sábado, 13 de diciembre de 2008

El Gremio de Escritores

He inciado un blog que tendrá varios administradores y donde todo el mundo podrá escribir. Para que los relatos sean publicados tendrá que avisarnos y ya está. Se pretende que varias personas colaboremos en crear un mundo, pudiendo más adelante cambiar de mundo (época, fantasía y demas cosas).


El blog es:

http://elgremiodeescritores.blogspot.com/


Y concretamente queda todo mejor explicado aquí:

http://elgremiodeescritores.blogspot.com/2008/12/el-gremio-de-escritores.html

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Arrasar (Parte IV)




-…En fin…-.
El grupo de gente recién llegado se reunió alrededor del chico herido en el suelo. Dicho grupo era de lo más variopinto:
El que había llegado en primer lugar debía tener un año más que yo aproximadamente. Iba todo de negro: el pelo, la perilla, la ropa… hasta los ojos se hallaban inmersos en una siniestra oscuridad. Su camiseta estaba rasgada y cubierta de sangre. O eso me pareció al principio, ya que luego cuando se acercó un poco más me di cuenta de que era un dibujo en el que ponía con salpicaduras de sangre la palabra: “Blooddrunk”. Sostenía en la mano derecha una torre de ajedrez (negra para variar). No parecía importarle en absoluto lo que pasaba a su alrededor, porque no dirigió la mirada a nadie, sino que puso un pie encima de la cabeza del chico y la pisoteó levemente con curiosidad, como si quisiera ver como reaccionaba.
Tras él venían dos chicas. La de la izquierda tenía una larga cabellera oscura, cuyos ondulados mechones franqueaban entre penumbras unos ojos rojos sedientos de sangre. Cuando sonreía, la punta de unos plateados y afilados colmillos se asomaba por la comisura de su boca. La empuñadura de una catana asomaba por su espalda. Llevaba un top negro que se adaptaba a su cuerpo de manera perfecta, unos pantalones negros ajustados con inscripciones en sangre a lo largo de la pierna derecha y unas botas con bordes de acero, a juego con sus colmillos y con su catana.
La chica de la derecha era más bajita. Tenía el pelo más corto y más liso. No dejaba de sonreír, mostrando una dentadura blanca y perfecta (era increíble como se las arreglaba para enseñar todos los dientes). Sus ojos eran verdes y brillantes. Llevaba un fino jersey blanco de cuello ancho que le dejaba un hombro al descubierto. Como pantalones llevaba unos vaqueros azules y botas negras de suela dura. En su espalda cargaba con un arco y un carcaj. Quitó de en medio al chico de la torre de ajedrez haciéndole cosquillas. Éste dejó de pisotear el cráneo enfurruñado. La chica se acuclilló al lado de lo ya que parecía un cadáver.
-Conozco un jutsu médico infalible que lo curará- aseguró con una sonrisa de loca que me preocupó.
El gran jutsu médico resultó ser taponar el agujero metiendo el dedo. Lo más lógico del mundo. Pero en parte tenía razón, dejó de brotar sangre. Sin embargo, de pronto se borró la sonrisa de la chica y le sustituyó un grito de dolor.
-¡Lyra!, ¡Me ha mordido!- exclamó indignada.
-¿Quién? ¿Jaime?- respondió su compañera.
-¿Jaime?- reaccionó de pronto el chico de la torre de ajedrez- ¿Quién es Jaime?. Se llama primo. Lo pone en su dni.
-¡Es igual! Primo no me ha mordido, ha sido su estúpida neurona.
Y al parecer la neurona volvió a morderle el dedo con más fuerza, a juzgar por el grito que brotó de sus cuerdas vocales.
De pronto el suelo se cubrió por una alargada y sinistra sombra.
-¡Charly!- saludó Lyra – mm… ¿dónde está el resto?- preguntó inclinando la cabeza ligeramente.
Tuve que alzar la cabeza para verle bien. Tenía el pelo rizado. Llevaba gafas de sol, una sudadera hecha con lo que parecía piel de lobo, y una gigantesca sierra eléctrica apoyada en el hombro. Alzó la mandíbula con una seriedad imponente, que se transformó en una sonrisa de paranoico.
-El resto… se ha quedado atrás…- respondió.



The Reaper

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Infierno (Parte 1: sucesos)


Despegué mis párpados y me levanté del suelo. Totalmente desnudo y sin saber donde me encontraba, observe el inmenso páramo que me rodeaba sintiéndome totalmente perdido y desorientado, pues un desierto de arena infinito se mezclaba en color marrón rojizo con un cielo nublado. Hacía bastante calor y un mar de dudas surcaba velozmente mi cabeza. Aun con miedo ante una más que probable muerte en un lugar así, avancé entre dunas con la esperanza de encontrar… algo…

Tras dos días andando sentía el estómago lleno de ratas rabiosas y enfurecidas rugiendo por salir de allí y la lengua y la garganta como el papel de lija. Poco rato pasó desde lo que consideré que debía de ser por la mañana, pues allí no había cambios de luz, y empezó a caer una llovizna de luces pequeñas, aunque el color del cielo no había variado tampoco. Desgracia la mía cuando me encontré con que esas luces eran una lluvia de fuego que, como cabezas de cerilla encendida, caía en numerosas pero pequeñas dosis que se apagaban en el suelo o, peor aún, me abrasaban la piel. Como un loco intenté cubrirme de arena como pude para evitar las quemaduras y aguanté durante horas medio enterrado hasta que la lluvia terminó. Demasiado absurdo para ser real… Demasiado doloroso para no ser verdad…

Es tras mucho andar durante largos días, sin comprender la razón por la que no estaba muerto y podía seguir andando a pesar de ver sobradamente el relieve de mis huesos, cuando encontré un oasis. ¿Un oasis? Me lancé a la carrera y salté a sus aguas bebiendo al tiempo que me zambullía. Entonces noté algo raro. Eso no era agua, sabía como a hierro y era más espeso. Saque la cabeza otra vez a la superficie y me vi metido en un oasis de sangre. Salí aterrorizado y me quedé mirando a lo que antes me había parecido agua y ahora no lo era. Las gotas de sangre se deslizaban por mi cuerpo y es entonces cuando me di cuenta de que había recuperado mi físico normal y mi boca volvía a segregar saliva en abundancia. ¿Era ese oscuro brebaje lo que me había repuesto?

Sin embargo, antes de poder pensar más en eso, descubrí un árbol completamente negro y sin hojas cuya presencia no había notado antes. De todas formas, no era eso lo que más me preocupaba, sino un agujero que tenía en su tronco, ese agujero me aterrorizó los siguientes días que pasé allí. Era una abierta caja de Pandora de la que podrían salir los males en cualquier momento y no podía dormir esperando a que vinieran a por mí. Sí… padecía insomnio por el miedo que me infundía, y quería marcharme pero la sangre, que me repugnaba profundamente, era a la vez un alivio y una droga que no podía dejar por mucho asco que le tuviera. Quería irme pero no tenía a donde y aquí tenía asegurada la supervivencia, pero vivir entre miedo y arcadas no me gustaba. Aún así, no podía marchar.

Maldito árbol… ¡Conspiraba contra mí! Estaba seguro de que se movía cuando yo dormía. No podía dormir demasiado rato seguido o llegaría donde mí y… no quería acabar en ese agujero, ¡no me devoraría un vegetal! Mi paranoia aumentaba cuanto más tiempo me quedaba allí, mi sueño se veía mermado cada vez más y proporcionalmente crecían mis ojeras. Tenía que vigilarlo, no podía despistarme. No, no podía quitarle ojo de encima o sería mi fin, no podía dormirme…

Pasaron más días aún, perdí la cuenta de cuánto tiempo llevaba en ese mundo. Un día, llegó una mujer que en vez de brazos y piernas tenía alas y garras, una arpía. Se posó tranquilamente en el árbol y dijo de forma que parecía que escupía al hablar “Debo castigarlos, han de recordar siempre el mal que hicieron. Se lo merecen…”. “Hola, ¿hay algo más allá de este lugar?” le dije yo pero habló sin aparentar darse cuenta de mi presencia “Humanos, humanos, estúpidos humanos, os voy a desgarrar. Quiero escuchar vuestros gritos…”. Y siguió diciendo cosas a la vez que echaba el vuelo. Le grité “Gracias”, pues me había hecho pensar que había algo más en este desierto. Debía largarme de aquí, por mucho que eso supusiese dejar mi alimento maldito. Pero antes… antes tenía que terminar con algo… Me acerqué corriendo al árbol y metí un puñetazo de lleno en el agujero. Se oyó un crujido y medio árbol cayó para atrás. Dentro de su tronco había unos huesos machacados y un colgante con una piedra negra. Efectivamente, ese árbol me habría comido. Me colgué el colgante, convirtiéndose así en mi única prenda y la sangre del oasis se fue aclarando lentamente hasta convertirse en agua. Ese lugar ya no estaba maldito.

Tras mucho caminar, pasaron meses y las lluvias de fuego se habían convertido en sólo una pequeña molestia. Ya me había acostumbrado al fuego quemando mi piel, la cual se regeneraba pasadas unas horas. Con el tiempo llegué a algo nuevo, lo que me pareció una parrilla gigante con unos 30 metros de radio. Básicamente había una verja de metal a la altura del suelo y un agujero con ardientes brasas. Y en medio había algo, o más bien alguien, encadenado. Puse un pie en la verja pero me quemó mucho más que la lluvia, no podía acercarme Así que le dirigí unas palabras a gritos pero me ignoró. Estaba allí tumbado sobre hierros ardientes a poca distancia de las brasas. En poco rato una llama de fuego salió del brasero y acarició al hombre. Él gritó de dolor. Poco a poco fue subiendo la figura y lo que al principio había sido una mano se convirtió en un montón de llamas en formas de mujer. Esa mujer ardiente se colocó encima del pobre personaje que no dejaba de gritar y lo violó. Pasaron horas en las que no pude hacer otra cosa que esperar y escuchar gritos y llantos y, ya satisfecha, la mujer se volvió a sus brasas dejando a su víctima sexual sucumbida bajo la mortal pasión. A pocos metros había una placa que me acerque a ver y cuya inscripción decía “Judas Iscariote, condenado a sufrir la eternidad”. Y así era, todos los días venía la mujer de fuego a torturar al pobre Judas así como el águila que se comía el hígado a Prometeo.

Pasó el tiempo y tuvimos una amistad profunda en la que yo le contaba cosas y el simplemente sufría cuando le tocaba y el resto del día se quedaba tirado, nunca habló. Acabé decidiendo que tenía que partir de nuevo, me sentía mal por él pero no podía quedarme allí de por vida. Así que al final, en medio del momento de dolorosa pasión, me marché gritándole entre lágrimas “¡Lo siento, Judas! ¡Perdóname, por favor! ¡Judas, lo siento!”…


The Blind

martes, 25 de noviembre de 2008

La amabilidad no va por delante


Antes de nada advierto: esto no es un relato sino un artículo de opinión para un periódico escolar que pretendemos hacer para un concurso. Yo por supuesto voy completamente a mi bola y escribo acerca de lo que me da la puñetera gana. Os lo pongo porque supongo que estaréis de acuerdo y sea como sea os hará gracia (espero).

-------------------------------------------------------------------------------------------------

Aún recuerdo aquellos tiempos en los que viajábamos en familia en coche con mi pobre madre martirizada pues, como ella siempre nos cuenta, a falta de media hora para llegar a cualquiera que fuese nuestro destino, mis hermanos y yo teníamos un chip que nos hacía alborotarnos y ser, a conciencia, lo más molestos que pudiésemos. En estos viajes en concreto, tengo presente también parar a menudo en un bar para comprar el periódico del día y ese señor cuyo enfadado rostro nos demostraba que se veía forzado a dejar su silla y su cerveza durante unos segundos para atendernos.


Me resulta tedioso tener que pagar por unos servicios y que aquella persona que me atiende, y cuyo sueldo depende de mi cartera y la de otras gentes similares, no sepa manifestar siquiera un leve gesto de agradecimiento sino que incluso llega a tener unas formas completamente reprochables en sus métodos para atinar con los modales. Y es que seré raro pero me desagrada por ejemplo ir a comprar el pan, cosa común donde las haya, y que la señora, que por supuesto se gana la vida de forma honrada y virtuosa, tenga una gran dificultad en convertir en sonrisa la desalentada curva que forma la abertura anterior de su tubo digestivo. Ya no existe ni amago o intento de ser hipócrita y pretender así contentar al cliente sino que encima me repatea que se dedique a criticar a la persona anterior. Logra que me pregunte qué maravillas contará de un fiel comprador de pan como soy yo, y es que odio premiar con mi dinero a quien no lo merece.


Normalmente me entran ganas de agarrarle las mejillas y estirárselas hasta el cielo gritando a la vez “¡Señora, escandalícese! ¡Vive Vd. tan amargada en su trabajo que no podrá ser feliz tampoco en su tiempo libre y morirá vieja y sola y su único pasatiempo se convertirá en tejer abrigos durante horas sentada en una butaca rodeada de gatos a los que encima será alérgica!”. Es una pena que esta situación tenga unas consecuencias desastrosas que difieran de mis intenciones con tan bondadosa acción. Seguramente la señora se llevaría un susto sobrecogedor y yo sería echado a la tremenda con una barra de pan golpeando mi cabeza y perseguido por violentos ataques orales.


Definitivamente, mi envidia particular en lo que respecta a lo que he vivido se encuentra en un país sencillo como Andorra. En Andorra son conscientes de lo importante que es el comercio para todos ellos y, vayas donde vayas, la gente te tratará de una forma tan afable que entonces te plantearás lo mismo que yo, ¿por qué en mi tierra parece que me estén haciendo un favor si soy yo quien paga y aquí el trato es exquisito aún cuando no compro nada?


Tal vez la razón de todo esto sea que la sociedad, la cual formamos todos y cada uno de nosotros, se dedica a premiar a los que actúan de forma indigna y no a los que deben. Con esto me refiero a que alguien de físico destacado, alguien que sepa dar patadas a un balón e incluso un camello van a vivir mejor, o por lo menos más fácilmente que alguien que se ha pasado su vida estudiando y no le da para pagarse una casa mientras los que actúan con poco esfuerzo se bañan en dinero. Creo entender entonces que, como yo mismo con mi primer trabajo, tanto un hombre que abrió un bar como una mujer que hizo lo mismo con una panadería, comenzasen con un brillo especial en los ojos al iniciar un negocio propio y, al conocer mejor la vida o quizás cansados de la rutina, esa luz con el tiempo haya muerto.


The Blind

viernes, 24 de octubre de 2008

Arrasar (Parte III)

¿Un ejército?

Cerré los ojos con fuerza intentando confirmar que lo que estaba viendo era un sueño. Pero no. Allí estaba: una multitud de figuras negras como la muerte, ocultas entre las sombras en aquel lugar tan recóndito. Antes de tener tiempo para observar mejor el inesperado paisaje, una fuerte pisada y un tintineo metálico hizo que me volviera.

Un chico aproximadamente de mi edad me miraba. Tenía una mirada fría y calculadora… pero sobre todo oscura. Vestía con atuendos negros. En la camiseta tenía un dibujo que me llamó la atención… una espiga trigo tachada con una franja de sangre. Sostenía entre los dedos una cadena de metal de la que colgaba una bola con pinchos. La balanceaba de un lado a otro distraídamente.

-Armgajam- me dijo con una sonrisilla de loco que me preocupó. -Es un saludo.- se explicó- ... bueno a lo que iba… ¿qué haces aquí?- balanceó peligrosamente su bola plateada… por poco se abre la cabeza.

-Me llegó un cuervo.- dije con extraña soltura-. Traía un mensaje.- rebusqué entre los bolsillos y le entregué el mensaje.

-Yo te envié el cuervo- dijo mientras el mensaje se hacía cenizas entre una pequeña llama de fuego que había hecho salir de su mano.

Decidí hacer como si no lo hubiera visto.

-Si tú me has traído hasta aquí…- titubeé- ¿porqué me preguntas que qué hago aquí?-

Por un momento creí que iba a matarme, pero para mi sorpresa se puso a mi lado he hizo que me diera la vuelta.

-¿Ves a todo este ejército?- alzó el brazo abarcando a las miles de sombras que esperaban bajo nuestros pies- han sido reclutados de la misma forma que tú. Un cuervo para cada persona, un cuervo para cada alma, un cuervo para cada vida…- de pronto se giró hacia mí- ¡¿Tú crees que puedo estar en todo?!¡¿Cómo quieres que me acuerde de si te he enviado un cuervo o no?!.

La bola de pinchos se balanceó demasiado y fue a hundirse en su cabeza. Un reguero de sangre descendió por su cuello a una velocidad preocupante.

-Mm… ¿estás bien?- pregunté con un hilillo de voz.

Alzó la mano y se sacó la bola como quien se saca una espina.

“Le habrá atravesado al menos diez centímetros”, pensé sin saber que hacer.

-Auch…- fue lo que dijo- bueno…-sonrió- hace falta algo más para derrotar a mi neurona.

De pronto vio su propia sangre y ocurrió algo inesperado.

-¡¡SANGREEEE!!- gritó eufórico. Pero al instante palideció y cayó al suelo.

Oí que alguien gritaba.

-Primoooo…-

De pronto apareció un grupo de gente que se acercaba a nosotros.

-¡Primo!.

-¿Se ha vuelto a desmayar?.

-La comida no llevaba gluten….

-No, mirad… se ha abierto la cabeza.

-Eso pasa por elegir un arma que no sabe utilizar.

-No se, ¡¡pero ya le hemos recogido cinco veces hoy!!.

-¡Matémosle!

El que iba en cabeza suspiró…

-…En fin…


The Reaper


mm cráneo y yo...

¡Un saludo!

video

miércoles, 24 de septiembre de 2008

La máquina de los sueños



- Aquí tiene el dinero –dijo Gisp ofreciendo el dinero exacto a la dependienta de la tienda-. ¿De verdad funciona?

- Yo misma lo he probado, no he sabido nunca de un aparato tan perfecto.

- Me fiaré de ti entonces. Tu no me mentirías, ¿verdad?

- Verás que tu sueño es perfecto, ocurrirá lo que siempre quisiste que ocurriese en tu vida real. De hecho, no sabrás que es un sueño, creerás que todo es real a pesar de lo ilógico que puede resultarte hasta que despiertes. Es lo que ocurre en los sueños, ¿no?

Gisp se despidió y salió de la tienda con prisa. La “maquina de los sueños” había salido recientemente al mercado y tenía una crítica impresionante a nivel mundial. Lógicamente el precio era exorbitado, pero la posibilidad de evadirse a un mundo donde era feliz no tenía precio. Un mundo creado por su propia cabeza no podía otra cosa que ser perfecto.

La máquina en sí, leía los pensamientos, principalmente los deseos de cada uno y los ejecutaba. Daban más ganas de vivir dormido que despierto.

Y así fue como ese día, Gisp se tomó un somnífero y se arropó entre las sábanas de su cama para dormir cuanto antes, sin haber cenado siquiera.

Y así comenzó el sueño…

- Gisp… -decía una voz lejana- Gisp… Despierta Gisp…

Y Gisp abrió los ojos, los cuales se cruzaron con otros ojos de un verde que siempre había deseado, una blanca sonrisa rodeada por unos labios que necesitaba que chocasen con los suyos…

- Kitara… -dijo levantándose un poco confundido- ¿dónde estamos?

- No es importante –dijo sonriendo aún más-. ¡Vamos, no puedes llegar tarde al concierto!

- ¿Un concierto –dijo animado por la idea de ir con ella-? ¿Quién toca?

- ¿Te has vuelto loco –respondió ella riendo-? ¡Te está esperando el público! ¡Hace meses que se agotaron todas las entradas para verte!

Gisp no entendía nada pero la siguió corriendo como ella iba. Así de repente, llegaron al concierto. Concretamente él apareció en el escenario ante una oleada de gente como no podía existir en la tierra. Todos gritaron al verle llegar “¡Gisp! ¡Gisp!”. Kitara estaba en primera fila, y sus gritos se escuchaban por encima de los de los demás. No supo ni por qué, pero le apareció una guitarra en forma de lanza entre sus manos. Sabía tocar la guitarra pero no podía considerarse un profesional.

Sin embargo, no más plantar la mano en el mástil hizo un punteo acelerado que levantó los gritos de la gente de nuevo. Convencido, empezó a tocar y cantar canciones que ni conocía. Todas hubiesen sido grandes canciones de los mejores grupos y habrían necesitado meses para crearlas. Sin embargo, ¡él las estaba interpretando con una improvisación incongruente!

Tocó varias canciones y, tras romper la guitarra contra su propia cabeza, saltó hacia el público que le recibió con los brazos en alza para cogerle. Pero al caer, se encontró en el suelo, encima de Kitara, sin nadie más en rededor.

- Un concierto increíble –le dijo ella con las mejillas rosadas y las pupilas clavadas en las de él-.

- Bueno… -dijo el sonrojándose- Lo cierto es que no sabía que pudiera hacer eso.

- ¡Oh, que escena más enternecedora –sonó otra voz en tono burlesco seguida de las risas de otras dos.

Era una persona que Gisp conocía bien. Ese maldito descerebrado que volvía a estar acompañado de sus perros, sus fieles “amigos” con tanta personalidad que hubiesen seguido a un trozo de hormigón por ser más pesado e inteligente que ellos. Y allí estaban, haciendo bulto con ese matón que de por sí solo ya ocupaba lo mismo que un armario.

- Paletum… De esta te voy a devolver todas tus palizas juntas –con estas palabras, Kitara se apartó un poco asustada y Gisp se levantó-.

- ¿Que vas a hacer qué –respondió Paletum-?

- Matarte.

Se materializó a la espalda de su oponente y le propinó una avalancha de puñetazos (a una media de 400 km/h por golpe) que su oponente recibió sin poder evitarlo y que dejaron sus huesos masacrados y su cuerpo quedó como una masa blanda que manaba sangre que se iba dispersando por el suelo.

Los otros dos corrieron en direcciones opuestas. Al primero lo alcanzó de nuevo apareciéndose delante y lo detuvo poniendo dos dedos en su frente. Bueno, mas bien incrustándose en ésta. Después le arrancó la cabeza y la utilizó como proyectil para derribar al otro. Se acercó con calma hasta donde el segundo esbirro estaba. Puso un pie en su pecho y le aplastó sus crujientes costillas sin contemplaciones.

Con todo esto, Kitara parecía sentirse delante de un salvador a pesar deque Gisp acabase de matar a tres personas. Bueno, esa escoria en concreto se lo merecía. Ella se le acercó y le dio un abrazo sin importarle que chorrease sangre.

- ¡Has estado fantástico!

- A veces la gente hace cosas que nunca hubiese pensado que pudiese hacer hasta que se encuentra en una situación de peligro.

- ¿Sabes ya que eres número uno en ventas?

- ¿Cómo dices?

- ¡Tú libro de relatos! ¡Tus historias son conocidas por todo el mundo, has vendido mas copias que la Biblia, el Quijote, todos los diccionarios en toda lengua existente y Harry Potter juntos!

Y seguido se encontraron en la presentación de su libro, el cual curiosamente había vendido tanto siendo publicado en ese mismo momento. Él nunca había sido más que un escritor aficionado pero… ¡allí estaba! Sus pequeñas historias gore-humorísticas habían cuajado en el mundo de los lectores y se había convertido en el mejor escritor de la historia con su primera publicación. Tuvo que hablara ante la gente, tuvieron comida para picar y se codeó con las personas más brillantes del planeta que existía y que habían existido. Entre otras, tuvo una interesante discusión con Platón, el cual insistía en la existencia del continente perdido en las aguas del mar.

Entonces la presentación acabó y volvieron a quedar ellos dos. Los ojos verdes se aproximaban y se cerraron cuando estaban tan cerca que se veían desenfocados, pues, aunque no los ojos, su dueña le estaba besando. Besando como el siempre había querido…

- ¡Arriba, tienes que ir a clase –le despertó su madre encendiendo una molesta luz-!

Gisp se levantó sin decir nada. No podía ser que todo hubiese sido soñado, pero cogió el aparato que en su cabeza estaba enganchado y lo recordó con pena.

Miró su guitarra, reposando en una silla cogiendo polvo por la falta de atención, encendió el ordenador y abrió tristemente su blog, donde colgaba aquello que escribía. “Cinco comentarios…” dijo para sí mismo.

Y preocupado cogió rápido el teléfono y marcó un número determinado. Alguien cogió:

- ¿Sí –dijo una voz-?

- Paletum, ¿estás muerto?

- ¿Quién…?

Colgó. Y seguidamente marcó otro número.

- ¿Quién es –dijo otra voz-?

- ¿Está Kitara?

- Sí, ahora se pone.

- ¿Hola –dijo otra voz más pasado un momento-?

- Kitara, dime que me quieres…

- ¿Gisp? ¿Pero estás loco? Deberías cambiar de camell…

Colgó de nuevo y se fue deprimido a prepararse para ir a clase. No sabía como podría volver a soportar lo mismo de siempre tras haber sido feliz por una noche. Entonces obtuvo la respuesta: si soñando era feliz, debía de dormir para siempre…

Ese mismo día el metro estuvo inactivo durante horas a causa de un suicidio.

-----------------------------------


Ah, y lo prometido es deuda, no tiene paint:


The Blind

lunes, 15 de septiembre de 2008

El poder del Metal

¡¡¡DEATH!!!

Bajo la tormenta de truenos
Descargamos nuestra ira
Hacia los que llamamos "poperos"
Que nos joden la vida

Cuatro amigos que tocan Heavy Metal
Preparados para el rito infernal
Tras largos años de trabajo han acabado
Su excavadora gigante han terminado

Inician su recorrido
Raptan poperos a porrillo
Les machacan con sus guitarras en trocitos
Para comérselos, pues es su rito

Satán ha sido sustituido
Por el más loco grupo de amigos
Nadie les puede parar
El mundo van a aplastar

En el núcleo de la tierra
Se anuncian aires de guerra
Pero antes a papear
Beben ácido sulfúrico y comen tanques hasta reventar

El cantante empieza a gritar
Cantos infernales
Con sus cuerdas vocales
Que comienzan a vibrar

Le sigue el guitarra con su instrumento de hierro
El único que no se rompe ante el poder del acero
Su arma esta repleta de pinchos
Para desangrarse con ahínco
Combinado con una sierra mecánica
Toca solos con su guitarra eléctrica

El teclista se desfasa con su teclado
Hecho de costillas atadas con venas de condenados
Sus notas desgarran las cabezas
De los sufridos que a mordiscos les arrancan las orejas

El bajista masacra su bajo
Agita las greñas
Y arrea las cuerdas
Todo ello a puñetazos

El batera da cien golpes por segundo
Con martillos del inframundo
Rajándose el cuello con sus platillos
Y desangrando a sus enemigos
Olvidándose de todo el mundo
Se saca los ojos con gusto

Con los altavoces de potencia nuclear
Desde el centro de la tierra va todo a reventar
Ríen sádicamente sin consuelo
Con sus ojos sangrantes mirando al cielo

Se les salen las entrañas
Cuando están metiendo caña
Mientras el planeta peta
Todos mueren por el Heavy Metal…

-----------------------------------------

Buenas y malas gentes: esta es una canción que escribimos el primo y yo hace la tira y que surgió en recopilacion de ideas de un día que nos pusimos a decir chorradas. En realidad, las rimas dan bastante pena, se nota que hace mucho que está escrito. Sí, uno se da cuenta tras mirar sus primeros escritos que ha mejorado (lo cual no hace que sea bueno, sino mejor que antes).

En fin, tengo algunas cosas por escribir, a medio escribir o simplemente ideas a la espera de ser desarrolladas pero estos días no estoy uniendo palabras para crear relatos. Dentro de poco os compensaré.

Y bueno, por puro aburrimiento, os concendo lo nunca visto para vosotros, una foto mía con un cráneo en un palo:


Lo siento por los que tuvieseis curiosidad. Venga, prometo que en mi próxima entrada publico una foto y no me dibujo con paint por encima de la cara.

Saludos.

The Blind

sábado, 6 de septiembre de 2008

Arrasar (Parte II)


La luna resplandecía con un tono rojizo. Los pinos teñidos en sangre se alzaban alrededor del cementerio, inmóviles. El vapor de la nieve al derretirse me nublaba la vista y me provocaba náuseas. Olía a muerte. Oí un batir de alas. Bajé la mirada y me sobresalté. El cuervo se había posado en mi pierna ensangrentada y picoteaba la herida que él mismo había abierto. Intenté espantarlo pero no encontré los brazos. De pronto el cuervo alzó la cabeza hacia mí... “Sigue al niño salvaje, él te llevará hasta la muerte” dijo sin abrir el pico bañado en sangre. La temperatura bajó bruscamente. El cuervo alzó el vuelo y fue a posarse al otro lado del cementerio sobre el hombro de una siniestra y oscura silueta que se alejaba entre las sombras...
Desperté. Mi cuerpo se contraía azotado por violentos temblores. Las mantas que antes me cubrían se habían caído de la cama. Giré hasta el borde del gélido colchón y alargué el brazo para volver a abrigarme. Poco a poco los temblores fueron cesando. De pronto recordé porqué me había despertado y pensé en el cuervo. Sabía que me había dicho algo pero no alcanzaba a recordar el qué. Me acordé de la extraña silueta sobre la que el cuervo se había posado. “Me dijo algo sobre la muerte”. Palpé con la mano mi pierna, pero allí no había ninguna herida.
Me senté en la cama y me ceñí las mantas al cuello. Una alfombra de prendas sucias acumuladas con desorden durante semanas cubría el suelo de mi habitación. El armario en el que debía guardarse la ropa estaba cerrado. De la puerta colgaba un gran póster de Apocalyptica, con los tétricos y oscuros violonchelos de siempre, junto a otro póster de W.A.S.P., desde donde Jackie Lawless me observaba con ese deje de locura tan propio de él.
Sin embargo, lo único verdaderamente ordenado de la habitación era la estantería. Tenía tres pisos: en el primero descansaban libros de fantasía variopinta colocados por tamaño, junto a mis discos ordenados por estilos, en el segundo había montones de partituras de música, el trabajo de toda una vida, y, por último, decoraban la cima de la estantería un par de estuatillas de mercadillo, un esqueleto haciendo surf, y la muerte sosteniendo su guadaña. Nada del otro mundo.
La mesilla estaba al lado de la cama, sobre la que había una lámpara cubierta por una fina capa de polvo y un papelito meticulosamente doblado.
Saqué un brazo de entre las mantas y cogí el papel:
“Crea tu propio camino. Extremo Este de la calle del Olvido”.
La calle del Olvido. En esa calle precisamente tuve aquel accidente de coche con mi familia. Tan sólo sobreviví yo. ¿Casualidad?. “Un lugar en el que has vivido una experiencia cercana a la muerte te conducirá hasta la mismísima muerte...” pensé con la mirada perdida. Todo era muy irónico.
Sin embargo, allí estaba el papelito que sostenía entre mis dedos. ¿Quién me habría mandado aquel extraño mensaje?. Volví a pensar en la muerte.
Me levanté con lentitud y me vestí. Miré por la ventana. Atardecía. Bostecé y salí de casa.
El aire limpio invadió mis pulmones. Me metí las manos en los bolsillos y comencé a andar. Crucé varias manzanas hasta que al cabo de una media hora llegué a la calle del Olvido. No había ningún coche. Observé el sol y me caminé en dirección opuesta, hacia el este.
Mi mirada estaba clavada en la sombra que se adelantaba a mis pasos. No sabría decir cuanto tiempo estuve caminando cuando de pronto el asfalto que estaba pisando se convirtió en piedras y arena. Alcé la vista. La calle terminaba allí, y en su lugar un caminito de campo ascendía en curvas hasta una colina, detrás de la cual había un gigantesco risco débilmente iluminado en la cima por los últimos rayos del día.
Seguí caminando. Llegué a pie del risco y sin pararme a pensarlo comencé a escalarlo. Era un buen escalador, con lo que no tuve problemas en llegar hasta arriba sin dar ningún paso en falso. En cuanto vi la altura a la que estaba se me revolvió es estómago.
Una vez en lo alto apoyé las manos en la roca y subí con las rodillas. Una explanada de hierba fresca y verde me daba la bienvenida. Después de descansar unos minutos me levanté. Observé que la explanada no se extendía mucho.
Anduve un poco más y llegué hasta el borde de un precipicio. El corazón me dio un vuelco. ¿Un ejército?.


The Reaper

viernes, 29 de agosto de 2008

Acabado (Saga sin nombre, relato 2)

- Ponme otra copa de vino –dijo Koberec tambaleándose-.

- Son 5 unidades de orichalcum –respondió el tabernero empezando a servir-.

Koberec rebuscó torpemente en el fondo de sus bolsillos y juntó las últimas monedas que le quedaban para pagar al tabernero. Sin agradecer siquiera, cogió su copa, derramando la mitad por el camino, y se balanceó para volver a su sitio, donde se encontraba en compañía de una elevada embriaguez que se alimentaba de sus sentidos y los iba menguando proporcionalmente al alcohol que sin descanso ingería.

Inspeccionó por encima a la gente que por allí descansaba y festejaba, salvo algunos a los que dedicó un poco de atención. Observó con desprecio a un hombre barbudo y gordo, con la cara marcada por la viruela. Estaba comiéndose un pedazo de pollo y la salsa que a éste acompañaba se le untaba en las manos y goteaba por la barba. Bebió de aquel vino agrio y miró hacia otro lado. Se fijó en un hombre encapuchado al cual no podía ver bien el rostro, pues la sombra de la capucha se lo cubría. No tenía pinta de ser precisamente una persona de la que uno podría fiarse. “En mis días como capitán de la guardia no pasaba gente como esa por el pueblo” pensó.

En su pésimo estado iba a intentar pensar más pero la entrada de dos hombres anunciándose a voz en grito ocupó por completo lo que restaba de su percepción. Ellos…

- ¡Tabernero! –grito Miekka- ¡Sácanos lo mejor que tengas en tu sucia bodega y que tu preciosa hija nos sirva un manjar de reyes, pues mañana el mismísimo rey nos dará buena recompensa por nuestros servicios!

- ¡Por no hablar del importantísimo ascenso que recibiremos, hermano –dijo Rand aporreando la mesa entre risas-!

Se sentaron sin preocuparse por pagar y cuando la hija del tabernero fue a servirles no quisieron dejar que se fuese. La agarraban, manoseaban y hacían propuestas fuera de tono aunque ella se resistiese por pura repugnancia sobre aquellos sujetos.

Sin poder aguantarlo más, Koberec se levantó, aunque el equilibrio se lo dejó por el camino y cayó directamente de bruces al suelo. Para su fortuna, los hermanos Miekka y Rand llamaban más la atención que él y pocos lo vieron caer tan ridículamente como había sido la situación.

Se propuso levantarse de nuevo. Y esta vez, gloriosamente, lo consiguió. Aunque con dificultad, se desplazó los pocos metros que le separaban con ellos y sacudió el brazo por encima de la mesa tirando su comida.

- Bastardos, ¡vosotros provocasteis mi expulsión –dijo trabándose la lengua un par de veces en tan pocas palabras-!

- ¡Mira quién está aquí –dijo Rand soltando a la chica, quien volvió con su padre-! ¡Es nuestro amigo, Koberec!

- ¡Koberec! ¿Sigues mendigando por las calles? Me han dicho que das tanta pena en los barrios bajos que incluso otros mendigos te han dado limosna, ¡debes estar forrado –se burló Miekka-!

Sin mascullar nada más, e ignorando las blasfemias que ahora proclamaban acerca de su madre, Koberec desenvainó la espada. En un momento lo desarmaron con sus respectivas espadas, lo tiraron al suelo y lo patearon entre las risas y gritos de ánimo de los demás bebedores de la taberna. Con pan y circo, población contenta.

- Vamos a llevarnos a este cerdo a dar una vuelta, parece que necesita aire –dijo Miekka-.

Lo sacaron por la fuerza y lo llevaron a las afueras del pueblo metiéndose un poco en el bosque, donde nadie pudiera verlos y lo volvieron a tirar al suelo.

- Mírate –dijo el incansable Rand-, eres como asqueroso un cerco revolcándote en el barro.

- Igual que la cerda de su madre –prosiguió Miekka arrojándole unas bellotas del suelo-.

- Bueno, creo que ha llegado el momento de ejecutarte –dijo Rand volviendo a dejar ver el filo de su impecable arma-. Volveremos a la taberna y festejaremos tu muerte, brindaran las copas y se comerá en abundancia.

- ¡Espera! –dijo Miekka interrumpiendo-.

- ¿Pero qué…?

- ¡Corre!

Los hermanos corrieron más que si persiguiesen a la hija del tabernero y desaparecieron en seguida. A estas alturas, Koberec no se había enterado de nada y de nuevo reunió fuerzas para intentar, que no conseguir, levantarse, pues se resbaló. Con la cara estampada en el barro, notó una mano en su hombro. Pensando que se trataba de nuevo de esos pesados hermanos con ganas de seguir jugando, se llevó velozmente la mano a la pierna y una daga voló para clavarse en el pecho de alguien a quién vio un segundo después de haber atacado sin preguntar.

Una chica de ojos grises le miraba fijamente con expresión de sorpresa. La sangre le empapaba las ropas a gran velocidad. Koberec no tuvo tiempo a pedir disculpas e intentar repararlo, ni siquiera de soltar la daga cuando un dolor intenso se acentuó en su mano. Toda la flora que había alrededor se había congelado y por su brazo trepaba rápidamente la sangre de Nebbia mezclándose letalmente con el hielo que poseía en su alma.

Koberec no podía gritar ni moverse, y pronto perdió el sentido cuando su cuello quedó atrapado bajo las fauces de Hevn…



The Blind

domingo, 24 de agosto de 2008

Arrasar (Parte I)

Bajaba la temperatura. Mi aliento entrecortado se fundía en forma de niebla con el aire gélido que castigaba mis pulmones. Hacía demasiado frío. Los melancólicos y distantes sonidos quebraban el tétrico silencio que tan sólo podría hallarse en aquel oscuro, frío, siniestro y solitario cementerio.
No me preocupaba la pulmonía que posiblemente cogería por la falta de abrigo y de calzado. No sentía en absoluto los pies y el resto del cuerpo parecía haberse esfumado. Pero tampoco esto me preocupaba. Lo importante en ese momento eran mis manos que, al contrario que el resto de mi cuerpo, estaban vivas y ajenas al frío que las rodeaba. Mi mano izquierda danzaba con firmeza sobre el mástil de mi pequeño violín, mientras que la otra deslizaba el arco de un lado a otro, unas veces con suavidad, y otras con brusquedad.
Me encontraba sentado en una roca, con los pies hundidos en la nieve y mi instrumento pegado al cuello. Los pantalones a penas si protegían mis congeladas piernas y mi torso desnudo se contraía con todos sus músculos para no desfallecer. Unos mechones cubiertos por una fina capa de hielo entrecortaban mi visión, clavada con determinación en la tumba de mi padre. Mis labios amoratados estaban apretados con firmeza, luchando contra los temblores que amenazaban con hacerme perder el control.
Sin embargo, la música contrarrestaba el duro clima. Las melodías me hacían pensar y mi mente vagaba por mundos imaginarios. Cerré los ojos con fuerza y los volví a abrir al instante. Las pestañas por poco se me quedaron pegadas en el párpado inferior, lo cual hubiese provocado que muriera allí mismo.
Recordé de pronto porqué estaba allí. Necesitaba una respuesta a mi vida. “¿Qué mejor noche que ésta?” pensé para mis adentros. Mis manos no se detenían. El frío me ayudaba a tocar con mayor velocidad.
Odiaba al mundo. Casi tanto como me odiaba a mí mismo. Mi padre, empresario ejemplar de pelo relamido y traje impecable, yacía entre cientos de tumbas colocadas sin orden alguno. Sonreí y noté un crujido en mis mejillas del hielo al resquebrajarse. Miré la tumba con nostalgia y lamenté no haber sido el hijo que él quiso tener. ¿Debía convertirme en el hombre que él quiso que fuera?. Continué tocando. “No”, me respondí a mí mismo. “Es hora de endurecerse y elegir mi propio camino”, pensé.
Paré de tocar. Me sentía contento por la decisión que había tomado. En ese momento el sol comenzó a asomarse por el horizonte.
Toqué una última canción dedicada a mi padre y me levanté con suma dificultad. Las piernas apenas me respondían y temía que se me rompiera algún dedo del pie. En estas condiciones llegué hasta la tumba de mi padre. Una lápida de mármol negro que rezaba su nombre con inscripciones blancas. Unos ramos de flores yacían alrededor cubiertos de una fina escarcha. Dejé mi violín apoyado contra el gélido mármol.
De pronto oí el batir de alas de un pájaro. Levanté la mirada y vi a un cuervo que volaba hacia mí. Levanté la arco del violín por instinto, pero el cuervo se limitó a posarse sobre la lápida. Las duras garras rasgaron ligeramente el hielo que cubría la tumba. Observé con curiosidad al cuervo. De pronto clavé la mirada en una de sus patas. Llevaba atado con un trocito de cordel un pergamino viejo y doblado.
Miré al cuervo y éste levantó las alas. Alargué mis manos temblorosas y desaté con dificultad el cordel. En cuanto tuve el papel entre los dedos el cuervo alzó la cabeza y se fue por donde había venido.
Desdoblé el papel. Una tinta roja cubría el pequeño mensaje con letra delgada y afilada:

“Crea tu propio camino. Extremo Este de la Calle del Olvido”.

The Reaper


viernes, 15 de agosto de 2008

Frío (Saga sin nombre, relato 1)


Caminaba sola y pasivamente por el bosque con la mirada perdida en el suelo, viendo todo lo que en éste reposaba sin fijarse en nada. El espeso bosque apenas dejaba pasar algunos rayos de Sol que se escapaban entre las numerosas hojas que al cielo inundaban.

Pálida, de finos labios y grises ojos era Nebbia, frágil y delicada pero su luz mortecina asustaba. Buscó un hueco entre las gruesas raíces de un árbol grueso y se sentó agarrada a sus propias rodillas. Aunque la temperatura era relativamente elevada, estaba tiritando. Suspiró y el vaho ascendió unos centímetros desde sus labios antes de desvanecerse.

El ruido que producía el viento la abucheaba, las ramas la señalaban, sentía que todo la acosaba. Intentó pacificar su estancia con la naturaleza demostrando que la amaba, que no pretendía ser una intrusa. Para esto dejó su mano acariciar los pétalos de una hermosa flor de vivos colores, pero la flor marchitó al instante. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas y caían en forma de hielo para deshacerse poco después sobre aquello en lo que caían.

Pronto detuvo su ahogado llanto al escuchar un leve sonido y, al levantar la cabeza, vio delante de si misma una pequeña ardilla que la observaba con curiosidad. Nebbia posó la mano en el suelo y dejó que la ardilla se acercase. La ardilla hizo lo deseado y se acercó pero al leve contacto con su mano salió corriendo y chillando espantada. Nebbia se levantó y con un gesto de mano un fino muro de hielo rodeó a la ardilla que insistía en salir de aquella prisión.

- No me rechaces -dijo Nebbia en un susurro al acercarse lentamente-… por favor… no me rechaces…

Cogió a la ardilla que, desesperada, seguía luchando pero enseguida murió entre sus manos. Nebbia soltó a la ardilla y se volvió a encoger gritando y, de nuevo llorando, poniendo las manos en su cabeza como si esta le doliese profundamente.

¿Qué ocurría? En el pasado la naturaleza convivía con ella y florecía a su paso pero ahora todo cuanto tocaba moría sin poder, de alguna forma, evitarlo…

Otra criatura irrumpió en su llanto. Un lobo blanco como la nieve asomó.

- ¡Vete! ¿No has visto lo que pasa con todo lo que a mi se acerca? ¡Aprecia tu vida, márchate!

El lobo se acercó y se sentó a su lado.


- No… t-tú no lo entiendes –balbuceaba Nebbia-…

El lobo agachó la cabeza en petición de ser acariciado. Nebbia movió la mano lentamente mientras repetía en voz baja sus advertencias pero el lobo la silenció con una mirada y finalmente ella posó la mano sobre el suave pelaje del animal. Dejó de tiritar. El lobo no parecía sufrir daño alguno y ella se sentía mejor. Por una vez en mucho tiempo sentía calor para sus adentros. Ese ser podría ser la clave que tanto necesitaba para normalizarlo todo.

- ¿Tienes nombre –preguntó Nebbia sonriendo y llorando otra vez, aunque en esta ocasión era producido por la ocasión-?

El lobo simplemente volvió a mirarla. Nebbia lo abrazó y dijo:

- Creo que te llamaré Hevn…

The Blind

lunes, 14 de julio de 2008

El devorador de cadáveres


La Luna reinaba en la noche dejando que su luz mortecina bañase delicadamente todo…

- “Cuando sois nombrada los hombres tiemblan. La naturaleza se horroriza dejando atrás su habitual firmeza. Ah, cuán oscuros son vuestros vastos reinos, y vuestros tristes desechos, donde nada reina salvo la noche, la oscura noche, y el silencio.”

El viento ya no cargaba con su lamento… arrastraba palabras que navegaban por el aire chocando contra todo aquello que se interpusiera…

- “Nombres una vez famosos, ahora reposan en la duda u olvidados...”

Una figura avanzaba recitando de memoria tétricas palabras…

- “Sepultados entre el naufragio de las cosas...”

Un hombre por el que pudieran haber pasado siglos andaba lentamente…

- “Los muertos más ilustres ahí yacen enterrados.”

… con ropas desgarradas y una vieja pala al hombro.

- “Las puertas chirrían...”

Y bajo el aviso de un búho, ante la entrada de un cementerio se detenía.

- “Las ventanas repiquetean...”

Buscó y encontró, colgada de su cuello, la llave que susodicha puerta abría para dar acceso al lugar donde descansan los muertos.

- “Y la nauseabunda ave nocturna chilla a pleno pulmón en la punta de la torre...”

Abrió la verja que produjo un sonido desgarrador…

- “La tumba.”

… y caminó hacia la lápida más reciente, sobre la que aún no había crecido hierba.

- “Ahí escucho triste y solo los sagrados sonidos, los cuales, mientras se extienden por las criptas góticas, en murmullos apagados, alcanzan mi embelesado oído.”

Leyó la inscripción que en esa piedra había…

- “Divina Melpómene, dulce niñera de la piedad, reina del paño mortuorio largo y suelto, y del paso majestuoso. Deja que Monimio llore la muerte con ojos llenos de lágrimas... de un amor emponzoñado e incestuoso.”

… y descargó la pala.

- “Ahora dejemos que en la vasta tumba la dulce Julieta dé su último beso...”

Comenzó a cavar sin prisa…

- “... En los labios de su fiel Romeo.”

… volviendo a abrir el agujero en el que alguien había sido enterrado…

- “Callada como las pisadas de la noche pasa una y otra vez. La lechuza blanca chilla...”

Y llegado al cofre, el ataúd, lo abrió sin, por un momento, dudarlo.

- “¡Es un sonido espantoso! Que ya más no oiré...”

Y de esa carne muerta que allí reposaba sin ningún remordimiento se alimentó…

- “Que hace que a uno se le congele la sangre.”

… devorando durante largo rato, la vida que otros habían vivido…

- “No ruge ya el fuerte viento. Los hijos de los hombres y todas las bestias yacen en el olvido del silencio.”

… para prolongar la suya…

- “Toda la naturaleza esta callada y dormida.”

Terminado su festín, al salir del agujero, allí encontró una muchedumbre furiosa con antorchas y armas.

- “Ningún ser, salvo yo, esta despierto.”

No cesaron sus palabras, ante los gritos de furia de la muchedumbre.

- “Hasta el sigiloso sueño...”

Se dejó caer de espaldas en aquella tumba que el mismo había profanado, y calló en el recipiente de cadáveres.

- “Mis marchitas sienes se bañan en el opio del rocío... mis sentidos me llevan a través de senderos ricos... en regocijo.”

Y entonces, en éstas, sus últimas palabras, le rociaron con aceite…

- “Ahora amansado y humillado como un niño al que han azotado, al polvo le doy la mano.”

… y allí mismo, fuego le prendieron…


Todo lo que recita el devorador de cadáveres está supuestamente extraído de dos poemas originalmente en inglés (lo digo antes de firmar yo como mío el relato):

Los Placeres de La Melancolía, de Thomas Warton.

La Tumba, de Robert Blair.


The Blind

martes, 1 de julio de 2008

Pesadillas


Caminaba bajo la lluvia por la calle mientras me regodeaba con mis reflexiones al dar un paseo entre los pliegues de mi cerebro. Excavaba entre las tumbas de mis recuerdos y sacaba los restos putrefactos de antiguas ideas que no llegaron a germinar. Y al sacar una de esas ideas caídas a la luz, sonó una alarma revelando la posición del ladrón que profanaba lo enterrado.

¡Estúpido coche! Uno pasea solitariamente sumido en sus pensamientos cuando de ellos le saca un ruido infernal. Me alejé hasta dejar de oírlo y puse mis sentidos centrados en el exterior. Los charcos se ondulaban bajo mis pisadas y salpicaban mi calzado que ya ejercía de esponja al igual que el resto de mis ropas cuyo peso había aumentado incómodamente.

Pronto me paré. Alcé la cabeza y cerré los ojos. Dejé que el agua me recorriese el rostro hasta que, repentinamente, la temperatura bajó estrepitosamente y cada gota de agua empezó a golpearme como si de una pesada piedra se tratase. Sin tiempo a reaccionar caí al suelo, acribillado por las múltiples heridas que estaba recibiendo y de las que afluentes de sangre brotaban para mezclarse con el agua del suelo. Gritaba desesperadamente pero no había nadie cerca.

Sólo pensé en que iba a morir helado y desangrado y de nuevo todo se normalizó. La temperatura había vuelto a subir y la lluvia volvía a ser inofensiva. Me puse en pie no encontré heridas ni manchas de sangre por ningún lado.

Escuché un ruido tras de mí. Me di la vuelta y visualicé una chica que echó directamente a correr. Sin saber por qué, la seguí diciéndole que me esperase. Justo al doblar cada esquina veía por donde giraba ella y podía seguirla hasta que, tras un último giro de calles, la encontré en medio de la carretera plantada, a varios metros ofreciéndome la espalda.

Me acerqué y puse la mano en su hombro descubierto. Se encogió un poco como si un escalofrío recorriese su cuerpo y lentamente se giró para mirarme. Tenía un bonito rostro, los labios levemente separados a menos de un centímetro y una graciosa gota en la nariz. Se apartó un poco el pelo de la frente y depositó un dedo en mis labios antes de que yo dijese nada. Seguido puso ese mismo dedo en sus propios labios e intentó escuchar algo. La imité y el sonido de un fuerte movimiento de agua llegó a mis oídos. Ella se quedó mirando a lo lejos y la cara le cambió a una asustada expresión.

Me fijé un poco y capté con mis ojos una riada arrasando todo a su veloz paso surcando las calles. Me gritó que corriera y salió disparada. Yo intenté seguirla pero el viento casi me tumbaba y mis pies eran pesados y lentos en aumento mientras que la ola aumentaba en tamaño y velocidad.

Finalmente la riada me atrapó y arrastró por un acantilado formando una brutal cascada. Increíblemente, no morí. Notaba un viento como si me hubiese lanzado desde un avión, era como si estuviese cayendo en el vacío pero… estaba sobre el agua. No la tocaba, nos separaban unos centímetros y si acercaba la mano, el agua se apartaba más. Descubrí que podía desplazarme como un zapatero (insecto de agua) impulsándome con mis extremidades que no tocaban nada.

Me acerqué a la orilla y me acerqué a la cascada para ver la altura de la que había caído. Sin embargo, mi atención fue captada por una brecha en la piedra, una cueva tras el agua que caía desde cientos de metros arriba.

Crucé la cueva, y el calor era sofocante. Al rato de estar andando descubrí todo un infierno con ríos de lava y un cielo con oscuras nubes amenazando.


Un caballo negro mezclado con piedra fundida, bebía del fuego de la lava sin ningún problema. El monstruoso animal levantó las patas de delante al verme y soltó un relincho furioso. Corrió hacia mí y lo único que pude ver son sus ígneos ojos antes de embestirme como un toro.

El golpe me lanzó rodando hasta caer en un hoyo. En el me encontré con el cadáver de la chica de la calle. Tenía los labios cosidos y estaba medio descompuesta con la cara desfigurada. Sus ojos se abrieron y me inmovilizó de brazos y piernas. El hilo de su boca se soltó y se acercó para atravesar la mía, cerrándola sin poder evitarlo. Ella rió. Su carcajada endemoniada era aterradora y más estando cara a cara a pocos centímetros de distancia y sin poder soltarme. La tierra empezó a caer sobre nosotros enterrándonos juntos cuando…

… despierto… Estaba bañado en sudores fríos en mi cuarto. Casi notaba que me faltaba el aliento. Enciendo la luz y me dirijo a la cocina para beber agua y olvidarme de esos malos sueños. Ya bebiendo el vaso en la cocina, veo una manta sobre un bulto grande. Me acerco sin saber que es y levanto la manta. Y allí estaba la chica tal y como la encontré por última vez en mis sueños. Me cogió de la mano y tiró para acercarme a ella, sujetarme y darme un beso. Un beso que soltó sus labios… para cerrar por siempre los míos…

The Blind

miércoles, 25 de junio de 2008

Choque de acero (Final)



(...Tres meses después...)


Acomodó su cabeza sobre mi pecho mientras murmuraba en sueños. Su perfumado olor flotaba en el ambiente, y confirmó mis deseos de lo que estaba a punto de hacer. Debía desaparecer. Mis manos silenciosas se cernieron en torno a su suave y blanquecino cuello. Se despertó.
-Acarreas demasiados sentimientos.- dije -. Me haces débil.
Me miró. No opuso resistencia. Me comprendió. Una lágrima recorrió su congestinado rostro.
Tras unos pocos minutos de incómoda agonía cayó estrangulada al suelo.
Volvía a estar sólo.
Sin siquiera darme cuenta mis pies me alejaron del lugar y se dirigieron al bosque, donde se encontraba la tumba de Faghorn. En lugar de una lápida habíamos clavado Khaira y yo en el suelo su arma de acero valyrio, que se imponía entre los árboles a pesar de que la maleza la invadía. Acaricié el hacha con las yemas de los dedos. Aún estaba afilada. Lo estaría siempre.
-Lo nuestro es luchar- susurré.
Caminé sin rumbo. Pensé en lo insensible que podía llegar a ser. Sin embargo, me sentía bien. Seguí caminando sumergido en mi insensibilidad... mi soledad.

The Reaper.
Ilusos, mis relatos nunca acaban "bien".

lunes, 16 de junio de 2008

Choque de acero (Parte V)


Me levanté de mi asiento y desenvainé con lentitud. Subí pausadamente los tres escalones que conducían a la tarima. Todos los luchadores se encontraban en torno al cadáver de Faghorn. El que se hacía llamar mano de hierro sintió mi presencia y advirtió al resto. El recepcionista y el presentador de los combates se escabulleron por la puerta. Los dejé ir. Khaira se había levantado pero no se movía de su asiento.
Cerré los ojos durante unos segundos y respiré el aire que había en la sala. Olía a muerte. Decidí que no saldría ninguno con vida. Abrí los ojos y miré a Minos, aquel que había matado a Faghorn por la espalda. Antes de darle tiempo para pestañear le corté la mitad de la cabeza. La otra mitad me la reservé para arrancarla de un puñetazo. La cabeza colgó inerte de un tendón. El primer charco de sangre llegó hasta mis pies.
Me dirigí rápidamente hacia el siguiente. Le clavé la hoja en el esternón hasta que asomó por la espalda y bajé el filo, atravesando por la mitad el estómago y los genitales. Tripas e intestinos se salieron de golpe. Dejé que se desangrara.
De pronto otro hombre se abalanzó contra mí con un hacha sobre su cabeza. Esquivé sin dificultad el golpe y le hice una segunda sonrisa roja en el cuello. Una cascada de sangre cubrió su cuerpo.
Me di la vuelta y me encontré con un tórax enorme a la altura de mi cabeza. Sin pensarlo dos veces hundí mi acero entre las costillas e hice palanca. Noté como los músculos se desgarraban y los huesos se quebraban. A través de la carne pude ver un trozo de pulmón. Me aparté con rapidez antes de que el enorme cadáver cayera encima de mí.
¡Oh!. Uno de ellos intentaba huir. Le alcancé en un segundo y le di una patada en los pies. Justo cuando cayó de boca en el suelo le di un pisotón en la cabeza y oí el quebrar de la mandíbula. Tracé un corte en línea recta a lo largo de la espalda. Introduje la mano en la herida y saqué la columna vertebral como se saca una espina de pescado. Con los huesos aún en la mano y en la otra mi catana busqué al resto.
Quedaban un par de ellos. Me dirigí hacia uno y le corté en dos. El último intentó huir a la desesperada. Antes de llegar a la puerta el filo de mi acero le asomó por la nuez.
Una vez que el cuerpo cayó al suelo solté mi catana y me agaché sobre él. Comencé a dar golpes sobre el cráneo ensangrentado con los puños. Maldije a toda la humanidad mientras aplastaba a la asquerosa masa cerebral que salpicaba mi rostro. Grité y grité mientras los nudillos me sangraban en carne viva y la cabeza de aquel hombre se reducía a puré.
Noté las manos de Khaira que agarraban mis hombros y me separaban del mar de sangre que reinaba a mi alrededor. Luché por liberarme para seguir machacando a aquellos cadáveres.
-¡Basta ya!- gritó Khaira mientras me cogía de los hombros y pegaba su rostro al mío. Tenía los ojos llorosos- ¡Ya están muertos Souka!¡Se acabó! Ya se acabó...- su voz se quebró.
Recobré la compostura. Observé la masacre que había creado. La tarima de combate, antes blanca, ahora era una fuente de sangre que caía con elegancia por los bordes. Cadáveres deformados yacían empapados de sangre en medio de un silencio sepulcral, roto por el sonido de la sangre caer como cualquier día de lluvia.
-Vayamos fuera- dije.
Khaira se había vendado con habilidad la herida del hombro. No parecía nada grave. Andamos hasta un río y allí nos lavamos la caras y manos ensangrentadas.. La verdad es que yo necesitaría introducirme por completo en el agua porque estaba cubierto de sangre. Estaba pensando en esto cuando de pronto Khaira me cogió el rostro con las manos y depositó un suave y húmedo beso sobre mis labios.
En cuanto se separó y me miró con esos ojos azul vidrioso bajó la mirada a modo de disculpa.
-Llevo mucho tiempo esperando este momento, Souka.
Me levanté y no dije nada. Miré al río. Khaira no aguantó demasiado mi silencio.
-Podrías decir algo...- sonrió con timidez.
-Nunca he sentido nada por nadie.- me limité a decir con tono imperturbable-. Me gusta estar sólo.
-¿Y qué hay de Faghorn?.- inquirió con los brazos en jarras.
-Faghorn ha sido mi único amigo. Lo único que tenía... y me lo han quitado- dije con pesar.
Khaira posó con suavidad su mano sobre mi hombro para consolarme. -No necesito consuelo- pensé.
-Si no sientes nada por mí...- dijo en voz baja- al menos déjame ir contigo.
Di media vuelta y caminé por donde habíamos venido.
-Está bien.
Khaira sonrió y me dio un rápido beso en la mejilla.
-¿Vas a dejar de besarme?- dije sin poder contener una sonrisa.
-Puede- bromeó mientras me daba otro beso juguetón.
-En fin...- suspiré para mis adentros.
-Hemos de enterrar a Faghorn ¿no crees?- me dijo poniéndose seria de nuevo.
No respondí de inmediato.
-Sí, vayamos.

(...)

Fin

The Reaper

viernes, 13 de junio de 2008

Choque de acero (Parte IV)


-Interesante- susurré.
Palpé mi mejilla y observé con curiosidad la sangre que empapaba las yemas de mis dedos. Cerré el puño con fuerza en torno a la empuñadura y adopté una pose de ataque.Los aceros volvieron a fundirse en una traca de choques y destellos metálicos. Esta vez me tocaba atacar a mí. Conforme luchábamos a una velocidad vertiginosa, podía notar que Khaira no aguantaba mi ritmo todo el rato, por lo que de vez en cuando le fallaban las piernas y se veía obligada a dar un salto hacia atrás para esquivarme.
Tomé control del combate. Aumenté la velocidad de mis movimientos una vez más, hasta tal punto que las estocadas de Khaira me parecían lentas y torpes.
Khaira dirigió su catana hacia mí con todas sus fuerzas, pero conseguí esquivarla agachándome rápidamente, oí el cortar del aire justo por encima de mi cabeza. En ese preciso instante apoyé una mano en el suelo y derribé a Khaira de una patada en la espinilla. La catana se resbaló de sus manos y, una vez que quedó tendida en el suelo, hundí mi hoja en su hombro, atravesando la clavícula hasta llegar al suelo.
El grito de dolor pareció desgarrar su garganta. Extraje el acero con suavidad y lo envainé a mi espalda.
Me levanté y di media vuelta dispuesto a volver a mi asiento cuando de pronto oí mascullar:
-¿A dónde vas?- me volví- Aún puedo luchar.
Hizo acopio de sus fuerzas y me lanzó el puñal. Lo detuve con dos dedos a unos milímetros de mi entrecejo. Khaira intentó coger su catana, pero apenas le respondía el brazo para apretar la mano, y mucho menos para luchar.
-Estás fuera de combate.- Me acerqué y le devolví el puñal con la empuñadura mirando hacia ella-. Ha sido el mejor combate de toda mi vida, ha sido un placer haber luchado contra ti- le confié.
La expresión de Khaira cambió. No se molestó en ocultar su sorpresa. Alargó el brazo para tomar el puñal y se levantó.
-El placer ha sido mío.- sonrió-. Pero no te confíes... la próxima vez te machacaré.
Khaira lanzó de nuevo el puñal, que me pasó por encima del hombro y fue a clavarse en la pared, a un milímetro de la oreja del presentador de los combates, que se despertó de un brinco.
-Armgajam- masculló volviendo de sus sueños.- Bueno...- bostezó y caminó hacia la tarima- veo que ya habéis termina... ¡joder!- exclamó- ¡Me habéis dejado esto hecho un asco!.
Buscó con la mirada al recepcionista.
-¡Tú!- señaló- ¡Límpialo!.
En cuanto me senté, Faghorn se inclinó hacia mí.
-¿Sabes?. Estás más guapo con la cara ensangrentada.- sonrió con aquel toque macabro de siempre.
Una voz resacosa anunció el siguiente combate. Faghorn alzó la cabeza para prestar atención.
-Minos, el guerrero- leyó- contra Faghorn, la roca de acero.
-¡Al fin!- rugió.
Faghorn se levantó y subió de un salto a la tarima mientras se llevaba las manos a la espalda y hacía chocar su increíble hacha contra el suelo.
El hombre llamado Minos se levantó. Era corpulento, aunque no tanto como Faghorn. Sus armas eran simples: un escudo y una espada. -Demasiado simples- pensé. Y efectivamente, bajo una muñequera de cuero negro alcancé a ver un destello plateado que probablemente era un disco dentado. Esperé que Faghorn también se diera cuenta.
Como era de esperar, el escudo se hizo añicos al primer ataque de Faghorn. Hay que decir que Minos hizo bien al esquivarle continuamente, pero no aguantaría mucho. El hacha acabó por alcanzarle y le desarmó con tal violencia que Minos voló por los aires y cayó fuera de la tarima..
Faghorn se dio la vuelta y alzó los brazos celebrando la victoria, mientras que Minos se llevaba la mano a la muñequera para atacarle por la espalda. Quise advertirle del peligro, pero no era mi combate, sino el suyo.
El disco cortó el aire como una bala y le atravesó el pecho.
Me quedé sin aliento. Eso le habría alcanzado al corazón. Faghorn cayó de rodillas y tosió sangre.
Me miró. Dejó asomar una leve sonrisa, que ya no era macabra, sino amistosa. Su despedida.
Cayó al suelo. Muerto.
Minos comenzó una carcajada a la que se fueron sumando progresivamente los demás, salvo Khaira, que observaba la escena. El más temido había sido derrotado, en ese instante fue cuando me di cuenta de lo tanto que le aborrecían. -No le conocían.- pensé con tristeza mientras todos los hombres de la sala se burlaban y pateaban su cabeza. Faghorn se había criado en Svalbard: Las montañas habitadas por los más fieros hombres, donde no existe otra ley que la supervivencia... el vivir para matar. Allí lo único que importa es el amor a la sangre. A pesar de todo Faghorn había conseguido salir de ese mundo y consiguió hacerse más humano por así decirlo... Eso sí, demostraba su cariño a su manera. Sonreí al recordar su sonrisa macabra, sus puñetazos a modo de caricias, sus continuas bromas...
-¿Sabes?. Estás más guapo con la cara ensangrentada- resonó en mi cabeza.
Sonreí. Se me hizo un nudo en la garganta.
Ahora su cuerpo cubierto por innumerables cicatrices estaba siendo pateado y escupido... mi único amigo.
-Faghorn... amigo... ya tengo una razón para matar.
Me levanté de mi asiento y desenvainé con lentitud.

The Reaper