lunes, 24 de marzo de 2008

Gaara


Vengo de la aldea oculta de la arena. Oscura y tenebrosa. Se encuentra en el país del viento... allá en la lejanía, aislada de todas las demás aldeas. Apenas dejaba de soplar un minuto el aire que elevaba la densa arena dando forma a aquellos remolinos con movimientos siniestros que se deshacían al pasar a través de ellos las pocas personas que salían a la calle. Dicha aldea tenía como jefe al cuarto Kazekage y a sus tres hijos: Temari, Kankuro y yo, Gaara, el hermano menor. Cuando yo nací, el cuarto Kazekage, mi padre, ordenó sellar con una técnica de posesión dentro de mí a un monstruo: Shukaku, para convertirme en una arma de inmenso poder. Dicho monstruo también es llamado “el gran perro mapache”, pues tiene dicha forma. A causa de esta posesión, mi madre, karura, murió al darme a luz... maldiciendo a toda la aldea por su atrevimiento. Desde que Shukaku fue sellado dentro de mi cuerpo me convertí alguien peligroso... todo el mundo me temía, incluso mi propio padre, que planeó asesinarme innumerables veces, pues él ya no me consideraba su hijo, sólo me consideraba un experimento fallido. Todos sus intentos de asesinarme eran en vano, pues él mismo me aplicó una técnica de encarnación de arena que se desarrolló de forma extraña... la arena me protegía de cualquier ataque dirigido a mi cuerpo. Mas tarde mi tío Yashamaru me explicó que aquello sucedía por la última voluntad de mi difunta madre, que me protegería por siempre... hasta el fin de mis días.
Todo lo que me rodeaba no era más que odio. En cuanto miraba a mi alrededor me daba cuenta de que estaba solo. Los niños no querían jugar conmigo... todos me tenían pánico, nadie me apoyaba... bueno, exceptuando a Yashamaru... él era amable, comprensivo... fue como un padre para mí. La única persona importante que me quedaba. Me explicaba que las personas se sacrifican por sus seres queridos. Me contaba siempre que se lo pedía cosas sobre mi madre y él accedía a mis peticiones, comprendiendo que lo único que yo tenía era a él y las historias que me contaba, todo lo que me enseñaba.
La arena, que posteriormente guardaría en una calabaza, funcionaba como un escudo automático, y en consecuencia no podía ser herido... no conocía el dolor, y tenía una enorme curiosidad. Intenté en varias ocasiones clavarme un cuchillo en diferentes partes del cuerpo... pero era inútil, la arena me protegería por siempre. Yashamaru intentó explicarme con palabras como era el dolor, incluso se cortó a si mismo un dedo... pero yo no lo podía entender... solo podía limitarme a chupar su dedo herido para degustar su cálida sangre, aquel sabor del dolor que nunca entendería.
Y entonces pasó. Aquel acontecimiento que marcaría toda mi vida: me encontraba sentado en un tejado observando la luna llena, que me excitaba, y, de pronto, una ráfaga de afilados kuanis fueron detenidos por mi arena. Harto de que me ataquen por la espalda sin ningún motivo, descargué mi furia sobre el atacante con la técnica prohibida asesina aprendida de mi padre: “El ataúd del desierto”. Dicha técnica debería haberlo matado, pues el oponente queda cubierto de arena bajo una altísima presión, pero aún no sabía ejecutarla bien. Me acerco al hombre medio muerto para arrancarle la poca vida que le quedaba, pero en cuanto vi su cara me quede paralizado, Yashamaru yacía delante de mí con la cara ensangrentada. Su mirada estaba clavada en la mía, con una evidente tristeza en sus ojos... antes alegres y llenos de vida. Observo horrorizado cómo la sangre emana de su cuerpo al que yo mismo había atacado.
¿Porqué?, ¿porqué me atacó de esa forma?... la única persona que me importaba, la única que realmente me quería a pesar de ser un monstruo, mi única fuente de cariño...
-¿Porqué? –pregunté sollozando a la persona que hace unas horas era amable conmigo...
-Tu padre me ordenó matarte- respondió con un débil susurro apenas audible.
Una ola de esperanza sacudió mi ser, ¿así que lo hizo en contra de su voluntad? ¿de verdad me seguía queriendo y aún así se vio obligada a ejecutar esa orden?...
-No, no lo hice en contra de mi voluntad- respondió leyéndome a la perfección el pensamiento- acepté la orden con gusto, porque siempre te he odiado, Gaara...- prosiguió mientras su voz se apagaba poco a poco- en el fondo de mi ser te odiaba. Tú, monstruo, eres la causa de la muerte de mi hermana, y no te he perdonado...-.
Y con un último aliento, la muerte se la llevó a la oscuridad...
Se me formó un nudo en la garganta insoportable. Tan solo podía llorar de desesperación, sentía un peso en el pecho gigantesco... parecía que me iba a explotar el corazón de dolor...¿Qué sentido tenía vivir y existir si lo único que me mantenía con vida resultaba ser todo una farsa?, ¿cómo es que me ha estado odiando desde que nací?, ¿así que no existe el amor?, ¿todo lo que me contó eran mentiras?...
Nací siendo un monstruo...
¿Amor?... ¿familia?...Son sólo trozos de carne unidos por el odio e intentos de asesinato... Así que, ¿para qué existir y vivir?, me pregunté. Tras largo tiempo esto es lo que concluí: Existo para matar a todos los demás. Finalmente encontré alivio en el miedo a ser asesinado en cualquier momento. Matando a los asesinos, fui capaz de descubrir mi razón para vivir. Sólo lucho por mí y sólo me amo a mi mismo. Mientras pienso que el resto de la gente existe para hacerme sentir eso, el mundo es maravilloso. Mientras halla gente que matar en este mundo... para hacerme experimentar la alegría de vivir... mi existencia continuará...
Y ahora dejadme sentir... la alegría de vivir...



The Reaper

jueves, 13 de marzo de 2008

Los patos del lago Bodom


Felices eran en verano los patos del lago Bodom, pues podían nadar tranquilos y vivir sin problemas. Solían pescar peces a no demasiada profundidad y a veces atinaban a tragarse alguna mosca de vuelo bajo.

Sí, estos patos eran felices durante esos calurosos meses pero tenían un gran problema: la llegada del frío. Cuando el frío azotaba las tierras nórdicas sufrían para sobrevivir (al menos los que sobrevivían) y si pasaban el año estaban casi muertos. Incluso habían evolucionado y habían aprendido a invernar pero su organismo aún no estaba del todo capacitado y la mayoría se habían exterminado. Unos quedaban sepultados bajo la nieve, otros que habían encontrado madrigueras o similares a veces lograban aguantar. Y nadie se había preocupado por ellos que tanto necesitaban una solución para seguir adelante…

Al fin había llegado otro verano. Habían estado a punto de extinguirse definitivamente y apenas quedaban una docena de raquíticos patos hambrientos. Pasaron parte del verano recuperando fuerzas, alimentándose para recuperar peso y trataron de reproducirse como podían (les costaba hasta eso a los pobres) para aguantar un año más como especie no extinta por aquella zona.

Fue una noche de esas cuando iban a acompañar a uno de ellos a mear entre arbustos. Teniendo en cuenta que eran pocos debían darse intimidad pero aún así iban en grupo para por si acaso. Y al ir a volver a su preciado lago se encontraron de camino con unos campistas que charlaban alegremente sentados alrededor de una hoguera. Eran dos chicos y dos chicas bastante jóvenes. Se quedaron desde la oscuridad ojeando por si podían robar algo de comida a esos campistas pero no encontraban el momento oportuno.

Fue entonces cuando vieron una sombra que se abalanzaba sobre los cuatro juveniles y a la primera chica la apuñalaba sin piedad una y otra vez. Uno de los chicos fue en su ayuda pero consiguió ser la siguiente víctima al intentar quitarle su arma y perder. La otra pareja había salido corriendo y el atacante nocturno corrió a por sus presas. La chica tropezó con un tronco y el chico se dio la vuelta pero escapó dejando a la chica como cebo al ver esa sombra alcanzarles. La chica también murió y el cazador alcanzó y derribo al último de ellos. El chico logró darle con una rama en la cabeza y dejarle descolocado el tiempo suficiente como para escapar. Cuando se recuperó el asesino tuvo que irse. Había fracasado; quedaban supervivientes.

Los patos se acercaron sobre las víctimas. La sangre estaba derramada, aún fresca, por el suelo. Sabían que la única forma de continuar con vida seria hacerse heavies y ahora tenían la oportunidad, habían de bañarse en sangre. Se miraron entre ellos y al momento se lanzaron como locos a revolcarse en la sangre. Sus rasgos cambiaban a medida que iban humedeciéndose, sus picos ahora tenían dientes letales, sus plumas adoptaban color que luego se secó y transformó en negro, sus ojos sí se quedaron totalmente rojos y ahora producían sonidos guturales en vez de los típicos “cuac”.

Desde entonces los patos del lago Bodom se multiplicaron y cada vez que cogían a alguien desprevenido le sacaban las entrañas a picotazos. Eran patos demoníacos que comían carne humana sin piedad.

Pasa que seguían teniendo un problema con el frío. Como buenos heavies que eran, ahora el frío les ardía y quemaba así que habían de aumentar la temperatura ambiental para estar más frescos (generalmente a base de bocanadas de fuego).


The Blind

lunes, 10 de marzo de 2008

Orquesta de Metal (Parte 2)


Una vez que Deem hubo desaparecido, me quedé un momento quieto, pensativo. Comencé a andar hacia el espectacular edificio. Eché de menos la compañía de aquel hombre mientras me aproximaba a la inmensa puerta negra. Cuando llegué a los pies de ésta me sentí tan pequeño como puede sentirse una pulga frente a un escalón.
¿Y ahora qué?, a ver quien consigue abrir este bicho, dije para mis adentros. En respuesta a mi pensamiento, la puerta emitió un sonoro y siniestro chirrido, como si hace años que no se abriera, y comenzó a abrirse con lentitud. Esperé pacientemente, un poco intimidado, hasta que vi un destello blanco acercándose hacia mí. Distinguí la forma de una mujer. Andaba con un paso elegante y al mismo tiempo despreocupado. Llevaba el pelo suelto, plateado, que caía resplandeciente sobre sus hombros al descubierto, y un vestido blanco como la nieve cubría su cuerpo perfecto. Tanto su rostro como sus extremidades eran muy pálidos, como sino conocieran la luz del sol. Iba descalza.
Me di cuenta de que me había quedado con la boca abierta, embobado, por lo que la cerré un tanto incómodo. La mujer, que cuando llegó hasta mí pude apreciar que no tendría muchos más años que yo, notó mi turbación y sonrió con gracia, divertida.
Recobré la compostura.
-Buenas, mm... Deem me ha guiado hasta aquí...-.
-Lo sé, le envié yo- me interrumpió sonriendo- me llamo Yaris, vaya...- me miró de arriba abajo- nunca pensé que viviría para ver a otro Músico... y tan joven- añadió admirada mientras me cogía del brazo para conducirme al interior, sin dejar de sonreír.
Hablaba rápidamente, como si temiera que la fuera a interrumpir en cualquier momento. Paró de hablar en cuanto llegamos al interior y las puertas se cerraron a nuestra espalda, con ese chirrido que parecía anunciar que no los dejaría volver a salir.
Ante la vista del interior me quedé sin aliento, sobrecogido. Si la fachada de fuera ya parecía enorme, el interior parecía sobrenaturalmente gigantesco, hasta tal punto que sentí vértigo. En ese momento estuve seguro de que si gritaba, el eco no respondería. Una cúpula cubría la estancia, repleta de vanos que dejaban pasar los rayos del amanecer, que iluminaban todo el edificio, y en el centro de la cúpula había un agujero que ascendía cuyo fondo no podía divisar. Me di cuenta de que ese agujero era la altísima torre negra que había visto desde fuera. En el borde de la pared, había un balcón que daba toda la vuelta en torno al muro, en el que se encontraban un montón de personas, silenciosas, parecían reunidas para presenciar a un gran acontecimiento.
-La Sociedad de Metal...- susurré conmocionado. Comencé a ponerme un poco tenso, todos esperaban algo de mí.
Noté la mano de Yaris posarse sobre mi hombro, sacándome del trance.
-Tranquilízate- me dijo al notar mi temblor- ha llegado el gran momento. Muéstranos lo que es capaz de hacer un Músico-.
-¿Cómo?-.
No respondió de inmediato. Alzó su mano y acarició con ternura mi rostro.
-Aquí, para hacer las cosas, tan sólo tienes que pensarlas- se limitó a decir mientras esbozaba otra sonrisa.
Dio media vuelta y corrió sin hacer ruido alguno a reunirse con el resto de la multitud. Me sentí sólo ante el peligro, vulnerable.
De pronto supe lo que tenía que hacer. Si querían un espectáculo, lo tendrían. Necesito estar mas elevado, pensé. Al instante la parte del suelo en la que me encontraba comenzó a elevarse. Pensé en un trono, y este se materializó enseguida a mi espalda. Me senté. Tan sólo tenía que pensar... Que comience el concierto, me dije a mí mismo, sonriendo.
En el centro de la gran sala materialicé a una niña, sentada con las piernas cruzadas, con una flauta blanca y pequeña entre los dedos. La niña se llevó la flauta a los labios, y comenzó a tocar una bonita melodía, bastante sencilla y pegadiza. Observé, como había pretendido, que el comienzo había impresionado al público. El instrumento de viento era lo único que rompía el silencio... por ahora.
Al lado de la niña materialicé a un niño, de su misma edad. Éste sostenía otra flauta, idéntica a la anterior, salvo que esta era negra. El niño tocó una melodía en una escala más grave, que se entrelazaba con la anterior, doblando así el ritmo. Comencé a complicar la melodía al mismo tiempo que añadía una guitarra acústica, que acompañaba con suavidad a las flautas. Incorporé una batería unos metros más atrás, marcando con precisión un ritmo rápido y complicado.
Una voz de mujer surgió del aire, aumentando de volumen conforme materializaba poco a poco la figura junto al resto de instrumentos. Subí la escala de sus cuerdas vocales hasta que quedó tan aguda como la pena misma. Al mismo tiempo que la mujer desaparecía de nuevo, junto a las flautas, apagándose progresivamente su grito lastimero, una voz impura, aunque limpia, fue aumentando de volumen. Tres guitarras eléctricas comenzaron, una detrás de otra, siguiendo mis instrucciones, a tocar melodías mezcladas con rapidísimos punteos. Un poco más atrás unos bajos y unos contrabajos se encargaron del ritmo con golpes graves.
Voces impuras comenzaron a sonar por todas partes, entrelazándose unas con otras, sin letra alguna... Las voces puras surgieron de la nada en coro, que acompañaban a las guitarras y a la veintena de violines que aparecieron en hilera tras centenares de cantantes. A la batería se le sumaron cinco más, y tocaban al unísono los mismos redobles de bombos con ambos pies, mientras que unos pares de manos alzaban sus baquetas para desprender un mar de sonidos metálicos de los platillos, acompañados de escalas de tambores ordenadas milimétricamente al compás de las melodías de veintena de guitarras y teclados. Los teclados doblaban el ritmo de las guitarras, que ya eran de por sí increíblemente rápidas, y a su vez marcaban el ritmo a los violines, que les seguían en escalas más agudas, dando un efecto espeluznante.
De pronto todos pararon de tocar, rompiendo la avalancha de sonidos bruscamente... todos menos uno. La niña con la flauta apareció de nuevo y siguió tocando hasta acabar el compás... silencio absoluto... Tras unos pocos segundos, las baterías y los tambores, los bajos y los contrabajos, los violines y los violonchelos, las guitarras y los teclados, las voces impuras y las voces puras, todos a coro, estallaron en una orgía de sonidos, tan increíbles como indescriptibles.
Allí sentado, en mi trono, ante toda una multitud de hombres y mujeres que se inclinaban ante mí, culminé mi obra, y ésta culminó todos los límites.


PD: Luego volví a invocar a la niña y le clavé la flauta en la frente atravesándole la cabeza... ¡Oh! ¡cómo salieron esparcidos sus sesos!


The Reaper

viernes, 7 de marzo de 2008

Insaciable



¡Al fin había llegado el fin de semana! Esta vez habíamos quedado a mediodía y bueno, me dirigía a nuestro punto de reunión. Estaba contento, la semana había sido pesada y el día prometía. Además, por una vez en mucho tiempo el despejado cielo no nos lloraba amargándonos los planes a la espera de consuelo.

Pero de camino un fuerte rugido hizo temblar mis tripas. “¡Pero si acabo de comer, maldito pozo sin fondo!” dije dando la batalla pro perdida. Un segundo rugido hizo eco entre las calles. Quise parar en una tienda pero me dolía con fuerza y los rugidos aumentaban. La gente se daba la vuelta buscando una manada de leones escapados del zoo sembrando el caos y comenzaron a mirar como me llevaba los brazos a la barriga y me encogía y retorcía por el suelo de dolor. Entonces sin contenerme más, de mi garganta surgió un grito.

Un hombre asustado se acercó a ver que podía estar ocurriéndome y otros llamaban a una ambulancia. Me intentó apartar los brazos del estómago pero yo mismo me apretaba con demasiada fuerza. Noté algo moverse dentro de mí. Estaba cogiendo forma y abultaba hacia fuera provocando unos bultos que notaba en contacto con los brazos. ¿Qué me estaba ocurriendo?

Unos pinchos atravesaron mi piel desde dentro y al clavárseme en los brazos los aparté. El hombre al ver sangre en mi camiseta me la levantó para ver qué me estaba torturando de semejante forma y pudo ver aterrado los pinchos que de mí vientre crecían.

“¿Pero qué…?” empezó a decir el hombre pero no pudo acabar porque mi tripa se abalanzó sobre la suya y le arrancó toda la carne dejando ver directamente su columna vertebral.

Yo sin embargo empezaba a sentirme aliviado. Bajé la vista y me encontré con que se había abierto del todo el agujero en mi piel y que de hecho, mi barriga estaba… ¿masticando? ¡¿Eran dientes lo que habían salido de mis entrañas?!

La gente gritaba y corría. Seguía comiéndome al señor muerto saciando mi hambre aunque no voluntariamente. Sus huesos crujían y oye, sonaban bien y todo. Siempre había pensado que mi estómago tenía vida propia e incluso había pensado en ponerle nombre pero lógicamente nunca podría haberme esperado esto. Una señora se había quedado petrificada ante la abominación que allí se encontraba. Habiéndome acabado de comer al señor me puse de pie. Sinceramente me apetecía quedar con mis amigos a pesar de que encontrar la boca del infierno en mí pudiera no agradarles, pero no era yo quién decidía en ese momento. Lo único que pude decir fue “Haaambreee…” y me abalancé sobre la señora que pronto fue también ingerida por trozos.

Llegó una ambulancia y aquellos que fueron a socorrerme también acabaron afectados por mi brutal hambre. Incluso se comió parte de la ambulancia y de un árbol, ¡todo le parecía digestible!

Y así pasé un largo rato hasta que se sació la “bestia”. Llegué un poco tarde a la hora acordada y mis amigos no parecieron preocupados de que tuviese una monstruosa boca con afiladísimos dientes produciendo sonidos guturales. De hecho se enfadaron un poco por mi retraso y me dijeron que no pusiera excusas. Todo iba bien esa tarde aunque más tarde hubo un problema avanzadas un par de horas… un pequeño rugido agitó los dientes que parecían despertar…


The Blind

martes, 4 de marzo de 2008

Orquesta de Metal (Parte 1)


Armonía, sonidos, melodías, canciones... Música... Ante nosotros se nos abre un mundo que se extiende sin ningún tipo de límite. Un mundo en el que las cosas no tienen porqué tener sentido, y no por esto dichas cosas dejan de ser reales. Un mundo en el que podemos escapar de nuestros problemas causados por el azar, o bien por los desvaríos de nuestra querida sociedad, que nos rodean día tras día.

Ya había anochecido cuando desperté. Me quedé un rato más tumbado en la cama de mi habitación, escudriñando la oscuridad. Tan sólo moví los brazos para quitarme los cascos de mis oídos. Me había quedado dormido escuchando un disco que me habían prestado. Accioné el interruptor de la luz y cerré los ojos, molesto por la cegadora luz de la lámpara que ahora iluminaba el desorden que reinaba a mi alrededor. Esperé un poco a que mis pupilas se adaptaran al cambio y noté que hacía más frío que de costumbre. Alcé la cabeza con esfuerzo, abandonando la suavidad de mi querida almohada. La ventana estaba abierta... no recordaba haberla abierto.
El corazón me dio un vuelco cuando de pronto mis ojos se toparon con los de un hombre que estaba sentado con comodidad en la silla de mi escritorio, ojeando mi disquetera de música, como en su casa.
-Al fin despiertas- dijo el hombre dejando la disquetera despreocupadamente en el escritorio.
Era un hombre robusto y ancho de hombros. Su musculatura, intimidante, hacía presencia bajo su oscura vestimenta. Su rostro no revelaba ninguna edad en concreto, surcado por una cicatriz que debió sufrir hace tiempo. Intenté recordar si le había visto alguna vez, pero no lo conseguí.
-No te conozco- dije forzando la voz para que no temblara.
-Eso es porque no suelo dejarme ver a menudo. Verás... - continuó- estoy aquí porque eres uno de los pocos que han llegado al límite de los abismos de la música-.
Ahora que comenzaba a despejarme aprecié que tenía una voz tan grave que parecía vibrar el suelo, pero a su vez era amistosa, lo cual me tranquilizó en gran medida.
-¿Acaso eso es delito?- aún no acababa de comprender la presencia de aquel hombre en mi habitación.
-¿Delito?- tronó en una fuerte carcajada que duró un buen rato, mientras tanto yo esperaba una explicación- No, no se trata de ningún delito, todo lo contrario- añadió una vez que se hubo secado las lágrimas- hemos decidido que eres digno de sobrepasar el límite- se levantó.
-¿Quiénes?¿Cómo que sobrepasar el límite?- estaba aturdido.
-Ya lo sabrás más adelante. Me llamo Deem. He estado echando un vistazo a tus discos... realmente tienes una colección envidiable- dijo mientras señalaba con la cabeza mi disquetera, repleta de todo tipo de estilos de metal.
-Gracias-.
-Tranquilo, no era un cumplido- bromeó- y ahora... si quieres seguirme...-.
Me condujo fuera y caminamos a través de la oscura noche. Deem comenzó a caerme bien, y antes de que me diera cuenta ya nos encontrábamos entablando una entretenida conversación sobre música.
-Así que te gusta el death melódico-.
-¿Cómo lo sabes?-.
-Tu disquetera...-.
-Ah, por supuesto, ¿conoces Children?-.
-¿Y quién no?, son bestiales-.
Continuamos hablando. Al parecer Deem se había criado desde que nació en la llamada Sociedad de Metal. Dicha sociedad no tenía nada que ver con el resto del mundo y la formaban todos aquellos que ya habían “sobrepasado el límite”. Me explicó que cuando alguien ha escuchado con detenimiento todos los estilos de música, cuando ha pasado noches enteras ensimismado en sus canciones, cuando ha estudiado cada instrumento sin excepción, cuando se ha sumergido en los abismos de la música, cuando al tocar ha sentido cómo se funde el instrumento en su ser... es cuando ha llegado al límite de la música: cuando ya no te queda nada nuevo que escuchar, nada nuevo que sentir... y entonces es cuando sólo te queda sobrepasar el límite al que has llegado.
En el pasado, los que llegaron al límite tan sólo fueron unos pocos. El resto eran descendientes de éstos, Los Músicos, como los llamaban. Comprendí entonces lo excepcional que era yo. Probablemente era el hombre más joven que había llegado a aquel límite musical por mi cuenta. Fui modesto y no alardeé de aquello.
Llevábamos mucho tiempo andando, ya comenzaba a amanecer cuando llegamos a un edificio llamativamente grande. Ocupaba unos diez campos de fútbol y desprendía un aire majestuoso. Casi sagrado. En el centro se alzaba una torre negra tan alta que parecía atravesar las nubes. Me pregunté por qué no lo había visto hasta ahora, cuando posiblemente se podría divisar desde kilómetros de distancia. Supuse la respuesta.
-¿Dónde estamos?-.
-Esto es la entrada a tu nuevo mundo, el mundo que te corresponde- dijo poniéndome una mano en el hombro- bueno, he de irme. Entra por aquella puerta- señaló a la puerta del edificio, cosa innecesaria, pues era de tamaño considerable- ha sido todo un honor llegar a conocerte- me dio una palmada amistosa en la espalda que por poco me derribó. Sonreí a pesar de todo.
Se despidió de un gesto con la mano y se desvaneció...

The Reaper

sábado, 1 de marzo de 2008

Perseguido


Correr… huir… escapar… No puedo detenerme, pues siempre me alcanza y no cesa su paso. Me persigue andando pero sin descanso y, aunque la pierda de vista, siempre acaba llegando hasta donde me encuentro. No puedo ocultarme porque conoce cualquier rincón en el que me puedo hallar y si me quedo en un lugar cerrado, no tendré escapatoria…

Es esa dama que viste de blanco, a juego con su pálido rostro. La primera vez que la pude ver, estuvo muy cerca de cogerme, pero tuve miedo de ella y ese miedo me salvó. No sé quién es ni por qué me sigue pero cada vez que descanso acabo viéndola llegar a lo lejos, y he de volver a irme.

¿Dónde podría ocultarme definitivamente de ella?

Siempre que se encuentra cerca me alerta esa canción que canta y me atemoriza. Esa maldita nana sádica que me persigue:


“Ven conmigo, niño

Yo daré a tu sonrisa un final

Sígueme pequeño

Yo cumpliré el macabro ritual


Lágrimas de sangre

De tus ojos se van a escapar

Y en muy poco tiempo

Tu cuerpo vacío va a quedar


Pues no hay sentimiento

Que mi mano haga retroceder

Yo soy la implacable

La Muerte, es para mí todo un placer


No me tengas miedo

Porque las personas hablan solas

Aunque dulcemente

Concedo un don, un regalo a todas


Tiéndeme la mano

Y yo seré ahora un nuevo guía

Te llevo a la noche

Por tu bien, olvida pronto el día


Cierra ya los ojos

Porque tú no puedes hacer nada

Déjate poseer

Y morir, en tus ojos, tu alma”


Y cansado estoy… no puedo seguir evitándola. Si realmente es la muerte, no es posible que sea tan humana… y me inspira tanto miedo… ¡No puedo dejar que me arrastre a las llamas del infierno! Pero tengo tanto sueño…

Y despierto con esa nana y ella mirándome a apenas un par de metros. Los blancos y finos ropajes que le cubren ni se han manchado tras mi persecución. Su cara me inspira miedo pero también me atrae…

Da un primer paso. No hay escapatoria y puedo darme por muerto. Me acurruco temblando en un rincón sin poder dejar de mirarla. “¡Aléjate!” le grito, pero sigue cantando… y yo deseo que venga…

Me extiende la mano y… la acepto. Su piel es suave e incolora. Me ayuda a alzarme y, frente a ella, siento que sus grises ojos expresan ternura. Y, sin previo aviso, me besa...

Un beso como ninguno. Un beso al que me entrego en cuerpo y alma. Un beso por el que cualquier hombre daría su vida. Y que, irónicamente, al separar sus labios de los míos, así es entregada la mía…

The Blind

miércoles, 27 de febrero de 2008

Agresividad musical



Scubb

Se encontraba en un amplio paseo. A su izquierda iba dejando atrás unas palmeras, separadas ordenadamente por bancos de piedra. Detrás de éstas se alzaban unas casas normales y corrientes. A su derecha su vista podía recorrer kilómetros de playa, salpicada por la marea baja de las aguas calmadas del mar.
Caminaba pesadamente hacia su casa. Las clases en el colegio no habían tenido nada divertido y, aunque se entretuvo pegando junto a sus colegas a unos niños, exentos de culpa alguna, con la excusa de que le habían "mirado mal", no andaba de buen humor.
Se movía con andares torpes y mirando desafiante a todo el que se cruzaba consigo. Le gustaba que la gente se intimidara y le cediera el paso... le hacía sentirse superior. Comenzó a llover. Levantó la vista al cielo y vio que estaba oscuro y presagiaba tormenta. ¡Lo que faltaba!, Se quejó. El paseo no tardó en quedar desierto. Siguió caminando, con cara de pocos amigos.
De pronto vio a una chica. Vestía de negro, con ropas sencillas. Una marginada seguramente, pensó Scubb, no llevaba ropa de marca así que supuso que sería una estúpida sin dinero... pero no estaba nada mal a decir verdad, se dijo, lujurioso, imaginándose escenas obscenas que ambos protagonizaban. La chica se encontraba de pie, apoyada con gracia en una palmera. Tenía unos ojos oscuros que le gustaron.
-¡Eh preciosa!...- le gritó, con aquella voz habitual de atontado, intentando llamar su atención llevándose una mano al paquete- ¿Qué te parece si nos resguardamos de la lluvia en mi habitación...?-.
La chica no respondió de inmediato... puso una cara de asco.
-Me gusta la lluvia. Anda, ve y resguárdate en tu casa tú solito con esa mano ¿te parece?-.
Scubb se acercó a ella y le propinó un fuerte puñetazo. Se dispuso a llevársela por la fuerza.
-Ya la has liado... - oyó que le decía la chica, burlona, al mismo tiempo que miraba detrás de él.
Se volvió para ver a qué se refería la chica. El cielo, ahora oscuro, dejaba caer una fina capa de lluvia sobre el paseo. Scubb atisbó a través de la siniestra lluvia a un hombre que corría hacia él, rápido como un animal salvaje. Tembló de miedo. El hombre no parecía tener intenciones de detenerse. No podía moverse, estaba paralizado. Tan sólo pudo observar con impotencia cómo el hombre corría hacia él y cómo su garganta emitió un grito imposible que se materializó en un puñetazo. Cayó bruscamente al suelo e intentó gritar en busca de auxilio, pero al hacerlo sintió un dolor insoportable en la mandíbula. La palpó con sus temblorosas manos... tenía la mandíbula inferior partida. Una mano le agarró fuertemente por la nuca y le levantó con violenta brusquedad. Se incorporó como pudo y se vio arrastrado hacia la palmera más cercana. El hombre le dijo algo al oído con una voz extraña que no comprendió y, corriendo consigo, estampó su cabeza contra la palmera, a la par que gritaba con una voz impura y macabra.
La boca le sabía a sangre y le dolía todo el cuerpo. Le estaba propinando una buena paliza. De pronto el hombre le dio la espalda, como si estuviera intentando calmarse. Era su oportunidad. Huyó a la desesperada. Llevaba unos segundos corriendo cuando tronó el cielo. Scubb supo al instante que estaba en su persecución. Corrió despavorido, asustado como una débil presa perseguida por unas siniestras fauces que se cernían hacia él sin piedad ni descanso. La adrenalina le impulsaba a correr como nunca lo había hecho. Sin embargo, su perseguidor también era rápido. Cada vez que Scubb doblaba una esquina, el hombre aparecía de pronto de la nada, cortándole el paso... en cuanto giraba para esquivar un banco, él lo sobrepasaba por los aires sin aparente esfuerzo. Poco a poco le fue ganando terreno... se arrepintió de haberse metido con esa chica... el hombre se aproximaba... finalmente le dio alcance. Scubb continuó recibiendo la satánica furia de aquel hombre. Tras tres golpes contundentes -Yaw! Yaw! Yaw! Gritaba el hombre con aquella voz espantosamente impura- y otro golpe final... su vida acabó.

El hombre

-Estúpido... - dije entre dientes.
Arrastré el penoso cadáver por entre las dunas de la extensa playa y lo tiré al mar. Me quedé un momento allí de pie, observando que la tormenta finalizaba al mismo tiempo que el sol se ponía, escupiendo los últimos rayos de luz que iluminaban débilmente el mar. Hasta que el paisaje se sumergió en la oscuridad de la noche.
Oí los pasos apenas audibles acercándose hacia mí. La chica posó con suavidad sus cálidas manos sobre mis hombros. Subimos juntos de nuevo al paseo, no sin antes lavarme las manos ensangrentadas en una de las duchas de la playa, y nos fuimos de fiesta, como si nada nos hubiera molestado.

The Reaper

domingo, 24 de febrero de 2008

Desde la oscuridad


Traje: perfecto, aseo: impecable, aspecto: serio. Ya he terminado. El funeral promete ser incómodo y más tocándome leer unas palabras. No se me da bien hablar en público.

Vamos al tanatorio en coche y, como es normal, hay ciertos llantos en la gente y palabras rutinarias de un cura que probablemente nunca llegó a conocer al fallecido. Cuando me toca hablar, logro hacerlo perfectamente y sin problemas de quedarme sin habla o trabarme, lo cual me relaja un poco a pesar de la tensión del ambiente.

Ya finalizando el evento, me doy cuenta de que nadie ha pronunciado el nombre del muerto, ni siquiera yo. Y pensándolo un poco descubro que no tengo la menor idea de quién es pero he hablado de él delante de todos. Cuando se disponen a cerrar el ataúd creo ver… no… no es posible…

Decido acudir al entierro pero el ataúd está cerrado definitivamente y lo han colocado en el agujero indicado. Y veo al comenzar a caer la tierra sobre el ataúd, que la lápida no tiene nada inscrito: ninguna fecha, ningún nombre…

Intento llamar la atención de ello pero no puedo hablar ni moverme de allí, no puedo desviar la mirada de la tumba y veo como terminan de colocar la piedra rectangular y la lápida que guarda su custodia. En la lápida comienza a surgir una inscripción…

Despierto violentamente y simplemente acepto que ha sido un mal sueño, pero no logro volverme a dormir en lo que queda de noche.

(Semanas después…)

El tiempo… gran traidor es el tiempo que fácilmente se queda atrás llevándose multitud de cosas y nunca más regresa… El tiempo se llevó mi cordura desequilibrando la balanza y dejándome a solas con mi locura, pues llevo una tras otra noche, cumpliendo semanas durmiendo lo justo y con la misma pesadilla atormentándome cada vez que lo consigo.

Suenan las campanas desde el cementerio a medianoche. Mientras tanto vigilo desde la ventana de mi cuarto, esperando temerosamente agazapado para volverlo a ver… Necesito confirmarlo y saber si me he vuelto loco por haber vivido aquello o creer haberlo vivido… La inscripción… el muerto…

No puedo esperar más, necesito confirmarlo de una ver por todas. Salgo a la calle y comienzo a andas hacia el cementerio.

Luna llena… tal vez esta noche te manche mi sangre, pienso con ironía. Pero no puedo seguir así, me está llamando…

Llegado al cementerio, salto la valla con relativa facilidad y encuentro la lápida sin nombre que buscaba. Destaca entre las demás en mi cabeza, el instinto me ha guiado hasta ella. Logro, con esfuerzo, apartar la losa que tapa la tumba, descargo la pala y comienzo a cavar hasta llegar al recipiente de personas sin vida, el mismo del sueño. Alumbro la lápida y… ¡ahora está inscrito mi nombre!

¡He de asegurarme! Abro con prisa el ataúd y, horrorizado, me veo en plena descomposición cuando mi cadáver abre los ojos y me extiende la mano diciendo “Ahora tú ocuparás mi lugar”…

The Blind

jueves, 21 de febrero de 2008

Eterna pesadilla


Caía. El gélido aire me pegaba en la cara con fuerza... abrí un poco los ojos. Descendía a toda velocidad por un estrecho desfiladero. Miré hacia abajo por instinto, aterrorizado, esperando el impacto, pero no divisé el suelo. Ganaba velocidad... mi trayectoria comenzó a desviarse y choqué de lado bruscamente contra las afiladas rocas de la pared del desfiladero. El brazo y parte del costado se me quedaron en carne viva. Grité de dolor. Miré hacia abajo otra vez, pero ante mí se extendía un eterno abismo sin fondo.
Me di cuenta de que estaba boca abajo, así que me apresuré a ponerme en horizontal para caer algo más despacio. Hubiera sido una buena idea de no ser porque me desvié de nuevo y volví a chocarme contra las rocas. El dolor me hizo perder el control y reboté de roca en roca, como una pelota, que dejaba trozos de carne en los filos desgarradores. Al llevar tanta velocidad, mi piel se desintegraba al contactar con la dura roca. El aire impactaba implacable contra mis heridas. Desesperado, intenté recobrar mi rumbo.
Probé ponerme hacia arriba, de espaldas al abismo sin fondo. Esta vez lo conseguí sin chocarme, pero me sentí inquietantemente vulnerable al no poder mirar hacia el fondo.
Vi mi propia sangre que ascendía rápidamente en cuanto brotaba de mis heridas, marcando el camino de mi eterna caída.
Ya no podía ver el inicio del desfiladero... recordé cómo había caído. Me encontraba en el borde del precipicio, mirando melancólicamente el paisaje, cuando alguien me tiró dos veces de la camiseta. Me volví. Un niño con cara inocente me sonrió y, con un dedo, me empujó levemente.
Me estrellé otra vez contra la pared. Me quedé sin la poca piel que me quedaba y tenía rotos todos los huesos. “No es el mejor momento para distracciones”, me dije sarcásticamente. Caía como un meteorito, deshaciéndome por momentos.
De pronto vi el fondo. Vacilé. Una parte de mí se alegró al verlo... significaba el fin de aquella tortura. Por otra parte no era un una vista muy halagüeña. Montones de rocas en forma de pinchos me esperaban al final del trayecto. Cerré los ojos, esperando el impacto.
Desperté. Me encontraba de nuevo en el borde del precipicio. Me palpé con manos temblorosas y comprobé aliviado que las heridas habían desaparecido.
De repente noté que alguien me tiraba dos veces de la camiseta... me volví lentamente, con el corazón latiendo con fuerza. Me quedé paralizado. Ahí estaba el niño. Me sonrió, con aquella cara inocente, y levantó un dedo...

The Reaper

lunes, 18 de febrero de 2008

Plan de tarde (Parte II)


-Primo, ¿dónde c****** estamos? –dije escupiendo restos de piedra fundida.

-Lógicamente hicimos una apertura en el espacio tiempo y estamos en otro mundo –se limitó a responder.

-¿Osas ponerme en evidencia? ¡Juro arrancarte los brazos!

-¡No te dejaré! ¡Me los arrancaré yo antes!

Y así lo hizo. No me dio tiempo a tocarle cuando se los había arrancado a mordiscos. Decidió comérselos y se le regeneraron al instante. Entonces optamos por dejar nuestras diferencias aparte y observar el extraño lugar en el que involuntariamente, por esta vez, habíamos aparecido.

Vimos un inmenso paraje con agua corriendo por todos lados, bajando en cascada por la roca y enviando pequeños destellos cristalinos. La hierba era… verde y fresca como en ningún lado y la cálida brisa llenaba el alma. También había muchos seres mitológicos pululando por allí: un par de caballos alados, duendes y hadas extraños, pájaros fantásticos…

Un centauro de aspecto pacífico se acercó a darnos la bienvenida a su “mundo” y en un abrir y cerrar de ojos cambió la situación. Al acercarse a nosotros, que estábamos de pie mirando al infinito, nuestros ojos se volvieron oscuridad. Toda la vegetación de nuestro alrededor se marchitó de golpe y el centauro se asustó y echó a correr. Un firme golpe del primo con el pie en el suelo hizo que una roca se levantase por donde el centauro pasaba y le destrozó la cabeza. Yo me cargué al centauro a las espaldas y comenzamos a andar sin rumbo. La vegetación moría bajo nuestros pies, el agua se volvía sangre con desearlo, los pájaros caían muertos desde el cielo y el crujir de las costillas del hombre-caballo al arrancarlas, para ser devoradas acto seguido, era espeluznantemente placentero…

Pasamos unos días simplemente matando todo lo que se ponía por medio sin ningún escrúpulo. Ese mundo tan feliz merecía un castigo por su “perfección”, y ahora veníamos nosotros a sembrar el terror. Sin embargo, sentimos algo. Una presencia, una fuerza, un aura de energía… similar a la nuestra. ¿Podría existir alguien tan brutalmente poderoso como nosotros? Nos materializamos lo más cerca posible.

Ahora se distinguía que eran dos seres y no uno. Se les veía al borde de lo lejano, donde las tinieblas aumentaban severamente.

-Primo, no puede quedar evidencia de una fuerza que se acerque en lo más mínimo a la nuestra –dije cabreado-.

-¿Tendrán los cráneos crujientes? –preguntó mientras dejaba que el odio le poseyera-.

Al momento nos lanzamos a correr hacia ellos y parecía que habían acordado lo mismo y se dirigían en carrera levantando una nube de polvo como nosotros. El choque provocó una concentración de energía que de golpe cambió todo el paisaje y la tierra se abrió en dos creando un abismo tan profundo que la luz no alcanzaba hasta el fondo. Ellos estaban situados a un lado y nosotros al otro. Uno de ellos levantó un brazo y descargó un rayo sobre mí. No me molesté en esquivarlo, no me afectó.

-Hagámoslo –dijo el primo-.

Asentí y ambos alzamos los brazos hacia el cielo. En breves segundos todo el cielo se oscureció por completo con las negras nubes que estábamos invocando. Un diluvio comenzó a llenarlo todo y un viento huracanado comenzó a soplar. Pronto se escuchó una corriente de agua fortísima en lo profundo de la brecha abierta. Cientos de rayos cruzaban el cielo para chocar violentamente con el suelo. Entonces bajamos los brazos y cuatro tornados inmensos cayeron del cielo arrastrando todo cuanto tocaban. Primo dirigió uno de ellos donde nuestros anfitriones, que hubieron de esforzarse un poco para no ser arrastrados pero no les causó daño alguno.

En respuesta, posicionaron sus manos en el suelo y concentraron una gran cantidad de energía. Pronto explotaron algunos puntos del suelo por todos lados y un infierno de lava, cenizas y fuego acompañó al tiempo que habíamos creado. Hubo un punto que explotó debajo de mí. Apenas me apartó un poco a un lado. Lo siguiente que hicieron fue alzar dos montañas y arrojarlas sobre nosotros.

-¡Con la cabeza primo! –dije mientras volaban los proyectiles.

-¡Y no vale cerrar los ojos! –respondió.

Al llegar las montañas por el aire las reventamos de un cabezazo y quedamos enterrados entre las miles de piedras en las que se había dividido. Las apartamos de un solo golpe y las pusimos en órbita. Un filo hilo de sangre bajó desde mi ceja.

-¡Primo, eres un débil! –dijo el primo al ver mi pequeña herida.

Instantáneamente le propiné un puñetazo en la cara que le mandó treinta metros hacia atrás. Se levantó con una gota de sangre propia en su labio. Pasó su lengua por la sangre y, al contactar con su sabor, el primo cambió. Sus ojos se inyectaron en sangre y las pupilas le aumentaron de tamaño envolviéndolos en un negro muerte. Otra gente habría temido lo siguiente pero a mi me hizo gracia.

Se le fue la olla. Comenzó a correr siguiendo un indescifrable rumbo. Parecía que no le importaba mucho el enemigo... mas bien se interesaba por los árboles. En pocos segundos un bosque se desplomó por completo. Al poco tiempo volvió y se detuvo junto a mí.

-Primo prueba tú también- me dijo con cara de poseído.

De pronto cogió una piedra algo afilada y me cortó el cuello.

-Primo, ya estaba sangrando, gracias.

Noté algo cálido deslizarse por mi garganta y el hedor a sangre confundió momentáneamente mis sentidos... sentí la adrenalina correr por mi cuerpo a la par que me enfurecía. Cogí otra piedra especialmente afilada y le hice un profundo corte al primo desde la clavícula hasta el estómago. Comenzamos a rajarnos mutuamente, dándonos el turno educadamente y lanzando carcajadas satánicas. En unos minutos nuestro cuerpo quedó cubierto de sangre.

Nuestros enemigos, habiendo flipado ya lo suyo con mi ataque al primo, ahora estaban alucinando al ver cómo nos auto-dañábamos. Incluso se acercaron a ver si estábamos bien y podíamos continuar la pelea. Llegaron donde nosotros y uno de ellos le tocó el hombro al primo y éste se sintió atacado y de una patada en la mandíbula volvió a mandarlo al horizonte. El otro iba a reaccionar cuando yo le lloví del cielo y le empecé a zurrar contra el suelo, dejando agujeros tremendos por la onda expansiva de mis puños sobre su cara. Logró quitarme de encima y reunirse con el otro. Ambos sangraban de la cara pero el mío más porque le había pegado varios golpes. Ahora estaban cabreados.

-Primo –dije-, creo que deberíamos ir terminando.

Asintió. Con toda nuestra fuerza volvimos a dirigir nuestros brazos al cielo. Los otros esperaron unos segundos aburridos y entonces lo vieron. Desde el cielo llegaba una estrella un millón de veces más grande que el Sol a una velocidad muy superior a la de la luz, por lo cual no deberíamos poder verlo venir. Esa estrella arrasó el planeta, a esos capullos y el resto de ese sistema solar.

The Blind, retocado por The Reaper

viernes, 15 de febrero de 2008

Plan de tarde (Parte I)

Me encontraba cabeceando en mi duro pupitre, soportando la soporífica lección de historia que me aburría infinitamente por culpa de lo rutinario que se volvía escuchar. El profesor hablaba pero yo era incapaz de atender a lo que decía, hasta que la palabra “sangre” me sacó de mis pensamientos. Levanté vagamente la cabeza, que estaba incrustada en el pupitre, y escuché que el profesor hablaba, siempre con ese tono monótono, de la sangre que se derramó en una guerra unos cientos de años atrás en una batalla que narraba directamente leída del libro.
Interesante... di una palmada y una onda expansiva mató al instante a toda la clase. Salí al aire libre, respiré un poco del aire semipuro y me materialicé en Bilbao, concretamente al lado del Guggenheim. La gente que pudo verme aparecer se asustó pero lo cierto es que me daba igual.
Percibí el aura de poder que estaba buscando. Lo seguí y me condujo hasta un instituto. Entré resueltamente (echando la puerta abajo) en el aula que desprendía esa impresionante cantidad de poder. Todas las miradas se volvieron hacia mí, al parecer irrumpí en una clase de lengua. Estaba dedicando un saludo despreocupado a un conocido (concretamente a Iñigo) cuando de pronto cayó sobre mí la furia de un profesor con pintas desagradables a mi vista. Aún así le dirigí unas palabras con tono cortés:
-Discúlpeme por entrar de este modo, pero es que soy muy heavy-.
El hombre no se conformó con mi refinada educación y siguió berreando cosas en su extraña lengua de primate. Le ignoré. Me dirigí hacia aquel ente poderoso...
-Primo ven –le dije-.
-Espera, me apetece un aperitivo –respondió-.
Al momento salió corriendo y saltó con las rodillas por delante hacia su profesor. Le incrustó contra la pared y cayeron los dos a la calle rompiendo la pared de la clase. Todos sus compañeros estaban acojonaos. Salvo Iñigo, que miraba la situación divertido como pensando “Estos dos no se contienen nunca”.
Salí al exterior en busca del primo y me lo encontré quitándose el polvo de los escombros. Había caído sobre un coche y éste había explotado por lo que la calle estaba en llamas y la gente también. Igual por eso gritaban. Su profesor era una masa deforme y ensangrentada. Le conté brevemente la idea que tenía en mente, no sin antes saludarnos de un cabezazo, provocando que parte del instituto se viniera abajo por la colisión.
-Creo que hemos matado, entre otros tantos, a Iñigo –dijo el primo con el mismo sentimiento de desgracia que el que se siente al perder un euro… Le comprendí-.
Retrocedimos en el tiempo cientos de años atrás y nos materializamos en mitad de un valle. ¡Qué aire tan puro! El viento mecía con gracia los verdes y frescos prados mientras que las colinas se alzaban a nuestro lado respectivamente. El sol se mantenía en su cúspide bañándolo todo con su luz.
De pronto el suelo comenzó a vibrar. Al poco tiempo un ejército de miles de soldados se asomó por encima de la colina, pero eso no era lo mejor de todo, sino que en la colina opuesta se asomó otro ejército de similar densidad. Catapultas, arqueros, jinetes, soldados… Una lluvia de flechas inundó el cielo y ambos ejércitos descendieron gritando para darse el coraje necesario para entrar en batalla y colisionar en el valle, donde nos encontrábamos nosotros, sonriendo.
Invocamos nuestras mejores espadas y nos apoyamos espalda contra espalda, preparados para hacer frente a los temerarios ejércitos que bajaban a toda velocidad hacia nosotros.
-Primo, me pido a los de rojo, tú a los azules- me dijo animado.
No respondí, con lo que me mostraba de acuerdo. Ambos bandos nos vieron... vacilaron, posiblemente preguntándose que cojones hacíamos allí. Pero, para mi consuelo, no se detuvieron. Comenzó. Cogimos impulso y corrimos hacia ellos. A cada espadazo que soltábamos volaban despedazados por los aires cien hombres aproximadamente... los ejércitos se mezclaron y los escudos de los soldados, antes azules, se tiñeron de rojo. Acabé por no distinguir el bando de los hombres, por lo que decidí matar a todos ellos. Pude ver que el primo había dejado la espada para matarlos con sus propias manos y sentir directamente la destrucción que estábamos provocando. Me pareció divertido aprovechar la ocasión así que hice lo propio.
En pocos minutos no quedaba nadie con vida... se me había pasado el tiempo volando y estaba todo lleno de cadáveres. Pensé que otra vez podríamos llenar una piscina con semejante exceso de sangre. También me pregunté que escribirían los libros de historia sobre esta batalla. ¿La estudiaríamos diferente?
De pronto vi a mi primo dando puñetazos al suelo, haciendo que todo temblara bajo sus formidables golpes. Me pregunté el motivo. Me lo quedé mirando desconcertado, esperando una explicación.
-Primo, vamos al centro de la tierra que me he quedado con ganas de destruir más-.
Acepté con ganas. Ambos nos pusimos a dar puñetazos al suelo, abriéndonos paso entre tierra y rocas. Cuando llegamos a una ciudad de minas subterránea, donde trabajaban unos enanos sin descanso, paramos a beber de un arroyo de ácido sulfúrico y nos comimos a alguno de esos enanos. Había hambre. Proseguimos nuestra excavación y llegamos al mismísimo núcleo de la tierra, donde invoqué mi mejor batería y mi primo hacia otro tanto con su guitarra.
Comenzó nuestra canción a un volumen que hacía temblar la tierra entera e iniciamos nuestra sangrienta canción cortándonos y pinchándonos los ojos para dar algo realismo al sadismo que describía la letra. Y al terminar la canción del fin del mundo, la tierra explotó con nuestro último verso: “Mientras el planeta peta, todos mueren por el heavy metal...”




The Reaper, retocado por The Blind

martes, 12 de febrero de 2008

Poema



Soy

Yo soy la niebla que tapa el Sol

Soy lo que oculta una bendición

Soy el problema que trajo un error

Soy el defecto de toda ilusión


Yo soy la guadaña de la muerte

Soy la mano que del ajeno hurta

Soy tu castigo, tu mala suerte

Soy futura lápida de tumba


Yo soy la semilla del terror

Soy lo que te produce dolor

Soy amo del psicótico temor

Soy el odio que te da tu color


Yo soy la fuerte garra del mal

Soy la perdición vista en todo ojo

Soy el desviado de la sociedad

Soy el brillo del mïedo en tu rostro


Yo soy el filo que corta la vida

Soy peor que el diablo, igual de listo

Soy mortal histeria colectiva

Soy reencarnado el anticristo


The Blind

sábado, 9 de febrero de 2008

Mi primer y último amor


Todo comenzó aquel fatídico día en el que yo era pequeño, cerca de alcanzar la pubertad. Conocí a una niña... aunque más que una niña parecía una diosa... dejaré que la imagines como quieras. Desde el día en que me crucé con su mirada... ambos quedamos prendados uno del otro. (He de añadir que por esa época comenzaba a sentir cierta atracción por los abismos de la oscuridad, aunque no lo parezca por ahora).
Yo, hechizado por su belleza, perdí la noción de mí mismo. Me sumergí en un mundo de fantasía cuyo centro era ella. Aquélla niña ocupó mi corazón. Comencé a transformarme progresivamente en un romántico (no puedo creer que esté escribiendo esto...).
Una tarde de verano, la niña me llevó al bosque, donde compartíamos nuestro amor apasionado. Comencé a notar, abrazado a ella, que todo aquello parecía ser maravilloso... pero algo me inquietaba. Un dolor punzante en el pecho, como si una enredadera de espinas del más ardiente metal surgiera poco a poco entre mis costillas... entonces me di cuenta: el amor me estaba matando. Al hechizarme, creó un mundo de fantasía magnífico sí... pero la oscura y siniestra realidad me golpearía de un momento a otro.
La niña notó mi inquietud, y se apresuró a besarme. Mientras nos fundíamos en un eterno beso... las espinas de mi pecho me atravesaban, se abrían paso a través de mis pulmones... me separé alarmado, pero ya estaba muerto. Mi cuerpo, ahora inmaterial, se separó del anterior y observé cómo la niña miraba aterrorizada las espinas oscuras que surgían de mi corazón y cómo dejaba de respirar... lloró por mí... pero yo no lo lamentaba ni mucho menos. Al fin volvía a ser el mismo... al fin me libré de ese asqueroso hechizo.
Me acerqué a ella, que seguía llorando desconsoladamente mi cadáver. Me incliné a su lado y le acaricié los cabellos, sin notar ninguna atracción hacia ella para mi consuelo. La niña notó mi frío tacto y miró hacia donde yo me encontraba. Dejé que parte de mi invisibilidad se disipara, y pudo verme. No hizo movimiento alguno, se quedó ahí, petrificada. Alcé las manos y rodeé con las yemas de los dedos su cuero cabelludo... tan suave y hechizante como siempre.
La odié. Ahora sí. La realidad era ésta. Sentí la rabia deslizarse por mi inmaterial cuerpo. ¿Cómo se atrevía a hechizarme de aquella forma?... Había provocado que mi metal interior se revelara contra mí... desde ese momento me prometí no volver a fallar a mi lado oscuro... la verdadera realidad...
Conforme me enfadaba iba apretando los dedos en su cráneo. Observé, disfrutando, cómo sus expresiones cambiaban. Primero la niña puso cara alegre al verme... luego pasó a mirarme con extrañeza... después me miró con miedo... posteriormente le invadió el pánico... y finalmente mis dedos aplastaron sin compasión su hermosa cabeza. Sabía que ya estaba muerta, pero seguí... era divertido. La cogí de las frágiles piernas y la balanceé... jugando con su cuerpo inerte. Procuré no perder ni un detalle de cómo su delicado y blanquecino rostro se veía acariciado por la dura y oscura corteza de un árbol cercano...
Hubiese continuado durante toda la eternidad... pero acabó por caérsele la cabeza.
Decidí no volver a mi cuerpo físico. Prefería mi cuerpo espiritual... con el que posteriormente me convertería en la muerte...

PD: Busco pareja.

The Reaper

miércoles, 6 de febrero de 2008

Odio


Desarrollé mi estilo de vida ante una sociedad de hipocresía donde mis leyes las dictaba la música y la cordura de mi mente, ya que la injusticia que posee los corazones de la gente no es el estilo que atrae mis pensamientos.
Y aunque yo quisiera vivir mi propia vida sin tener que tener problemas con nadie, ellos no podían aceptarlo. Intentaron cambiarme y, al ver que no podían volverme un similar, me odiaron y rechazaron. Como zombis en masa trataron de comerse mi cerebro sin ningún reparo y dejarme tan hueco como ellos mismos. Comencé a perderme en mi locura y a odiarlos como merecían, a pesar de llegar a merecerlo también…

(Odiadme…)
Sumergido en una pesadilla eterna donde nadie me quiso salvar. Desde entonces sufro mi castigo y a todo el mundo le da igual. No podía reír, no podía llorar... Tan sólo podía mi propia sangre derramar…
Tantas veces rebuscando una verdad dentro de mi y ahora entiendo que estoy viviendo una mentira... Una mentira que me consume y me corroe hasta tal punto que vivo bajo mi desgarrador grito de dolor y odio, un odio que atormenta a la noche misma, un odio capaz de matar con el simple deseo de hacerlo...
Disfrutáis apuñalándome ya que después de todo no soy más que un defecto de la sociedad a quien le gusta perderse en el alcohol, el sexo y las drogas para olvidar sus problemas...
Cuando extendí mi mano en busca de ayuda nadie acudió, me perdí en el olvido de vuestras acusadoras mentes que me veían como un error al que debían eliminar a cualquier precio...
Mi sangre os sirve de alimento y parasitarme es vuestro vicio, es un ritual. No dudáis en aprovechar la situación para patearme y mantenerme bajo una estela de superioridad, una superioridad que aborrezco...

Vivir sin sentir, vivir siendo ahogado… ¿Cuál es el sentido de vivir cuando el opuesto te seduce con su perfección? ¿Es entonces que queréis salvarme? Irónica sería la situación cuando para salvarme he de ser torturado. Igual no entendéis que tal vez no quiera, ovejas de rebaño, por vosotros ser salvado.
Mis ojos irradian sangre y mi corazón arde en las mismísimas llamas del averno. Un paso más lejos de vosotros es un paso más cerca del cielo, donde podré ser libre... pero nunca seré libre... Mi sitio es el infierno al que me habéis condenado.
Erróneo guía del mundo, ese soy yo. Tal vez merezco lo que sufro y lo que siento por no querer ser un clon idéntico a los demás. Eso os da derecho a arrancar mi alma y celebrar el funeral de mi felicidad. Son razones que os obligan a torturarme y acabar con todo aquello que me haga sonreír. Son vuestras razones para destruir a todo aquel que trate de ser diferente, vuestro mundo os obliga a clavarme un puñal y hurgar en la herida de forma brutal e inhumana hasta tal punto que mi dolor me vuelve el ser sediento de venganza que reclamará mil cabezas desprendidas de sus cuerpos para que clavadas reposen sobre estacas.
Quiero destruir de una vez los barrotes de mi jaula y acabar con mi tormento sintiendo el sabor de mi sangre en la boca y cayendo por mis brazos mientras ciegos mis ojos están con su rojo color. Podéis acabar saciando el sadismo contenido sobre mí y gozando de la victoria ante el decaído oponente que una vez se atrevió a ser diferente. Quiero que sea escrito el guión que relata las falsas palabras que se leerán tras mi caída y que la gente piense que la culpa la tengo yo, que sepan que fui arrastrado por la ira hasta la locura y que los odié a todos como a mi mismo. Quiero que la sombra de la muerte me envuelva entre sus dulces cantos para que, cuando caiga su guadaña, pueda morir tranquilo... y soñar de nuevo…

The Blind

domingo, 3 de febrero de 2008

Venganza (parte 2)


Resultó que este hombre era experto en artes marciales, de todo tipo. Sabía todo tipo de estilos de lucha.
Me sometió a un duro entrenamiento durante los cinco años siguientes. Aproximadamente ocho horas diarias trabajando con sacos y pesas. Pero sobre todo entrenaba luchando contra él. Los entrenamientos únicamente duraban menos de ocho horas si me desmayaba por mero agotamiento.
Me enseñó a no conocer el miedo. Solía decirme “En cuanto una persona pierde el miedo a que le hieran o a ser matado se vuelve invencible”. Me convirtió en una máquina de matar. Mis nudillos se convirtieron en piedras, mis brazos en yunques, mi tórax en un muro infranqueable. Cogí aproximadamente unos veinte kilos. Pero no todo era fuerza y potencia. También me volví rápido como un halcón y ágil como un mono.
A los tres años y medio de entrenamiento pasamos al entrenamiento con katanas. Durante el año y la mitad restante del próximo me esperaba una dura lección, en la que mi entrenador me llenaría todo el cuerpo de cicatrices. Pero no me importaba. Me había enseñado a disfrutar del dolor. Me encantaba la persona en la que me había convertido.
Un día, para mi sorpresa, me mandó deberes.
-¿Hay alguna persona a la que te gustaría matar? Aparte de tu padre, claro- me preguntó de improviso.
Medité esta pregunta. Recordé mis penosos días de estudiante y de las palizas del Mayor y sus Subordinados...
-Sí- respondí con decisión.
-¿Cuántas?-
-21-
-Me alegro por ti. Ve y véngate-
Me dispuse a coger mi katana y hacer mi tarea cuanto antes. Temblaba de emoción.
-Espera- me dijo- llevarás la katana, pero si la usas para proteger tu vida, considéralo una derrota.
-Muy bien, no hay problema. Los mataré con mis propias manos- respondí.
-Una cosa más-.
Me volví de nuevo. Comenzaba a impacientarme.
-No tengo nada más que enseñarte, supongo que lo habrás notado cuando me derrotaste tres veces seguidas en el último combate... -.
Asentí con un gruñido.
Se limitó a sonreir. Y entonces partí. Se me ocurrió una idea. Fui a la casa del Mayor, que era como una mansión. Vigilé pacientemente la entrada durante dos horas aproximadamente y observé como salía de la casa el grandullón. Seguía igual que siempre. Tan solo puedo añadir que había crecido unos centímetros más. En cuanto se alejó lo suficiente entré en la casa sin ninguna dificultad y busqué su agenda de teléfono. Un tío tan tonto no podría acordarse de tan siquiera un número. Y efectivamente, la encontré. Llamé a uno de ellos. Imité como pude la voz del Mayor, siempre arrogante, y le dije que reuniera al resto de Subordinados en su casa. Me dijo que de acuerdo y colgué.
No había nadie en la casa. Mientras esperaba a que se presentaran me dirigí hacia la nevera... comida... Me asomé por la ventana y la adrenalina recorrió mis venas. Ahí estaban, los veinte reunidos en el patio que daba al jardín, todos altos y forzudos. Fui andando, despacio, y abrí la puerta.
Todos se volvieron hacia mí. No me reconocieron. Ellos estaban viendo a un tipo fuerte y corpulento, con una cicatriz que recorría la frente, atravesando el ojo izquierdo, y llegando hasta el musculoso cuello. Una mirada sedienta de matar. Estaban viendo a un hombre sumergido en el odio, intimidante, y no al niño escuálido y raquítico de hace cinco años. No se dejaron intimidar, cosa que me alegró. Seguí caminando hacia ellos mientras me preguntaban que quién era yo y donde estaba el Mayor, pero yo no les escuchaba.
Un par de ellos se encararon conmigo. Opté por comenzar con el de la derecha. Lo tumbé de un rodillazo en la cabeza. La flexibilidad de mis piernas era asombrosa. No podían vencerme. Antes de que pudiera reaccionar su compañero le aporreé su barriga cervecera y su tórax con una combinación de trece golpes de boxeo. Todas las costillas, sin dejar ni una, se partieron bajo mis golpes. Cayó junto al otro, ambos inconscientes. Di un salto mortal carpado (sin doblar el cuerpo) invertido, con suficiente altura, y caí, arrodillado ante ellos, con una rodilla en el cráneo de uno y con la otra en el cráneo del otro. Crujieron al mismo tiempo, esparciendo sangre y tropezones por el suelo. Observé que el resto se quedaron petrificados. Entonces cogí uno de los cerebros y se lo tiré al tipo más cercano, que le impactó de lleno en la cara. Esto sirvió para que reaccionaran.
Les dediqué una sonrisa macabra. Dejé que se acercaran unos metros todos en tropel, y me lancé hacia ellos. Al primero le di un cabezazo que le abrió el cráneo parte a parte. Me agaché a una velocidad de vértigo y cogí al azar dos piernas. Giré sobre mí mismo usando toda mi fuerza y di unas cuantas vueltas golpeando a todo el que estuviese en medio con los hombres que sostenía y luego los estampé contra la pared de la casa. A otro le pisé un pie con fuerza y le empujé con un dedo, burlón. Cayó hacia atrás y noté bajo mi pie que se fracturaba el suyo. Salté de nuevo y caí en postura yaciente con el codo sobre su nariz, partiendo ésta y atravesando su cara. De pronto vi a uno que escapaba corriendo hacia el muro. Corrí tras él y de un rápido salto me coloqué de pie encima de sus hombros y le apreté fuertemente la cabeza. Di un mortal, llevando al tipo conmigo, y dejé que su cuerpo se estampara contra el muro. Mientras yo caía oí un grito y un crujir de huesos. No tuve la necesidad de ver si había muerto. El charco de sangre llegó hasta mis pies. Me acerqué andando hacia todos. Los nudillos me sangraban, llevaba una hora repartiendo golpes a diestro y siniestro. Todos caían muertos. Comencé a disfrutar del quebrar de sus huesos como disfruta un músico con sus notas.
Finalmente me senté en el porche, esperando al Mayor. Hoy al parecer era mi día de suerte: la masa deforme de grasa y músculos entró por el portal. Me puse en su pellejo y me imaginé llegando a casa y encontrar a toda mi pandilla de matones, ahora cadáveres, esparcidos por mi jardín. Sonreí al imaginármelo. Me levanté y caminé hacia él.
Noté en su mirada que me reconocía, al contrario que sus matones. No dije nada. Le tumbé de un directo de derecha. Se levantó colérico y se dispuso a golpearme. Di vueltas alrededor de él, moviéndome con agilidad. El golpe que le había encajado le había hecho sangrar efusivamente y le costaba respirar. Continué dando golpes rápidos en la boca, haciéndole tragar sangre. Acabaría por no poder llevar aire a los pulmones. Tanto a patadas como a puñetazos, le deformé la cara. Antes de que yo mismo me diera cuenta, cayó muerto en el suelo.
El placer que sentí era inigualable. Al fin me había vengado de tantos años de sufrimiento y dolor. El placer de la venganza del que me había hablado mi entrenador.
Después de amontonar los cuerpos y quemarlos, formando una inmensa hoguera, me dirigí a casa de mi entrenador. No pude creer lo que veían mis ojos. Mi padre estaba allí. Y toda mi familia también. Me quedé allí de pie, aturdido. Mis hermanos, al verme, corrieron a abrazarme uno detrás de otro, pidiéndome perdón. En cuanto se acercó mi padre se paró delante de mí. Le propiné un gancho de izquierda que lo tumbó bruscamente.
-Vaya, hijo, si que te has hecho más fuerte... - me dijo sonriendo con un hilillo de sangre deslizándose por la comisura de su boca.
Le ignoré.
-¿Tú lo sabías?- pregunté a mi entrenador.
Asintió.
-¿Ha merecido la pena verdad?- me dijo también sonriendo.
Asentí. Me sentía feliz por primera vez. No sólo mi familia estaba viva, sino que al fin me había vengado del Mayor y sus Subordinados.
Me dirigí a mi padre, ya levantado, y saqué despacio la katana...
-Toma, esto es tuyo- me limité a decirle.
-Quédatelo, considéralo un regalo- dijo aliviado.
Me miré en el reflejo del metal. Veía en él toda la fuerza que me había faltado en mi infancia. La fuerza de uno que puede derrotar hasta al más temido. Pero me contradije al decir para mis adentros: ¿y ahora... quién podrá vencerme?...


The Reaper

jueves, 31 de enero de 2008

Perdidas en el bosque


A Ana siempre le había gustado perderse por el bosque y descubrir nuevos caminos por los que, tal vez, nadie había vuelto a pasar en años. Se sentía libre de presiones y problemas cotidianos y de esta forma podía evadirse para pensar, relajarse y salir cuando nadie más quería.

Otoño… le gustaba especialmente sentir crujir las hojas secas bajo sus pisadas en esta época. Lo consideraba un capricho, algo simple y, tal vez incluso un poco tonto en su medida. Pero no siempre podía darse el placer de pisar la hojarasca.

Esta vez iba acompañada de una amiga llamada Sofía que se había apuntado a pasar la tarde y tuvieron la suerte de encontrar un camino totalmente nuevo. Ana ya había pasado por allí cerca varias veces y se le dibujó una sonrisa en la cara al ir a recorrer distintos lugares a los anteriormente visitados.

Y complacidas quedaron ante la facilidad de caminar entre esos árboles. No suponía un esfuerzo mucho mayor que ir por un terreno plenamente llano y el paisaje era mejor aún que el resto de lugares por donde había llegado a estar. Y la tarde avanzó con el sentimiento de felicidad recorriéndolas…

¡Maldición! El sol comenzaba a ponerse para su desgracia. Habían de darse prisa en volver antes de que la noche comenzase a iluminar todo de oscuridad, entonces si que se perderían del todo. Con paso ligero, retrocedieron sobre sus pasos y caminaron unos minutos sin terminar de reconocer la zona. “¿Hemos pasado por aquí?” repetía Sofía nerviosa. Volvían varias veces para atrás intentando reconocer algo, cualquier cosa que les sonase era una opción viable pero era inútil: estaban perdidas. Intentaron llamar a alguien con sus respectivos móviles pero la cobertura no era una fiel compañera y la noche al fin llegó para reinar.

Continuaron avanzando sin rumbo fijo con la esperanza de salir del bosque. Sofía lloraba desconsolada y Ana intentaba apaciguarla sin tener ella misma esa calma. Les costaba mucho ver en esas condiciones y cometían por ello ciertas torpezas al andar. Los árboles parecían abalanzarse violentamente sobre ellas, dando un aspecto terroríficamente contrario al que habían vivido antes. Estaban ambas asustadas y un tropiezo de Sofía, arrastró a Ana y cayeron ambas rodando por unos metros de cuesta. Ahora, los ojos de Ana también habían desbordado y dos lágrimas recorrían sus mejillas.

No muy lejos, pudieron ver una columna de humo y, esperanzadas, se apresuraron hacia el lugar. A medida que se acercaban una música cobraba nitidez y llenaba el ambiente. No tardaron en ver una luz entre los árboles.

Al llegar, encontraron un hombre cubierto con una túnica pero no ocultaba su rostro. Estaba sentado en frente de una hoguera y tocaba dulces melodías medievales con un instrumento de cuerda, pero no supieron identificarlo. Antes de que pudieran decir nada, les miró para dirigirles la palabra.

- Tomad asiento, por favor –dijo sin dejar de tocar-.

Obedecieron agradecidas. Ana se acomodó en una roca que resultaba mejor que el suelo y Sofía se sentó sobre un abrigo que traía. Ana inspeccionó al hombre con sus ojos brillando por el reflejo del fuego.

- Decidme, niñas –dijo el hombre-, ¿de dónde habéis salido?

- Nos perdimos… estábamos paseando por el bosque y nos sorprendió la noche –respondió Ana calmada por el suave tono de voz del hombre-.

- ¿Cómo os llamáis?

- Ana –dijo la poseedora del nombre-.

- Y yo Sofía –dijo Sofía que también parecía estar mejor-. Y tú eres…

- Nunca conté con un nombre, soy un simple trovador –dijo sonriendo el recién nombrado trovador-.

- ¿Trovador? –dijo Ana- ¿Y qué haces tocando a estas horas en medio de un bosque?

- Bueno, llevo siglos haciéndolo. No será por falta de público que deje de hacerlo.

Supusieron que les tomaba el pelo o que exageraba, pues lo contrario no tendría sentido. Pero ciertamente se dieron cuenta de que había varios animales por la zona escuchando y pudieron ver: un búho, un par de zorros, numerosos murciélagos pasando por encima de la hoguera… incluso Ana creyó ver la sombra de un jabalí tras los árboles.

- Ellos no son el único público presente –dijo el trovador-.

Ambas soltaron un pequeño grito de miedo al ver espíritus de gente caminando por la zona, sobrevolándolos… ¡Hasta que el trovador no los había mencionado no habían podido verlos!

- Tranquilas –dijo el trovador-, no pueden haceros nada. Son almas confusas que no pueden vernos pero se sienten atraídas por el sonido de mi instrumento. Toco para esas almas que no comprenden siquiera que ya hace tiempo murieron. Por cierto, podéis coger algo de la carne que se está asando en esos palos sobre la hoguera.

Sofía no tenía demasiada hambre, estaba preocupada por los espectros de la zona pero Ana se dio cuenta de que sus tripas rugían por algo de comida. No tardó en callarlas con esa jugosa carne cuyo sabor era tan fresco que se preguntó cuanto tiempo podía tener la que comía normalmente descongelada.

Un rato después tuvo que alejarse un momento a beber de un río cercano porque el hombre no disponía de agua para ofrecerles. “Tan medievales como nuestro anfitrión estos métodos de abastecerse” pensó Ana divertida.

Y cuando se disponía a volver se alzó un grito de Sofía. Ana corrió de vuelta para ver que podía haber ocurrido. ¿La habría agredido el trovador?

¡Y tanto! ¡Como que le había atravesado el pecho con ese instrumento tan raro! El trovador estaba de pie bailando mientras tocaba arrastrando a Sofía, muerta, colgada del mástil del instrumento. Vio con horror como los fantasmas danzaban con el por el aire alrededor de la hoguera y el trovador cantaba para ellos algo en una lengua extraña. Los animales le habían percibido y trataron de abalanzarse sobre ella.

Ana salió corriendo por el miedo y escuchó ahora las satánicas y paranoicas carcajadas del trovador que estaba ido de la olla. Los animales se estaban quedando atrás no sabía por qué y el hombre no debía estar siguiéndola. Una vez creyó haberse alejado lo suficiente miró atrás sin dejar de correr. No vio a nadie pero chocó con un árbol y quedo inconsciente…

Al amanecer, fue despertada por unos ladridos y encontró un pastor alemán olfateándole la cara. Se levantó y pudo ver un policía corriendo hacia ella.

- ¡Esta viva! ¡La hemos encontrado! –gritó a sus compañeros un poco más atrasados.

Ana solo pudo pensar en qué tendría que decir para que le creyeran…

The Blind

Dedicado a la protagonista del relato.

lunes, 28 de enero de 2008

Venganza (Parte 1)


Mi nombre es irrelevante. Soy un simple chaval de doce años. Vivo en Finlandia. Voy al colegio de Las Espadas, que se encuentra a unos diez minutos andando desde mi casa (si se le puede llamar casa). Mi padre nos mantiene trabajando duro pero aun así estamos sumergidos en la pobreza. Mi madre murió hace tiempo. La economía nos llega lo justo para el colegio.
En el colegio mis compañeros de clase se meten constantemente conmigo. Incluso he recibido varias palizas del Mayor y sus Subordinados, llegando a casa echo una mierda. El Mayor es un hombre gigantesco, capaz de aplastar el cráneo de una cabra con una sola mano. Él manda en las clases. Incluso los profesores se sienten dominados por él. Éste tiene como sus Subordinados a los veinte chicos más fuertes y corpulentos de la escuela. Y todos ellos administran palizas gratuitas, torturas psicológicas... vamos, básicamente joder a todo el mundo.
Yo, esmirriado y larguirucho, con mi ropa descosida y mi escaso dinero, soy el principal objeto de burla y diversión del Mayor y sus Subordinados. Tengo como único amigo a Roger. Él es de los “pringados” como yo, pero tiene una mente avispada y es muy inteligente. Su especialidad es sacar dinero de cualquier negocio que requiriera una actividad intelectual. Gracias a él (y a las perras que se sacaba) puedo comer sin tener que pedir dinero a mi padre.
Desperté sobresaltado por un grito de mi querido padre anunciando el desayuno. Me quedé sentado en mi dura cama, somnoliento, y oí, como es costumbre, los ruidos de mis hermanos pequeños y los gritos de una de mis hermanas cantando mientras bajaban por las escaleras. Me incorporé y bajé con el resto.
Me sentí demasiado adormilado como para entablar una conversación, así que opté por que hablasen ellos. Terminé mi tostada. No había mucho más que comer, y si lo hubiera se lo dejaría a mis hermanas pequeñas.
Me retiré de la mesa, cogí mi mochila y salí hacia el colegio. Me reuní con mi amigo Roger en la entrada. Nada mas entrar nos encontramos con el Mayor y algunos de los suyos fumando porros. Estaban molestando a unos chicos, pero en cuanto me vieron, se dirigieron hacia mí.
-¿Cómo te va coleguita? ¿No has venido con tu mamá?- me dijo el Mayor
Me limité a mirar fijamente al suelo, temblando de rabia.
-¿No respondes? ¡Que maleducado!- continuó- ¿es que tampoco tienes dinero como para estar bien educado?-.
Todos sus compañeros rieron la broma a carcajadas. A mí particularmente me pareció una gracia con muy poco ingenio, pero éste no se caracterizaba por ser muy inteligente que digamos.
-Vamos a ver lo que tienes en la mochila... Parece muy cargada-.
Y lo estaba. La cogió de un asa y la levantó sin preocuparle que yo estuviese sujeto a ella. Me elevó como se eleva a una simple mosca unos dos metros y luego me dejó caer. Aplastado por mi propia mochila, por poco pierdo el conocimiento. Sacó todos mis cuadernos en los que me había esmerado tanto para aprobar el curso y los hizo trizas. Me dije a mí mismo que debía darle una paliza aunque muriese en el intento, pero mi cuerpo no reaccionaba. No tenía ningún espíritu de lucha.
Por suerte pasé el resto del día sin verle más el pelo a ese cabrón. Me entretuve participando en los ingeniosos juegos de Roger y las clases se me hicieron más amenas. Sonó la campana y corrimos todos a la salida, no sin ser empujado por un Subordinado del Mayor, haciéndome salir el último. Miré a la profesora buscando ayuda, pero ella se limitó a dedicarme una sonrisa triste, impotente. La impotencia que me acompañaba día tras día.
Me despedí de Roger y volví a mi austera casa. Estaba anocheciendo y temí que el Mayor se cruzara conmigo por el camino, por lo que apresuré el paso.
Atravesé el pobre portal de hierro oxidado y empujé la agrietada puerta de la entrada con el hombro, demasiado desanimado como para levantar los brazos. Sin embargo, lo que vi al cruzar el pasillo me hizo olvidar al Mayor y sus palizas. La mesa de la sala estaba volcada, las sillas rotas, desperdigadas por el suelo. Cristales rotos esparcidos por toda la estancia. Pero nada de esto me preocupó en absoluto. Lo que me dio ciertas razones para preocuparme fue la abundancia de sangre... las paredes, el suelo, los muebles... todo había quedado manchado siniestramente. Reaccioné rápidamente. Rebusqué por toda la casa con intención de encontrar a mi padre y a mis hermanos. Nada. Tras lo que me parecieron horas corriendo desesperado por la casa, me rendí sentándome en la habitación de mi padre. Notaba un nudo en la garganta y el pecho parecía que me iba a explotar. Grité. Salió de mis cuerdas vocales un rugido de angustia. Liberé toda la furia retenida en mi interior durante estos últimos años. (El grito lo puedes oír en la canción “Uncloud the sky” de “Skyfire” en el minuto 3.46. Recomendado).
Salí de casa, no podía permanecer más tiempo allí. Debía buscarlos. No podían estar muertos, no podían... Di una patada a un árbol cercano con furia. No sentía dolor, pero sabía que luego me dolería. Esto hizo que me cabreara aun más. Miré a mi alrededor. A la izquierda se prolongaba el paseo, repleto de gente. Busqué con la mirada alguna cara conocida. Me volví a la derecha y de pronto vi a mi padre. Se encontraba a unos metros de distancia. Estaba cubierto de sangre y le costaba andar. Recé para mis adentros que la sangre no fuera de él y corrí hacia él lo más rápido que pude.
Al verme echó a correr en dirección contraria. Le alcancé sin preguntarme por qué huía de mi.
-¡Soy yo!¿Estás bien?¿Dónde está el resto?- dije atropelladamente temblando de la tensión.
-¡Yo lo hice!- exclamó enloquecido.
Me miró con furia y se sacó una katana de la cintura e intentó atravesarme de parte a parte. Yo flipando claro. Me hizo un corte en la cara, dejándome ahí tirado cegado por la sangre que cubría mi rostro. Antes de que pudiese reaccionar, ya había escapado. Entonces la verdad me golpeó en la frente... mi propio padre... pero ¿porqué iba a hacer algo así?... no tenía ningún sentido. Todos estos años trabajando como un descosido para mantenernos y ahora... ¿va y se carga a todos? Me había imaginado muchas veces que mi padre muriese y que yo tuviese que mantener a toda la familia... pero no al contrario...
Seguía ahí tirado en el suelo. Un grupo de personas me rodeó, preguntando lo ocurrido. Me levanté sin dar ninguna explicación. Vi la katana que había usado mi padre en el suelo y a un hombre que se acercaba a recogerla.
-¡Quieto!, ¡Si la coges... te mataré!-
Dije esto apenas sin darme cuenta. Para mi sorpresa el hombre vaciló asustado y retrocedió. Cogí la katana. Estaba bañada con demasiada sangre como para ser toda mía. Debía ser de mis hermanos, me dije furioso. Pedí disculpas al hombre. Al fin y al cabo, sólo intentaba ayudarme. Conseguí persuadirles de que no llamaran a la policía. No quería que nadie interfiriera. Llevaría a cabo mi venganza por mi cuenta.
Los días siguientes no fui a clase y los pasé mentalizándome para matar a mi padre. No era tan fácil como parecía.
Me senté en la orilla de un lago, donde allí nadie me interrumpiría. Estuve largo rato meditando, consumiéndome en el odio. No podía creer lo que estaba pasando. ¿Porqué yo?¿Porqué cojones...
-Bonito día ¿eh?-
Me volví sobresaltado. Cerca se encontraba un hombre de mediana estatura, de pelo negro. Miraba melancólico al lago. Sin separar su vista de él, me preguntó:
-¿Sabes porqué has venido aquí?- y sin esperar respuesta continuó- El lago Bodom. Aquí fueron asesinados unos jóvenes. Uno aún sigue vivo, pero quedó gravemente dañado de la mente. No pudo vengarse-.
Se sentó a mi lado y nos quedamos un rato en silencio. Yo meditando sobre lo que acababa de decirme.
-¿No te sientes afortunado?- preguntó de pronto.
Le dirigí una mirada incrédula, dando por evidente mi respuesta.
-La gente suele venir aquí instintivamente cuando ha de vengarse. El hecho de que estés sano y salvo implica que podrás llevar a cabo tu venganza- tras una breve pausa añadió- de hecho, te envidio-.
-¿Entonces no estás aquí por venganza?- le pregunté. Tenía la voz ronca de estar tanto tiempo sin hablar.
-No, yo ya la disfruté- sonrió.
-¿A qué has venido entonces?- dije malhumorado.
-He venido a ayudarte. Ven conmigo- dijo.
Sin más palabrería se volvió y echó a andar. Dudé un momento. Hace tiempo que aprendí a aceptar cualquier tipo de ayuda. Pensé que no podía hacerme ningún daño el hecho de ir con este hombre. Finalmente me levanté y le seguí. Me pregunté quién sería, aunque nunca se lo cuestioné... simplemente acepté la ayuda que me ofrecía. Tampoco le pregunté por qué me ofrecía su ayuda ni cómo sabía que toda mi familia estaba muerta. Me limité a ser su aprendiz....



The Reaper