veces hoy!!.

-¡Matémosle!

El que iba en cabeza suspiró…

-…En fin…


The Reaper


mm cráneo y yo...

¡Un saludo!

miércoles, 24 de septiembre de 2008

La máquina de los sueños



- Aquí tiene el dinero –dijo Gisp ofreciendo el dinero exacto a la dependienta de la tienda-. ¿De verdad funciona?

- Yo misma lo he probado, no he sabido nunca de un aparato tan perfecto.

- Me fiaré de ti entonces. Tu no me mentirías, ¿verdad?

- Verás que tu sueño es perfecto, ocurrirá lo que siempre quisiste que ocurriese en tu vida real. De hecho, no sabrás que es un sueño, creerás que todo es real a pesar de lo ilógico que puede resultarte hasta que despiertes. Es lo que ocurre en los sueños, ¿no?

Gisp se despidió y salió de la tienda con prisa. La “maquina de los sueños” había salido recientemente al mercado y tenía una crítica impresionante a nivel mundial. Lógicamente el precio era exorbitado, pero la posibilidad de evadirse a un mundo donde era feliz no tenía precio. Un mundo creado por su propia cabeza no podía otra cosa que ser perfecto.

La máquina en sí, leía los pensamientos, principalmente los deseos de cada uno y los ejecutaba. Daban más ganas de vivir dormido que despierto.

Y así fue como ese día, Gisp se tomó un somnífero y se arropó entre las sábanas de su cama para dormir cuanto antes, sin haber cenado siquiera.

Y así comenzó el sueño…

- Gisp… -decía una voz lejana- Gisp… Despierta Gisp…

Y Gisp abrió los ojos, los cuales se cruzaron con otros ojos de un verde que siempre había deseado, una blanca sonrisa rodeada por unos labios que necesitaba que chocasen con los suyos…

- Kitara… -dijo levantándose un poco confundido- ¿dónde estamos?

- No es importante –dijo sonriendo aún más-. ¡Vamos, no puedes llegar tarde al concierto!

- ¿Un concierto –dijo animado por la idea de ir con ella-? ¿Quién toca?

- ¿Te has vuelto loco –respondió ella riendo-? ¡Te está esperando el público! ¡Hace meses que se agotaron todas las entradas para verte!

Gisp no entendía nada pero la siguió corriendo como ella iba. Así de repente, llegaron al concierto. Concretamente él apareció en el escenario ante una oleada de gente como no podía existir en la tierra. Todos gritaron al verle llegar “¡Gisp! ¡Gisp!”. Kitara estaba en primera fila, y sus gritos se escuchaban por encima de los de los demás. No supo ni por qué, pero le apareció una guitarra en forma de lanza entre sus manos. Sabía tocar la guitarra pero no podía considerarse un profesional.

Sin embargo, no más plantar la mano en el mástil hizo un punteo acelerado que levantó los gritos de la gente de nuevo. Convencido, empezó a tocar y cantar canciones que ni conocía. Todas hubiesen sido grandes canciones de los mejores grupos y habrían necesitado meses para crearlas. Sin embargo, ¡él las estaba interpretando con una improvisación incongruente!

Tocó varias canciones y, tras romper la guitarra contra su propia cabeza, saltó hacia el público que le recibió con los brazos en alza para cogerle. Pero al caer, se encontró en el suelo, encima de Kitara, sin nadie más en rededor.

- Un concierto increíble –le dijo ella con las mejillas rosadas y las pupilas clavadas en las de él-.

- Bueno… -dijo el sonrojándose- Lo cierto es que no sabía que pudiera hacer eso.

- ¡Oh, que escena más enternecedora –sonó otra voz en tono burlesco seguida de las risas de otras dos.

Era una persona que Gisp conocía bien. Ese maldito descerebrado que volvía a estar acompañado de sus perros, sus fieles “amigos” con tanta personalidad que hubiesen seguido a un trozo de hormigón por ser más pesado e inteligente que ellos. Y allí estaban, haciendo bulto con ese matón que de por sí solo ya ocupaba lo mismo que un armario.

- Paletum… De esta te voy a devolver todas tus palizas juntas –con estas palabras, Kitara se apartó un poco asustada y Gisp se levantó-.

- ¿Que vas a hacer qué –respondió Paletum-?

- Matarte.

Se materializó a la espalda de su oponente y le propinó una avalancha de puñetazos (a una media de 400 km/h por golpe) que su oponente recibió sin poder evitarlo y que dejaron sus huesos masacrados y su cuerpo quedó como una masa blanda que manaba sangre que se iba dispersando por el suelo.

Los otros dos corrieron en direcciones opuestas. Al primero lo alcanzó de nuevo apareciéndose delante y lo detuvo poniendo dos dedos en su frente. Bueno, mas bien incrustándose en ésta. Después le arrancó la cabeza y la utilizó como proyectil para derribar al otro. Se acercó con calma hasta donde el segundo esbirro estaba. Puso un pie en su pecho y le aplastó sus crujientes costillas sin contemplaciones.

Con todo esto, Kitara parecía sentirse delante de un salvador a pesar deque Gisp acabase de matar a tres personas. Bueno, esa escoria en concreto se lo merecía. Ella se le acercó y le dio un abrazo sin importarle que chorrease sangre.

- ¡Has estado fantástico!

- A veces la gente hace cosas que nunca hubiese pensado que pudiese hacer hasta que se encuentra en una situación de peligro.

- ¿Sabes ya que eres número uno en ventas?

- ¿Cómo dices?

- ¡Tú libro de relatos! ¡Tus historias son conocidas por todo el mundo, has vendido mas copias que la Biblia, el Quijote, todos los diccionarios en toda lengua existente y Harry Potter juntos!

Y seguido se encontraron en la presentación de su libro, el cual curiosamente había vendido tanto siendo publicado en ese mismo momento. Él nunca había sido más que un escritor aficionado pero… ¡allí estaba! Sus pequeñas historias gore-humorísticas habían cuajado en el mundo de los lectores y se había convertido en el mejor escritor de la historia con su primera publicación. Tuvo que hablara ante la gente, tuvieron comida para picar y se codeó con las personas más brillantes del planeta que existía y que habían existido. Entre otras, tuvo una interesante discusión con Platón, el cual insistía en la existencia del continente perdido en las aguas del mar.

Entonces la presentación acabó y volvieron a quedar ellos dos. Los ojos verdes se aproximaban y se cerraron cuando estaban tan cerca que se veían desenfocados, pues, aunque no los ojos, su dueña le estaba besando. Besando como el siempre había querido…

- ¡Arriba, tienes que ir a clase –le despertó su madre encendiendo una molesta luz-!

Gisp se levantó sin decir nada. No podía ser que todo hubiese sido soñado, pero cogió el aparato que en su cabeza estaba enganchado y lo recordó con pena.

Miró su guitarra, reposando en una silla cogiendo polvo por la falta de atención, encendió el ordenador y abrió tristemente su blog, donde colgaba aquello que escribía. “Cinco comentarios…” dijo para sí mismo.

Y preocupado cogió rápido el teléfono y marcó un número determinado. Alguien cogió:

- ¿Sí –dijo una voz-?

- Paletum, ¿estás muerto?

- ¿Quién…?

Colgó. Y seguidamente marcó otro número.

- ¿Quién es –dijo otra voz-?

- ¿Está Kitara?

- Sí, ahora se pone.

- ¿Hola –dijo otra voz más pasado un momento-?

- Kitara, dime que me quieres…

- ¿Gisp? ¿Pero estás loco? Deberías cambiar de camell…

Colgó de nuevo y se fue deprimido a prepararse para ir a clase. No sabía como podría volver a soportar lo mismo de siempre tras haber sido feliz por una noche. Entonces obtuvo la respuesta: si soñando era feliz, debía de dormir para siempre…

Ese mismo día el metro estuvo inactivo durante horas a causa de un suicidio.

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Ah, y lo prometido es deuda, no tiene paint:


The Blind

lunes, 15 de septiembre de 2008

El poder del Metal

¡¡¡DEATH!!!

Bajo la tormenta de truenos
Descargamos nuestra ira
Hacia los que llamamos "poperos"
Que nos joden la vida

Cuatro amigos que tocan Heavy Metal
Preparados para el rito infernal
Tras largos años de trabajo han acabado
Su excavadora gigante han terminado

Inician su recorrido
Raptan poperos a porrillo
Les machacan con sus guitarras en trocitos
Para comérselos, pues es su rito

Satán ha sido sustituido
Por el más loco grupo de amigos
Nadie les puede parar
El mundo van a aplastar

En el núcleo de la tierra
Se anuncian aires de guerra
Pero antes a papear
Beben ácido sulfúrico y comen tanques hasta reventar

El cantante empieza a gritar
Cantos infernales
Con sus cuerdas vocales
Que comienzan a vibrar

Le sigue el guitarra con su instrumento de hierro
El único que no se rompe ante el poder del acero
Su arma esta repleta de pinchos
Para desangrarse con ahínco
Combinado con una sierra mecánica
Toca solos con su guitarra eléctrica

El teclista se desfasa con su teclado
Hecho de costillas atadas con venas de condenados
Sus notas desgarran las cabezas
De los sufridos que a mordiscos les arrancan las orejas

El bajista masacra su bajo
Agita las greñas
Y arrea las cuerdas
Todo ello a puñetazos

El batera da cien golpes por segundo
Con martillos del inframundo
Rajándose el cuello con sus platillos
Y desangrando a sus enemigos
Olvidándose de todo el mundo
Se saca los ojos con gusto

Con los altavoces de potencia nuclear
Desde el centro de la tierra va todo a reventar
Ríen sádicamente sin consuelo
Con sus ojos sangrantes mirando al cielo

Se les salen las entrañas
Cuando están metiendo caña
Mientras el planeta peta
Todos mueren por el Heavy Metal…

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Buenas y malas gentes: esta es una canción que escribimos el primo y yo hace la tira y que surgió en recopilacion de ideas de un día que nos pusimos a decir chorradas. En realidad, las rimas dan bastante pena, se nota que hace mucho que está escrito. Sí, uno se da cuenta tras mirar sus primeros escritos que ha mejorado (lo cual no hace que sea bueno, sino mejor que antes).

En fin, tengo algunas cosas por escribir, a medio escribir o simplemente ideas a la espera de ser desarrolladas pero estos días no estoy uniendo palabras para crear relatos. Dentro de poco os compensaré.

Y bueno, por puro aburrimiento, os concendo lo nunca visto para vosotros, una foto mía con un cráneo en un palo:


Lo siento por los que tuvieseis curiosidad. Venga, prometo que en mi próxima entrada publico una foto y no me dibujo con paint por encima de la cara.

Saludos.

The Blind

sábado, 6 de septiembre de 2008

Arrasar (Parte II)


La luna resplandecía con un tono rojizo. Los pinos teñidos en sangre se alzaban alrededor del cementerio, inmóviles. El vapor de la nieve al derretirse me nublaba la vista y me provocaba náuseas. Olía a muerte. Oí un batir de alas. Bajé la mirada y me sobresalté. El cuervo se había posado en mi pierna ensangrentada y picoteaba la herida que él mismo había abierto. Intenté espantarlo pero no encontré los brazos. De pronto el cuervo alzó la cabeza hacia mí... “Sigue al niño salvaje, él te llevará hasta la muerte” dijo sin abrir el pico bañado en sangre. La temperatura bajó bruscamente. El cuervo alzó el vuelo y fue a posarse al otro lado del cementerio sobre el hombro de una siniestra y oscura silueta que se alejaba entre las sombras...
Desperté. Mi cuerpo se contraía azotado por violentos temblores. Las mantas que antes me cubrían se habían caído de la cama. Giré hasta el borde del gélido colchón y alargué el brazo para volver a abrigarme. Poco a poco los temblores fueron cesando. De pronto recordé porqué me había despertado y pensé en el cuervo. Sabía que me había dicho algo pero no alcanzaba a recordar el qué. Me acordé de la extraña silueta sobre la que el cuervo se había posado. “Me dijo algo sobre la muerte”. Palpé con la mano mi pierna, pero allí no había ninguna herida.
Me senté en la cama y me ceñí las mantas al cuello. Una alfombra de prendas sucias acumuladas con desorden durante semanas cubría el suelo de mi habitación. El armario en el que debía guardarse la ropa estaba cerrado. De la puerta colgaba un gran póster de Apocalyptica, con los tétricos y oscuros violonchelos de siempre, junto a otro póster de W.A.S.P., desde donde Jackie Lawless me observaba con ese deje de locura tan propio de él.
Sin embargo, lo único verdaderamente ordenado de la habitación era la estantería. Tenía tres pisos: en el primero descansaban libros de fantasía variopinta colocados por tamaño, junto a mis discos ordenados por estilos, en el segundo había montones de partituras de música, el trabajo de toda una vida, y, por último, decoraban la cima de la estantería un par de estuatillas de mercadillo, un esqueleto haciendo surf, y la muerte sosteniendo su guadaña. Nada del otro mundo.
La mesilla estaba al lado de la cama, sobre la que había una lámpara cubierta por una fina capa de polvo y un papelito meticulosamente doblado.
Saqué un brazo de entre las mantas y cogí el papel:
“Crea tu propio camino. Extremo Este de la calle del Olvido”.
La calle del Olvido. En esa calle precisamente tuve aquel accidente de coche con mi familia. Tan sólo sobreviví yo. ¿Casualidad?. “Un lugar en el que has vivido una experiencia cercana a la muerte te conducirá hasta la mismísima muerte...” pensé con la mirada perdida. Todo era muy irónico.
Sin embargo, allí estaba el papelito que sostenía entre mis dedos. ¿Quién me habría mandado aquel extraño mensaje?. Volví a pensar en la muerte.
Me levanté con lentitud y me vestí. Miré por la ventana. Atardecía. Bostecé y salí de casa.
El aire limpio invadió mis pulmones. Me metí las manos en los bolsillos y comencé a andar. Crucé varias manzanas hasta que al cabo de una media hora llegué a la calle del Olvido. No había ningún coche. Observé el sol y me caminé en dirección opuesta, hacia el este.
Mi mirada estaba clavada en la sombra que se adelantaba a mis pasos. No sabría decir cuanto tiempo estuve caminando cuando de pronto el asfalto que estaba pisando se convirtió en piedras y arena. Alcé la vista. La calle terminaba allí, y en su lugar un caminito de campo ascendía en curvas hasta una colina, detrás de la cual había un gigantesco risco débilmente iluminado en la cima por los últimos rayos del día.
Seguí caminando. Llegué a pie del risco y sin pararme a pensarlo comencé a escalarlo. Era un buen escalador, con lo que no tuve problemas en llegar hasta arriba sin dar ningún paso en falso. En cuanto vi la altura a la que estaba se me revolvió es estómago.
Una vez en lo alto apoyé las manos en la roca y subí con las rodillas. Una explanada de hierba fresca y verde me daba la bienvenida. Después de descansar unos minutos me levanté. Observé que la explanada no se extendía mucho.
Anduve un poco más y llegué hasta el borde de un precipicio. El corazón me dio un vuelco. ¿Un ejército?.


The Reaper

viernes, 29 de agosto de 2008

Acabado (Saga sin nombre, relato 2)

- Ponme otra copa de vino –dijo Koberec tambaleándose-.

- Son 5 unidades de orichalcum –respondió el tabernero empezando a servir-.

Koberec rebuscó torpemente en el fondo de sus bolsillos y juntó las últimas monedas que le quedaban para pagar al tabernero. Sin agradecer siquiera, cogió su copa, derramando la mitad por el camino, y se balanceó para volver a su sitio, donde se encontraba en compañía de una elevada embriaguez que se alimentaba de sus sentidos y los iba menguando proporcionalmente al alcohol que sin descanso ingería.

Inspeccionó por encima a la gente que por allí descansaba y festejaba, salvo algunos a los que dedicó un poco de atención. Observó con desprecio a un hombre barbudo y gordo, con la cara marcada por la viruela. Estaba comiéndose un pedazo de pollo y la salsa que a éste acompañaba se le untaba en las manos y goteaba por la barba. Bebió de aquel vino agrio y miró hacia otro lado. Se fijó en un hombre encapuchado al cual no podía ver bien el rostro, pues la sombra de la capucha se lo cubría. No tenía pinta de ser precisamente una persona de la que uno podría fiarse. “En mis días como capitán de la guardia no pasaba gente como esa por el pueblo” pensó.

En su pésimo estado iba a intentar pensar más pero la entrada de dos hombres anunciándose a voz en grito ocupó por completo lo que restaba de su percepción. Ellos…

- ¡Tabernero! –grito Miekka- ¡Sácanos lo mejor que tengas en tu sucia bodega y que tu preciosa hija nos sirva un manjar de reyes, pues mañana el mismísimo rey nos dará buena recompensa por nuestros servicios!

- ¡Por no hablar del importantísimo ascenso que recibiremos, hermano –dijo Rand aporreando la mesa entre risas-!

Se sentaron sin preocuparse por pagar y cuando la hija del tabernero fue a servirles no quisieron dejar que se fuese. La agarraban, manoseaban y hacían propuestas fuera de tono aunque ella se resistiese por pura repugnancia sobre aquellos sujetos.

Sin poder aguantarlo más, Koberec se levantó, aunque el equilibrio se lo dejó por el camino y cayó directamente de bruces al suelo. Para su fortuna, los hermanos Miekka y Rand llamaban más la atención que él y pocos lo vieron caer tan ridículamente como había sido la situación.

Se propuso levantarse de nuevo. Y esta vez, gloriosamente, lo consiguió. Aunque con dificultad, se desplazó los pocos metros que le separaban con ellos y sacudió el brazo por encima de la mesa tirando su comida.

- Bastardos, ¡vosotros provocasteis mi expulsión –dijo trabándose la lengua un par de veces en tan pocas palabras-!

- ¡Mira quién está aquí –dijo Rand soltando a la chica, quien volvió con su padre-! ¡Es nuestro amigo, Koberec!

- ¡Koberec! ¿Sigues mendigando por las calles? Me han dicho que das tanta pena en los barrios bajos que incluso otros mendigos te han dado limosna, ¡debes estar forrado –se burló Miekka-!

Sin mascullar nada más, e ignorando las blasfemias que ahora proclamaban acerca de su madre, Koberec desenvainó la espada. En un momento lo desarmaron con sus respectivas espadas, lo tiraron al suelo y lo patearon entre las risas y gritos de ánimo de los demás bebedores de la taberna. Con pan y circo, población contenta.

- Vamos a llevarnos a este cerdo a dar una vuelta, parece que necesita aire –dijo Miekka-.

Lo sacaron por la fuerza y lo llevaron a las afueras del pueblo metiéndose un poco en el bosque, donde nadie pudiera verlos y lo volvieron a tirar al suelo.

- Mírate –dijo el incansable Rand-, eres como asqueroso un cerco revolcándote en el barro.

- Igual que la cerda de su madre –prosiguió Miekka arrojándole unas bellotas del suelo-.

- Bueno, creo que ha llegado el momento de ejecutarte –dijo Rand volviendo a dejar ver el filo de su impecable arma-. Volveremos a la taberna y festejaremos tu muerte, brindaran las copas y se comerá en abundancia.

- ¡Espera! –dijo Miekka interrumpiendo-.

- ¿Pero qué…?

- ¡Corre!

Los hermanos corrieron más que si persiguiesen a la hija del tabernero y desaparecieron en seguida. A estas alturas, Koberec no se había enterado de nada y de nuevo reunió fuerzas para intentar, que no conseguir, levantarse, pues se resbaló. Con la cara estampada en el barro, notó una mano en su hombro. Pensando que se trataba de nuevo de esos pesados hermanos con ganas de seguir jugando, se llevó velozmente la mano a la pierna y una daga voló para clavarse en el pecho de alguien a quién vio un segundo después de haber atacado sin preguntar.

Una chica de ojos grises le miraba fijamente con expresión de sorpresa. La sangre le empapaba las ropas a gran velocidad. Koberec no tuvo tiempo a pedir disculpas e intentar repararlo, ni siquiera de soltar la daga cuando un dolor intenso se acentuó en su mano. Toda la flora que había alrededor se había congelado y por su brazo trepaba rápidamente la sangre de Nebbia mezclándose letalmente con el hielo que poseía en su alma.

Koberec no podía gritar ni moverse, y pronto perdió el sentido cuando su cuello quedó atrapado bajo las fauces de Hevn…



The Blind

domingo, 24 de agosto de 2008

Arrasar (Parte I)

Bajaba la temperatura. Mi aliento entrecortado se fundía en forma de niebla con el aire gélido que castigaba mis pulmones. Hacía demasiado frío. Los melancólicos y distantes sonidos quebraban el tétrico silencio que tan sólo podría hallarse en aquel oscuro, frío, siniestro y solitario cementerio.
No me preocupaba la pulmonía que posiblemente cogería por la falta de abrigo y de calzado. No sentía en absoluto los pies y el resto del cuerpo parecía haberse esfumado. Pero tampoco esto me preocupaba. Lo importante en ese momento eran mis manos que, al contrario que el resto de mi cuerpo, estaban vivas y ajenas al frío que las rodeaba. Mi mano izquierda danzaba con firmeza sobre el mástil de mi pequeño violín, mientras que la otra deslizaba el arco de un lado a otro, unas veces con suavidad, y otras con brusquedad.
Me encontraba sentado en una roca, con los pies hundidos en la nieve y mi instrumento pegado al cuello. Los pantalones a penas si protegían mis congeladas piernas y mi torso desnudo se contraía con todos sus músculos para no desfallecer. Unos mechones cubiertos por una fina capa de hielo entrecortaban mi visión, clavada con determinación en la tumba de mi padre. Mis labios amoratados estaban apretados con firmeza, luchando contra los temblores que amenazaban con hacerme perder el control.
Sin embargo, la música contrarrestaba el duro clima. Las melodías me hacían pensar y mi mente vagaba por mundos imaginarios. Cerré los ojos con fuerza y los volví a abrir al instante. Las pestañas por poco se me quedaron pegadas en el párpado inferior, lo cual hubiese provocado que muriera allí mismo.
Recordé de pronto porqué estaba allí. Necesitaba una respuesta a mi vida. “¿Qué mejor noche que ésta?” pensé para mis adentros. Mis manos no se detenían. El frío me ayudaba a tocar con mayor velocidad.
Odiaba al mundo. Casi tanto como me odiaba a mí mismo. Mi padre, empresario ejemplar de pelo relamido y traje impecable, yacía entre cientos de tumbas colocadas sin orden alguno. Sonreí y noté un crujido en mis mejillas del hielo al resquebrajarse. Miré la tumba con nostalgia y lamenté no haber sido el hijo que él quiso tener. ¿Debía convertirme en el hombre que él quiso que fuera?. Continué tocando. “No”, me respondí a mí mismo. “Es hora de endurecerse y elegir mi propio camino”, pensé.
Paré de tocar. Me sentía contento por la decisión que había tomado. En ese momento el sol comenzó a asomarse por el horizonte.
Toqué una última canción dedicada a mi padre y me levanté con suma dificultad. Las piernas apenas me respondían y temía que se me rompiera algún dedo del pie. En estas condiciones llegué hasta la tumba de mi padre. Una lápida de mármol negro que rezaba su nombre con inscripciones blancas. Unos ramos de flores yacían alrededor cubiertos de una fina escarcha. Dejé mi violín apoyado contra el gélido mármol.
De pronto oí el batir de alas de un pájaro. Levanté la mirada y vi a un cuervo que volaba hacia mí. Levanté la arco del violín por instinto, pero el cuervo se limitó a posarse sobre la lápida. Las duras garras rasgaron ligeramente el hielo que cubría la tumba. Observé con curiosidad al cuervo. De pronto clavé la mirada en una de sus patas. Llevaba atado con un trocito de cordel un pergamino viejo y doblado.
Miré al cuervo y éste levantó las alas. Alargué mis manos temblorosas y desaté con dificultad el cordel. En cuanto tuve el papel entre los dedos el cuervo alzó la cabeza y se fue por donde había venido.
Desdoblé el papel. Una tinta roja cubría el pequeño mensaje con letra delgada y afilada:

“Crea tu propio camino. Extremo Este de la Calle del Olvido”.

The Reaper


viernes, 15 de agosto de 2008

Frío (Saga sin nombre, relato 1)


Caminaba sola y pasivamente por el bosque con la mirada perdida en el suelo, viendo todo lo que en éste reposaba sin fijarse en nada. El espeso bosque apenas dejaba pasar algunos rayos de Sol que se escapaban entre las numerosas hojas que al cielo inundaban.

Pálida, de finos labios y grises ojos era Nebbia, frágil y delicada pero su luz mortecina asustaba. Buscó un hueco entre las gruesas raíces de un árbol grueso y se sentó agarrada a sus propias rodillas. Aunque la temperatura era relativamente elevada, estaba tiritando. Suspiró y el vaho ascendió unos centímetros desde sus labios antes de desvanecerse.

El ruido que producía el viento la abucheaba, las ramas la señalaban, sentía que todo la acosaba. Intentó pacificar su estancia con la naturaleza demostrando que la amaba, que no pretendía ser una intrusa. Para esto dejó su mano acariciar los pétalos de una hermosa flor de vivos colores, pero la flor marchitó al instante. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas y caían en forma de hielo para deshacerse poco después sobre aquello en lo que caían.

Pronto detuvo su ahogado llanto al escuchar un leve sonido y, al levantar la cabeza, vio delante de si misma una pequeña ardilla que la observaba con curiosidad. Nebbia posó la mano en el suelo y dejó que la ardilla se acercase. La ardilla hizo lo deseado y se acercó pero al leve contacto con su mano salió corriendo y chillando espantada. Nebbia se levantó y con un gesto de mano un fino muro de hielo rodeó a la ardilla que insistía en salir de aquella prisión.

- No me rechaces -dijo Nebbia en un susurro al acercarse lentamente-… por favor… no me rechaces…

Cogió a la ardilla que, desesperada, seguía luchando pero enseguida murió entre sus manos. Nebbia soltó a la ardilla y se volvió a encoger gritando y, de nuevo llorando, poniendo las manos en su cabeza como si esta le doliese profundamente.

¿Qué ocurría? En el pasado la naturaleza convivía con ella y florecía a su paso pero ahora todo cuanto tocaba moría sin poder, de alguna forma, evitarlo…

Otra criatura irrumpió en su llanto. Un lobo blanco como la nieve asomó.

- ¡Vete! ¿No has visto lo que pasa con todo lo que a mi se acerca? ¡Aprecia tu vida, márchate!

El lobo se acercó y se sentó a su lado.


- No… t-tú no lo entiendes –balbuceaba Nebbia-…

El lobo agachó la cabeza en petición de ser acariciado. Nebbia movió la mano lentamente mientras repetía en voz baja sus advertencias pero el lobo la silenció con una mirada y finalmente ella posó la mano sobre el suave pelaje del animal. Dejó de tiritar. El lobo no parecía sufrir daño alguno y ella se sentía mejor. Por una vez en mucho tiempo sentía calor para sus adentros. Ese ser podría ser la clave que tanto necesitaba para normalizarlo todo.

- ¿Tienes nombre –preguntó Nebbia sonriendo y llorando otra vez, aunque en esta ocasión era producido por la ocasión-?

El lobo simplemente volvió a mirarla. Nebbia lo abrazó y dijo:

- Creo que te llamaré Hevn…

The Blind