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lunes, 16 de junio de 2008

Choque de acero (Parte V)


Me levanté de mi asiento y desenvainé con lentitud. Subí pausadamente los tres escalones que conducían a la tarima. Todos los luchadores se encontraban en torno al cadáver de Faghorn. El que se hacía llamar mano de hierro sintió mi presencia y advirtió al resto. El recepcionista y el presentador de los combates se escabulleron por la puerta. Los dejé ir. Khaira se había levantado pero no se movía de su asiento.
Cerré los ojos durante unos segundos y respiré el aire que había en la sala. Olía a muerte. Decidí que no saldría ninguno con vida. Abrí los ojos y miré a Minos, aquel que había matado a Faghorn por la espalda. Antes de darle tiempo para pestañear le corté la mitad de la cabeza. La otra mitad me la reservé para arrancarla de un puñetazo. La cabeza colgó inerte de un tendón. El primer charco de sangre llegó hasta mis pies.
Me dirigí rápidamente hacia el siguiente. Le clavé la hoja en el esternón hasta que asomó por la espalda y bajé el filo, atravesando por la mitad el estómago y los genitales. Tripas e intestinos se salieron de golpe. Dejé que se desangrara.
De pronto otro hombre se abalanzó contra mí con un hacha sobre su cabeza. Esquivé sin dificultad el golpe y le hice una segunda sonrisa roja en el cuello. Una cascada de sangre cubrió su cuerpo.
Me di la vuelta y me encontré con un tórax enorme a la altura de mi cabeza. Sin pensarlo dos veces hundí mi acero entre las costillas e hice palanca. Noté como los músculos se desgarraban y los huesos se quebraban. A través de la carne pude ver un trozo de pulmón. Me aparté con rapidez antes de que el enorme cadáver cayera encima de mí.
¡Oh!. Uno de ellos intentaba huir. Le alcancé en un segundo y le di una patada en los pies. Justo cuando cayó de boca en el suelo le di un pisotón en la cabeza y oí el quebrar de la mandíbula. Tracé un corte en línea recta a lo largo de la espalda. Introduje la mano en la herida y saqué la columna vertebral como se saca una espina de pescado. Con los huesos aún en la mano y en la otra mi catana busqué al resto.
Quedaban un par de ellos. Me dirigí hacia uno y le corté en dos. El último intentó huir a la desesperada. Antes de llegar a la puerta el filo de mi acero le asomó por la nuez.
Una vez que el cuerpo cayó al suelo solté mi catana y me agaché sobre él. Comencé a dar golpes sobre el cráneo ensangrentado con los puños. Maldije a toda la humanidad mientras aplastaba a la asquerosa masa cerebral que salpicaba mi rostro. Grité y grité mientras los nudillos me sangraban en carne viva y la cabeza de aquel hombre se reducía a puré.
Noté las manos de Khaira que agarraban mis hombros y me separaban del mar de sangre que reinaba a mi alrededor. Luché por liberarme para seguir machacando a aquellos cadáveres.
-¡Basta ya!- gritó Khaira mientras me cogía de los hombros y pegaba su rostro al mío. Tenía los ojos llorosos- ¡Ya están muertos Souka!¡Se acabó! Ya se acabó...- su voz se quebró.
Recobré la compostura. Observé la masacre que había creado. La tarima de combate, antes blanca, ahora era una fuente de sangre que caía con elegancia por los bordes. Cadáveres deformados yacían empapados de sangre en medio de un silencio sepulcral, roto por el sonido de la sangre caer como cualquier día de lluvia.
-Vayamos fuera- dije.
Khaira se había vendado con habilidad la herida del hombro. No parecía nada grave. Andamos hasta un río y allí nos lavamos la caras y manos ensangrentadas.. La verdad es que yo necesitaría introducirme por completo en el agua porque estaba cubierto de sangre. Estaba pensando en esto cuando de pronto Khaira me cogió el rostro con las manos y depositó un suave y húmedo beso sobre mis labios.
En cuanto se separó y me miró con esos ojos azul vidrioso bajó la mirada a modo de disculpa.
-Llevo mucho tiempo esperando este momento, Souka.
Me levanté y no dije nada. Miré al río. Khaira no aguantó demasiado mi silencio.
-Podrías decir algo...- sonrió con timidez.
-Nunca he sentido nada por nadie.- me limité a decir con tono imperturbable-. Me gusta estar sólo.
-¿Y qué hay de Faghorn?.- inquirió con los brazos en jarras.
-Faghorn ha sido mi único amigo. Lo único que tenía... y me lo han quitado- dije con pesar.
Khaira posó con suavidad su mano sobre mi hombro para consolarme. -No necesito consuelo- pensé.
-Si no sientes nada por mí...- dijo en voz baja- al menos déjame ir contigo.
Di media vuelta y caminé por donde habíamos venido.
-Está bien.
Khaira sonrió y me dio un rápido beso en la mejilla.
-¿Vas a dejar de besarme?- dije sin poder contener una sonrisa.
-Puede- bromeó mientras me daba otro beso juguetón.
-En fin...- suspiré para mis adentros.
-Hemos de enterrar a Faghorn ¿no crees?- me dijo poniéndose seria de nuevo.
No respondí de inmediato.
-Sí, vayamos.

(...)

Fin

The Reaper

viernes, 30 de mayo de 2008

Choque de acero (Parte III)


Faghorn me arrastró hasta la entrada y nos topamos con un recepcionista sumergido entre montones de papeles.
-No se puede pasar, las plazas se agotaron hace varios días.
Se hizo el silencio durante unos segundos. Miré divertido a Faghorn.
-¿Cómo?- inquirió éste.
-Ya te lo he dicho- respondió el recepcionista sin levantar la vista de los papeles- No hay plazas. Lárgate.
El hacha partió la mesa en dos con un brusco crujido. El hombre se cayó de la silla del susto. Levantó la mirada hacia nosotros al fin.
-¡Por los dioses!, ¡Pero si sois Faghorn y Souka!- se levantó torpemente. Intentaba incorporarse y hacernos reverencias a modo de disculpa al mismo tiempo, en ambos casos el resultado era pésimo.
Una vez que lo hubo conseguido nos indicó el camino que conducía a la sala de combate. Dicha sala era circular y estaba iluminada por unas antorchas colgadas de cadenas plateadas a lo largo de la pared. En el centro había una tarima blanca con forma circular de unos diez metros de diámetro, a la cual se podía subir por ocho escaleras de tres escalones cada una. Las escaleras descendían hasta las sillas de los luchadores, aunque más que sillas parecían tronos. Los ocho estaban ocupados.
Temí que Faghorn matara a dos de los combatientes para hacernos un sitio, pero para mi sorpresa todos los hombres se levantaron al instante para cedernos su lugar... todos los hombres, salvo una mujer que se quedó sentada. Nos miraba desafiante, como diciendo que de allí no se movería sólo porque hayamos aparecido nosotros. Me gustó aquel gesto. También me gustó que una mujer fuera capaz de hallarse entre los ocho mejores luchadores de la villa, cosa no muy común. Me senté a su lado.
Sobre la tarima había un hombre bajito y rechoncho, que debía ser el organizador del torneo. Tenía el pelo enmarañado y ojos ojerosos. Sostenía un palillo en la boca que no paraba de mover entre los dientes.
-¿Y bien?- inquirió con tono aburrido.
En ese momento el recepcionista subió a la tarima y le susurró algo al oído.
-No te jode...- masculló- Está bien- sacó una bolsita del bolsillo, de la que extrajo dos papelitos doblados y los sustituyó por los que el recepcionista le ofrecía- Maegor, el lobo, y Random, la mano de hierro, ceden su lugar en este torneo a Faghorn, la roca de acero, y a Souka, el destello blanco- anunció.
-¿Podemos quedarnos a presenciar el combate?- preguntó el que se hacía llamar mano de hierro.
-Por mí como si os la cascáis- respondió entre las risas de los luchadores- ¿me dejáis empezar ya o no?.
Se quedó un momento callado, como si se le hubiese olvidado algo.
-¡Tú!- se dirigió al recepcionista- coge dos papeles de la bolsa- ordenó como si fuera su perro.
-¿Porqué yo?.
-Porque así te podemos echar la culpa si sale un combate aburrido- provocó más risas de nuevo.
El recepcionista se puso rojo como un tomate pero accedió. Metió la mano en la bolsa y sacó dos papelitos.-Vaya gran torneo- pensé con ironía. Faghorn temblaba de impaciencia a mi lado.
-Khaira, la dama de la muerte- leyó- contra Souka, el destello blanco. Las reglas son simples: quien muera, quede fuera de combate o se rinda... pierde.
Miré a la dama de la muerte. Había oído hablar de ella: se decía que su acero cortaba con extraña suavidad y elegancia y que con sus movimientos la muerte se convertía en algo dulce.
Nos miramos durante un momento antes de levantarnos. Llevaba el pelo recogido y dos mechones de cabello negro le caían sobre el rostro. Tenía unos ojos azul vidrioso, que dejaban ver una mirada segura y atractiva. Vestía con prendas de cuero y tela azulada, quedando los hombros al descubierto. Asomaba sobre su hombro la empuñadura de una catana que llevaba a la espalda.
Subimos ambos a la tarima. Nuestro caminar era tan silencioso que podía oír la respiración de los allí presentes.
Khaira desenvainó la catana con suavidad. -Es silenciosa... y paciente... no debo subestimarla- pensé. Desenvainé mi hoja. Levantó su filo por encima de su cabeza con una pose elegante y temeraria al mismo tiempo.
Las armas chocaron con increíble rapidez. Khaira tenía mucha fuerza en los brazos a pesar de aparentar lo contrario. Peleaba con una velocidad increíble. Las estocadas me caían como una lluvia de flechas a la cabeza, al costado... por todas partes. No se oía sonido alguno que revelara su siguiente movimiento, tan sólo se oía el eterno chocar del acero.
Pronto comencé a acostumbrarme a sus movimientos y empecé a presionarla ganando terreno, obligándola a retroceder y girar en círculos. Tuve mi oportunidad cuando ella alargó el brazo y se inclinó hacia delante. Me hice a un lado con rapidez e hice una floritura con mi hoja que desarmó a mi oponente. En el momento en el que iba a separar la catana caída, ella se llevó una mano a la espinilla y sacó como una centella un puñal que dirigió contra mi cabeza. Aquello me pilló por sorpresa y por poco no lo cuento. Me hizo un corte en la mejilla.
Khaira saltó con asombrosa agilidad y cayó de cuclillas junto a su catana. Tenía los ojos muy abiertos. Era la primera vez que me hacían una herida.
Sonreí. Pude ver un destello de temor en los ojos azules de Khaira, pero desapareció al instante y se puso en pie, adoptando la misma pose que en un principio.
-Interesante- susurré.

The Reaper

sábado, 24 de mayo de 2008

Choque de acero (Parte II)


-Acepto.
Se hizo el silencio absoluto. Tan sólo se oía el furioso viento que comenzó a soplar, ondeando las ropas de los allí presentes, y la entrecortada respiración de Faghorn, que no se molestó en ocultar su sorpresa.
Se acercó un hombre y se puso delante de mí. Me evaluó con la mirada.
-¿Estás seguro chico?- preguntó en tono burlón.
Hubo un destello. De pronto el hombre se encontró con el filo de mi hoja en el cuello, una gota de sangre se deslizó con timidez hasta la nuez.
-Dame un motivo- dije sin levantar la voz- y te enseñaré a respetarme.
El público comenzó a exclamar conmocionado.
-¡Es rápido!.
-¡Ya lo creo!.
Pronto empezaron a gritar.
-¡Deja que luche!.
-¡Que comience el combate!.
Bajé la catana. El hombre espiró aliviado. Una película de sudor cubría su rostro.
-Está bien, ¿cómo te llamas?.
-Souka.
-Muy bien- dijo elevando la voz y volviéndose hacia el público- Presenciamos aquí y ahora el siguiente combate: Faghorn, la roca de acero, contra Souka... el destello blanco.
El clamor del público retumbó en el aire. Faghorn se abalanzó hacia mí con el hacha por encima de su cabeza con la misma furia que un perro rabioso, dispuesto a vencerme de un solo golpe. Me mantuve inmóvil hasta que estuvo a un metro de mí. Me hice a un lado con rapidez y le hice tropezar con la pierna. Cayó bruscamente al suelo pedregoso y se levantó al instante mascullando maldiciones.
Esta vez me atacó de forma más prudente, aunque no por ello obtuvo mejor resultado. El filo del hacha cortaba el aire mientras que yo esquivaba siempre en el último momento todos los golpes. Faghorn comenzó a desesperarse.
-¡Deja de huir maldito! ¡Ven y deja que te arregle esa carita tan preciosa que tienes!.
Dejé que me atacara una vez más y le hice un profundo corte en la mano con la que sujetaba el hacha, que cayó al suelo. Antes de que él mismo se diera cuenta, yo ya había saltado sobre sus hombros y le había alzado la cabeza con una mano, mientras que con la otra sujetaba el filo de mi catana contra su cuello.
Se hizo el silencio de nuevo. Pude notar que todos contenían la respiración, esperando el corte final.
En cuanto Faghorn cayó en la cuenta de que había perdido, levantó los ojos hacia mí y sonrió.
-No me esperaba esto de ti, chico.- se rió- el combate es tuyo.
Envainé la catana y salté con agilidad al suelo.
Aún podía recordar los vítores y aplausos que recibí cuando gané el combate. Faghorn me elevó con un brazo como se eleva a una simple pluma y me sentó sobre su hombro mientras que con el otro brazo alzaba el hacha ensangrentada del anterior combate. A mi no me había hecho ningún rasguño.
-¡Souka! ¿Me estás escuchando?.
Volví a la realidad con un respingo.
-No.
-Pues escúchame porque quizá esto te interese- dijo mientras señalaba hacia mi derecha- ¿qué te parece?.
Me volví hacia donde señalaba, una puerta bajo un letrero que decía: “Gran torneo de luchadores de alto nivel”, escrito con lo que parecía sangre. No respondí de inmediato. A mi no me apetecía pero sabía de sobra que era un evento demasiado tentador para Faghorn.
-Está bien- suspiré- pero sólo lucharé si es necesario.
Me cogió de un brazo y me arrastró consigo.
-Vamos, vamos, puedo sentir la sangre desde aquí- su vena del cráneo volvió a dilatarse.
-En fin...- sonreí a pesar de todo.


The Reaper